Me refiero al debate interno entre el
marxismo reformista y el marxismo
revolucionario en el interior de los partidos de la II Internacional, y,
posteriormente, a su relació on los pujantes partidos comunistas,
leninistas y, después, estalinistas vinculados (o subordinados) a la URSS. En
Gran Bretaña nunca hubo un comunismo fuerte que hiciera la menor sombra al
Labour Party o condicionase sus políticas. La mayor influencia marxista
procedió de la tendencia Militant, así conocido por publicar el periódico del
mismo nombre, un grupo trotskysta partidario del entrismo en organizaciones
políticas poderosas para modificar sus políticas en un sentido izquierdista;
durante los años 1970-1990, más o menos, la corriente Militant tuvo un cierto
peso en el Labour aunque insuficiente para cambiar su línea programática
principal.
En los orígenes de los laboristas nos hallamos con el
‘socialismo fabiano’ del matrimonio Webb, finales de XIX y, con anterioridad,
mediados de siglo, del cartismo, movimientos ambos de origen pequeñoburgués y
posiciones políticas muy tibias. El partido laborista surgió de una especie de
fusión entre éstos y las Trade Unions, los famosos sindicatos británicos,
ya consolidados en los años 1830s, y con un creciente peso en la vida económica inglés,
peso que a principios del XX era enormemente relevante.
Es aquí pertinente una breve digresión que sacar de la teoría un pensamiento
leninista que me parece muy preciso y muy lúcido (lúcido, Lenin, no yo, que me
limito a adherirme su tesis a toro pasado), el que afirma que la clase obrera
es espontáneamente reformista; curiosamente, Lenin utiliza, en lugar de
‘reformista’, ‘tradeunionista’, y la define como “la convicción de que es
necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al
gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros,
etc” (Qué hacer, 1902). La situación material de la clase obrera, mejor, de los
trabajadores asalariados, en tanto que tal, los lleva a agruparse para defender
sus intereses económico -laborales: mejor retribución y mejores condiciones de
trabajo. Al agruparse y luchar se autoconstituyen como clase y forman el
movimiento obrero. Esa agrupación espontánea y derivada directamente de sus
necesidades como trabajadores toma el nombre de sindicato. Luego formarán
partidos; cómo y con quien los forman es otra historia que aquí no cabe. El sindicato se queda ahí. Otra cosa es que los partidos políticos asuman el
control de tal o cual sindicato y le confieran su ideología programática o
estratégica, caso de los sindicatos comunistas o socialistas. También, el
caso, del anarcosindicalismo, donde los sindicatos se crean o se reconfiguran con
una concepción estratégica anarquista. Pero en ambos casos es la cosmovisión
sociopolítica quien se agrega al sindicato -de nuevo, con Lenin-, no su ‘esencia’, el sindicalismo sin más, sin calificativos.
El Labour Party, pues, sale de la fusión de dos tipos de
reformismo, el político y el económico. No tuvo que liberarse del marxismo,
como sí ocurrió con las socialdemocracias europeas tras la II GM, que, infiltradas
por la CIA, se vieron compelidas a reflejar explícitamente, en el terreno
cultural -del político y económico, ni hablo- su abandono de todo resto de
marxismo o de revolucionarismo y su adhesión al capitalismo y a la hegemonía geopolítica estadounidense. Me vienen a la cabeza los congresos de Bad
Godesberg del SPD y Madrid 1979, del PSOE; me consta que los demás partidos
socialistas y socialdemócratas europeos vinieron a hacer lo mismo: abjurar del
marxismo. El Labour, no, porque nunca fue marxista y siempre otanista.
Este inciso histórico viene al caso para remarcar que los
laboristas siempre fueron gradualistas-reformistas, que esa es su ‘esencia’
histórica. Favorecer la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores
hasta donde se pueda, sin fijar qué es ese ‘hasta donde se pueda’, es decir,
sin plantearse un cambio en las relaciones de producción. Esa visión sólo cambió, de facto, con el neoliberalismo,
con el descrédito de toda forma de keynesianismo y la adopción, tras la
‘guerra’ y derrota de las tradeunions a manos de Margaret Thatcher, del
socioliberalismo, un neoliberalismo ‘compasivo’, bajo la forma del ‘New Labour’
de Tony Blair, Anthony Giddens y … Peter Mandelson; una ‘tercera vía’, donde
la ‘segunda vía’ era el laborismo de siempre. El triunfo ideológico que supuso
el nuevo laborismo no se extendió a todo el partido, y menos aún, a sus
simpatizantes y votantes, aunque sí a su dirección y oligo-burocracia. Muchos afiliados y votantes continuaron manteniendo la vieja mentalidad socialista-obrerista.
