lunes, 2 de marzo de 2026

 

Grandes lineas del proceso histórico contemporáneo. 6


Bretton Woods. 4

Decíamos que implementar las medidas de la Conferencia de Bretton Woods no fue sencillo, sobre todo por lo que después se conoció como Dilema de Triffin, que ya había sido adelantado antes por Keynes; él conocía muy bien los problemas que había tenido Gran Bretaña hasta antes de la IGM para, en su calidad, entonces, de primera potencia mundial, imponer el uso de la libra. 

Desde prácticamente todo el siglo XX, USA había sido el único país exportador (junto a Suiza) debido, sobre todo, a su pujanza industrial; el resto de países capitalistas eran importadores, en relación con USA (podían ser un país exportador respecto al mundo en general, pero tener un saldo comercial negativo con USA). Así, los demás países importaban bienes y servicios a USA y la pagaban en dólares. Para ello un paso previo era comprar dólares con su moneda propia, lo que aumentaba la demanda global de dólares. Con un sistema de flotación, basado en la oferta/demanda de las monedas, esa sobredemanda de dólares causa un aumento relativo del valor del dólar, una revaluación. 

Como se vio en el post anterior, cuando la moneda propia se revalúa, sale más barato importar y a los países a los que se exporta les sale más caro pagar lo importado a este. Se inicia, entonces, un proceso en el que ese primer país se hace menos exportador y más importador, reequilibrándose su balanza comercial. Durante el periodo de entreguerras y la IIGM a USA no le fue mal con el superávit comercial, entre otras cosas porque tenía, en pleno New Deal, una fuerte demanda interna. El dólar comenzaba a ser un de las principales divisas comerciales, pero siempre de hecho, no de derecho; no tenía ningún compromiso y se limitaba a florar a su gusto, emitiendo o retirando dólares del mercado.

Pero acabó la guerra y se inició la puesta en marcha del nuevo sistema de moneda y comercio internacional diseñados en Bretton Wood. Aparecieron los primeros problemas, porque la potencia hegemónica, con la divisa universal, USA, que se había adjudicado el papel de divisa universal y obligado a someter una paridad fija con el oro, seguía siendo exportadora, aumentando así su superávit en la balanza comercial. En USA entraban muchos más dólares de los que salían, y ello producía un serio inconveniente. El dólar se revaluaba en el mercado de divisas. El Tesoro de USA habría podido comprar oro, y, de hecho, lo hizo, pero no lo suficiente: cuando, al inicio del nuevo sistema monetario internacional, se reajustó la base monetaria de USA en función del oro asociado, las arcas de Fort Knox ya almacenaban el 80% del oro mundial (sin esa circunstancia, en Bretton Woods no se habrían podido tomar las decisiones que se tomaron), de manera que quedaba muy poco oro en manos del resto del mundo y era difícilmente accesible. En esas condiciones de conversión fija emitir moneda era hacer trampa. Se hizo, claro, pero con alevosía y nocturnidad.

Por otro lado, el comercio exteruior y la reserva de divisas se hacía ahora en dólares. Pero si el flujo neto de éstos era USA, si el resto del mundo tenía cada vez menos divisa mundial/a mericana, ¿cómo se podría exportar el excedente interno y carencia externa de dólares? Vemos, entonces, la expresión real del del arriba citado dilema planteado por el economista belga-americano Robert Triffin en los años 1960s (a toro pasado). 

Este dilema establece que un país cuya moneda es hegemónica en la economía mundial, debe, por un lado, proporcionar esa moneda al resto de los países para que estos -el Estado y la sociedad civil- las usen en sus transacciones comerciales internacionales o las atesoren en depósitos o en deuda nominada en dólares. Ello exigía un déficit comercial, que salir moneda del país, no que entrase. El otro requisito es que esa divisa global mantenga estable su valor, desde luego, que no se devalúe, pues en caso contrario, ningún país confiaría en ella y no podría cumplir su cometido. Tal cosa se produce cuando el país en cuestión presenta superávits comerciales. Triffin afirmaba que ambas circunstancias no podían darse simultáneamente; en efecto es imposible que un país sea, al tiempo, superavitario y deficitario. 

Durante el periodo 1945-50 USA tuvo un saldo comercial positivo. Según el dilema, eso no le permitía a medio plazo seguir las directrices emanadas de Bretton Woods, en lo que se refiere a suministrar moneda al resto del mundo. USA lo resolvió razonablemente bien en el seno del nuevo panorama mundial. El de la Doctrina Truman de Guerra Fría contra la URSS y su área de influe ncia y el plan Marshall, para 'rearmar, la propia.


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Cada día se confirma que algunos de los planteamientos de la crítica posmoderna a la cultura reinante se cumplieron. El más conocido es ese que señala ’el fin de los grandes relatos’; fin no en el sentido de que ya no se elaboren, sino en el de que nadie cree en ellos. Expresado desde otra perspectiva, si antes había, respecto a ellos’, un 80% de crédulos y un 20% de cínicos, ahora hay un 20% de crédulos y un 80% de cínicos. Los grandes relatos, aquellos que justifican un determinado orden de cosas funcional a los intereses de una mayoría, o una minoría, de un sector con poder suficiente para fijar un estado de dominación, o de otros sectores antagónicos aspirantes a derrocar al primero e imponer sus propios intereses, siguen vigentes, pero muy debilitados para la mayoría de la gente, que se aferra a ellos por variadas pasiones tristes, no por convicción. 

