Grandes lineas del proceso histórico contemporáneo. 9
En efecto, todo parecía ir
correctamente. Europa se recuperaba de la IIGM, Alemania (RFA), emprendía el ‘milagro
económico’ que recompondría su anterior poderío industrial y se convertiría en
la locomotora económica de la Europa capitalista. Con esa misma intención, USA propició
en 1951 la creación de la CECA, la Comunidad Europa del Carbon y el Acero, una
zona de libre comercio entre RFA, Francia, Bélgica, Luxemburgo, y los Países
Bajos, que, además de su importante función, tenía un carácter simbólico
enorme, ya que, agrupando en una misma organización y con objetivos comunes a
los dos grandes enemigos y vecinos de las dos guerras mundiales, Francia y
Alemania, se conjuraba el fantasma de una tercera guerra europea. La CECA fue
una precursora de la actual Unión Europea, contribuyó a instaurar en 1957 la
Comunidad Económica Europea (CEE) y se fusionó con ella en 1965. Una CEE que se
reconvirtió a finales de siglo en la actual UE.
Tanto el apoyo económico a una
Alemania industrializada y exportadora como la fundación de la CECA se insertaban,
pues, en el diseño americano de una Europa con hegemonía económica alemana y
hegemonía política norteamericana; se constituía un aliado fiel en la Guerra
Fria, a través de la OTAN y de la presencia de bases americanas en territorios
de Europa occidental (con la excepción de la Francia de De Gaulle). No está de
más recordar, ahora que a muchos se les llena la lengua con la Europa unida,
que, desde los inicios de la unidad europea USA está detrás, y siempre con esa
gorrita, real o virtual, en que pone ‘America First’.
Para fortalecer la sumisión política de la Europa Occidental, USA se valió de la demonización del comunismo y de allí donde se hubiera implantado, asegurándose de que todos los países europeos tuviesen gobiernos anticomunistas. USA intervino abiertamente en la Guerra Civil griega apoyando a las fuerzas monárquicas hasta lograr la derrota de los comunistas (que habían constituido, con mucho, la principal fuerza de la resistencia antifascista durante la IIGM). Les importó un comino a Truman o Eisenhower que la Portugal de Salazar y la España de Franco fuesen dictaduras filofascistas, lo relevante era su anticomunismo militante; con eso bastaba para considerarlos aliados. En Italia, la Democracia Cristiana conformó siempre el gobierno y aceptó, al igual que lo hizo Togliatti, secretario general del PCI, que nunca se estableciese un gobierno de concentración CD-PCI, por mucho peso que tuviesen los estalinistas y por muy moderados que fuesen. USA permitió gobiernos socialdemócratas y siempre que abjuraran de cualquier veleidad socialista y condenaran a la URSS. En la RFA donde el SPD aún conservaba una pequeña influencia de su pasado transformador, Willy Brandt y sus chicos hubieron de abjurar públicamente, en ese acto inquisitorial que fue el Congreso de Bad Godesberg, (1959), del marxismo y la lucha de clases, y abrazar la ‘economía social de mercado’ o sea el capitalismo ‘bueno’ (años despues, en 1979, el PSOE de Felipe Gonzalez vendría a hacer lo mismo).
Todo ello en una Europa que miraba
a la izquierda, donde la derrota fascismo alemán e italiano había supuesto una terrible
destrucción, la sangría de millones de personas, en gran medida, jóvenes de
clase trabajadora, donde se glorificaba el peso, bélico, pero sobre todo
simbólico, de la resistencia en los países ocupados y en la Italia fascista,
una resistencia en que los comunistas partidarios de la URSS era preponderante.
USA tuvo que hacer un enorme acopio de dinero, de habilidad para retorcer la
narrativa izquierdista y activar los sentimientos europeos de gratitud por la
colaboración decisiva del ejército americano en el resultado de la contienda
(desde el inicio de la Guerra Fría hasta la actualidad, USA ha ninguneado el rol
de la Unión Soviética; USA fue quien venció a Hitler, no la batalla de
Stalingrado, el hito que marcó el desmoronamiento de la Wehrmacht, muchísimo
más importante que, por ejemplo, el desembarco en Normandía).
Los yanquis y sus aliados
capitalistas europeos debían crear un clima que arrinconase el aura simbólica
del antifascismo, siempre asociado por las poblaciones a izquierdismo, a
igualitarismo. Máxime cuando, para muchos trabajadores del occidente
capitalista, la URSS era casi un paraíso, la encarnación de un sistema, el
socialista, que había acabado con la explotación de los trabajadores, donde todos eran
iguales; un mundo, pues, hacia el que avanzar sustituyendo al vigente. Se hacía necesaria, además de la
propaganda masiva que imponía valores y relatos, una integración material de la mayoría social en las sociedades
capitalistas, que, como mínimo, considerase el demoliberalismo como el menos
malo de los sistemas posibles. En consecuencia, ya fuesen gobiernos liberales,
democristianos o socialdemócratas promovieron medidas sociales de todo tipo que
fueron dando lugar a lo que se llamó ‘Estado del Bienestar’, un consumismo
generalizado unido a una capacidad de compra que lo satisficiera aceptablemente
y unas necesidades básicas cubiertas por el Estado.