Continua.
- El otro día me preguntaba -y no retóricamente, es que no entiendo cómo el mundo puede estar, de hecho lo está en buena manera, en manos de un loco; quizá `pueda llegar a explicarlo, nunca a comprenderlo. En esas, recordé un libro leído recientemente sobre la inevitable caída de la pobre República de Weimar (1918-1933). Su autor es un respetado historiador francés especialista en el tema, Johan Chapoutot, que describe, y lo escribe muy bien, aquellos días; lo recomiendo, se llama ‘Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?’. Pues bien, encontramos una semblanza de von Hindenburg, presidente de la República Alemana a la sazón, que creo que se puede aplicar casi punto por punto a Trump. La historia no se repite (ni rima, como dice ahora todo el mundo, citando la humorada de Twain), pero sí hay resortes psicológicos, que se resuelven en resortes de poder y que coinciden en una tipología, no única, pero frecuente, de muchos personajes ‘egregios’, entre ellos, buena parte de los tiranos. Dice Chapoutot:
“Buscar el favor del príncipe conduce a todo tipo de envilecimientos y consagra naturalmente a los que antes abdican del respeto a sí mismos y del espíritu crítico. La competencia entre este tipo de consejeros, que se granjean la buena voluntad del presidente mediante la adulación, la obsequiosidad, y por decirlo sin rodeos, la ausencia de consejos reales, acarrea el tipo de extravíos, errores de apreciación y franca insensatez característicos de todo gobierno de cortesanos. Para no disgustar, no se contradice la última ocurrencia, no se recoge el último capricho, no se informa de la verdad, que, por otra, parte se ignora, porque se abandonan los captadores sociales y el análisis político para dedicar toda la energía a las emulaciones mezquinas y a la carrera personal. Esta última depende de un anciano cuyos poderes ahora ya desorbitados y su estatus de mito vivo alimentan su orgullo, su susceptibilidad y su importancia, que, todo hay que decirlo, es inversamente proporcional a sus cualidades intelectuales o a su sentido de, interés general”.
¿Quién no ve ahí a Hegseth, Biondi, Bessent y tutti quanti (incluso a Vance y a Rubio, aunque me malicio que estos tienen su propia agenda)?
- Suele decirse que los dos mandatos de Trump, el de 216-20 y el actual, de 2024 en adelante, son muy diferentes. Trump llegó a su primeria presidencia siendo bastante mayor y sin apenas experiencia política, pero ya con una personalidad psicopática, y también psicopatológica, claras En este sentido, es probable que el paso de los años, ya entrado en la senectud, haya exacerbado su demencia. Como todos sabemos, el Trump de 2016 era un novato en política; un mafioso tan corrupto como el peor político profesional, pero novato en los recovecos de la política partidista y de la administración del Estado, el famoso Deep State. Muchos dicen, entonces y ahora, que su intención al llegar a la presidencia era lucrarse; desde luego se lucró y se está lucrando. Sin embargo, creo, dada su desatada megalomanía, que pretendía algo más, probablemente ‘conquistar’ el mundo y cambiarlo, y, aunque no tuviera claro en qué sentido-, eso era secundario, lo relevante es que todos deberían saber que su mundo había cambiado y que eso era obra del omnipotente Trump. Sin embargo, aunque conociese fantasmagóricamente el qué, no tenía ni idea del cómo. Y la administración del Estado, con sus burócratas de alto nivel, era una maquinaria perfectamente engrasada y con una inercia apisonadora. Siempre se ha dicho que un aparato gubernamental tan sólido mete en cintura las veleidades del POTUS, sea republicano o demócrata, y, por ejemplo, con Obana funcionó bien: o es uno d los mayores cínicos de la historia o se tuvo que tragar todas sus promesas de campaña, incapaz de enfrentarse a la máquina estatal, que conocía muy bien los límites de la acción presidencial, sobre todo cuando está se mueve en sentido progresista. Así, más que cínico, creo que Obama fue un cobarde, incapaz de enfrentarse a un poder que había prometido doblegar en sus campañas.
- Así, poco pudo hacer Trump en su primer mandato más allá de robar todo lo posible para el y su familia. No lo digo yo, lo dice él (me refiero a lo de hacer poco, no a lo de robar), cuando se quejó amargamente después de ceder el cargo a Biden, de que no tenía apenas colaboradores ‘leales’, que eligió a gente competente de extrema derecha que no eran de los ‘suyos’, que muchos le ‘traicionaron’ y que gobernaron puenteándole. Ciertamente, formas aparte, la primera presidencia de Trump np fue tan diferente de la última de Obama. Perder el poder como él cree que lo perdió -un pucherazo que no supo detener- fue el factor decisivo para dedicarse los cuatro años posteriores a preparar su venganza y, sobre todo, a establecer contactos con los sectores ultraderechistas del Deep Street y reclutar un equipo de adeptos, en general, si no muy listos, sí fieles y dispuestos a allanar todos los inconvenientes que obstaculizasen a su paso. Quizá se equivoca con algunos, pero eso está por ver y, en todo caso, él creía en ellos. Si a esto le añadimos que tenía unas ciertas directrices para gobernar, poco más que algunas recetas del supremacista blanco y cristiano ‘Proyecto 2025’, que consideraba suficientes para sostener sus caprichos y ocurrencias, ya tenemos al Trump del segundo mandato, superado el pardillismo y en condiciones de imponer su simplicísima y brutal concepción del poder.