 Viene a cuento este rollete por la destrucción del relato aún vigente en parte sobre el 'orden internacional basado en reglas' que se inserta en la ideología dominante posterior a la II Guerra Mundia y se reafirma tras la caída del imperio soviético. Mark Carney, primer ministro de Canadá, habló de ello, del orden viejo y el que viene, en el discurso más citado del reciente Foro de Davos. Afirma Carney: “vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias, el orden basado en normas se está desvaneciendo, los fuertes pueden hacer lo que pueden y los débiles deben sufrir lo que deben.”

Y evoca con nostalgia: “Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Y gracias a ello, pudimos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.”

Para concluir con un insólito acto de sinceridad: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía y que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil”.

Traduciendo, los de arriba sabíamos que ese orden era útil para nosotros, los de abajo, se entiende que a consecuencia de la manipulación cultural, creían en él, como pueden creer en la democracia liberal, porque es lo que debe creerse. Finalmente, todos colaborábamos en materializarlo. Había un gran relato sobre el tema; está dejando de haberlo.

¿Por qué ese ‘orden basado en reglas era bueno? En primer lugar, porque era un orden, ofrecía una estabilidad en las relaciones entre países, que siempre es algo positivo para los que mandan. En segundo lugar, porque estaba basado en reglas -instituciones, reglamentos, declaraciones- supuestamente iguales para todos, lo que implicaba la adhesión al sistema hasta de los países más pobres. Y, en tercer lugar, como devela Carney, porque las relaciones de fuerzas quedaban ocultas, se dirimían en la negociación bajo la forma de una interpretación de las reglas que siempre beneficiaba a los más poderosos, sin guerras y sin que se notase mucho. Eso permitía hablar de un marco multilateral, un marco en que las potencias intermedias, como Canadá, no se veían aplastados por las superpotencias. 

Todo eso se ha acabado. Trump ha roto la baraja y ha desvelado lo que ya sabían, Schmit o Lenin.  No aquello de Clausewitz de que ‘la guerra es la continuación de la política’, sino el foucaultiano ‘la política es la continuación de la guerra’. Es la guerra quien organiza la política, no al revés. Y la guerra la gana quien tiene un ejército más poderoso.

Sin embargo, en lo anterior se da un muy serio problema, que aqueja a Trump, por supuesto, y a algunos de sus principales asesores; estoy pensando principalmente en Stephen Miller, un nazi. Sin más. Ese problema e es la carencia absoluta de lo que Pascal llamaría l’esprit de finesse, el espíritu de fineza. Trump, Miller -no incluyo a Hedgseth, Noemi o Rubio porque no llegan ni a eso- quizá crean seguir esas teorías, pero interpretan literalmente las palabras, no son más que unos zopencos. Cuando hablamos de guerra, Trump piensa en misiles, en portaaviones y en marines, cuando hablamos de ejército, en la US Army. No, la 'guerra' aquí no se reduce a la violencia armada, sino a todo tipo de conflictos antagónicos -ahora, por ejemplo, se oyen con frecuencia conceptos como ‘guerra hibrida’ o ‘soft war’- que se resuelven directamente por una imposición, y 'ejércitos' son las muy diversas fuerzas -también las militares, claro- que participan en esos enfrentamientos, fuerzas que se alían, que se vuelven rivales, que se fortalecen o se debilitans, etc., y que mue en la historia.

Trump, ante cualquier discordia con otro país sólo contempla que su  ejército es más poderoso, así que ataca y pretende resolver la disputa destruyendo al rival. Siempre en el corto plazo. Es como un jugador de ajedrez incapaz de pensar más allá de la siguiente jugada. Si bombardeando no consigo mi objetivo, incluso se me complica más la situación, bombardeo más, piensa. Y esto es lo que parece estar sucediendo con la agresión USA-israelí a Irán (en lo que respecta a Trump, no a Netanyahu, que es mucho más inteligente). En el próximo post, ya se habrán, probablemente, clarificado algunas cosas y me centrare en este asunto.

PS. Con todo el horror que me suscita la vesania asesina del tándem USA-Israel, queda superado por el dolor de contemplar una sociedad civil occidental muerta. Cuando el ataque angloamericano a Irak -siempre USA y su perrillo faldero laborista, Blair o Starmer, qué más da- salieron a la calle millones de personas. En los últimos años, la masacre israelí en Gaza produjo importantes movilizaciones, sí, pero nunca más allá de un 3 o 4% de la población, cuando la atrocidad del genocidio, con su goteo cotidiano de imágenes terribles que acompañaba a las tostadas matutinas. En otros tiempos, habría protestado airadamente la mitad de las poblaciones. Y, ¿ahora? ¿Dónde está el no a la guerra? Deseo equivocarme por completo, pero tengo la impresión de que, además de la conmoción, este nuevo ataque que apunta a algo mucho más trágico, solo encontrara en las poblaciones miedo, fatalismo y una absoluta carencia de moral. Como diría un economista tipo Hayek, ‘nos tenemos merecido’ lo que se cierne sobre todos nosotros.