Desde entonces, el Labour Party tiene dos almas.
El predominio de los blairistas, con Gordon Brown
continuando la labor del jefe, llegó a su fin en las elecciones del 2010, con
la crisis del 2008 detrás. Brown cae, consecuencia de la desafección de las
clases medias y bajas británicas cuya condición material se había deteriorado
-más aún que con Thatcher- antes y, sobre todo después, de la Gran Recesión;
empieza un periodo de gobiernos conservadores que, con o sin Brexit, no
hicieron nada para frenar la decadencia del Reino (Unido). El nuevo secretario
general del Labour, que, supuestamente, corregiría el derechismo de Brown, Ed
Miliband, fue un político gris de partido (pese a su brillante padre) que no
era ni chicha ni limoná, ni blairista ni mínimamente izquierdoso, pasó sin pena
ni gloria, dejando a los tories en el gobierno. El Brexit supuso una enorme
conmoción en las islas, unas campañas masivas en las que la manipulación
desatada se mezclaba, al menos, con polémicas de fondo. En ese marco se
consolidó el liderazgo de Jeremy Corbyn, un veterano militante del ala
izquierda del Labour. Además de despertar aquella soterrada alma laborista
obrera y luchadora, Corbyn consiguió el apoyo militante de una gran cantidad de
jóvenes hasta entonces escépticos con el bipartidismo británico. Ese aluvión
juvenil se corresponde, mutatis mutandis, con los movimientos del 15M (y
Podemos) en el Estado español, el Occupy Wall Street en América y otras
experiencias menos numerosas en los países de Europa.
Pero Corbyn perdió por muy estrecho margen en las elecciones
de 2017, derrotado por Teresa May y, con algo más de distancia, en las de 2019, ganadas por
Boris Johnson. Por tanto, su propuesta política, que iba más allá del
centro-izquierda en un marco bipartidista clásico, no se llevó a cabo. En que
consistía o a dónde hubiese llegado, es otra historia. Sin embargo, el fracaso de Corbyn es
matizable. En las dos elecciones generales obtuvo más votos de los
que el Labour había sacado nunca desde la primera de Blair, y, además, fue víctima a lo largo de su mandato de todo tipo de maniobras por parte de la muy influyente
derecha blairista delpartido, culminando con la campaña manipulada y
falsaria que le acusaba de antisemitismo y que acabó con su dimisión y el
nombramiento de Keir Starmer en 1920.
La debacle de Boris Johnson debida, entre otros motivos, a las actuaciones del gobierno
durante la COVID y especialmente por su vergonzosa actuación personal respecto
a la pandemia (las fiestecitas), más las pedestres medidas económicas adoptadas por su sucesora
Lizz Truss, llevaron al Partido Conservador a un descrédito tal que, unido a los
muchos votos que le ‘quitó’ el ya pujante partido Reformista de Farage, dieron un triunfo aplastante a Starmer en el 2024. No nos engañemos, sacó
muchos menos votos que Corbyn en la elecciones anteriores y buena parte de
ellos lo fueron más contra los conservardores que por simpatía hacia Starmer y los suyos.
La política de Starmer como secretario general del Labour ha
sido desde el primero momento autoritaria y, sobre todo, represiva, inició una
caza de brujas apoyándose fundamentalmente en el pecado de un antisemitismo que
se atribuía a casi todos sus rivales internos y a la izquierda del partido, en
general, que acabó con la expulsión de Corbyn; y de todo lo que representaba en
el partido.
Al tiempo, el Starmer primer ministro se ha caracterizado por
la típica política antisocial de la tercera vía laborista: austeridad y
desmantelamiento del Estado del Bienestar con la excusa de las no menos típicas, y tópicas, deuda pública y déficits fiscales; por añadidura, con algunas torpezas inmensas, como los
ataques a los minusválidos, el apoyo al lobby israelí, confundiendo
deliberadamente antisionismo con antisemitismo y propugnando la bochornosa ley
contra ‘el terrorismo antisemita’. En política exterior, seguidismo lacayuno a
USA; a Biden e, incluso a Trump, incluyendo el apoyo al genocidio Palestino perpetrado
por Israel.
Visto lo visto en estos dos años la mayoría de la población
inglesa ha marcado el rumbo político en estas elecciones municipales, y
autonómicas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Unas elecciones que conviene
interpretar en clave general, más influidas que nunca por la situación global
del Reino Unido. La derecha se inclina hacia la extrema derecha, como indican
los muy pobres resultados de los tories, que ven sus votos irse a Reform UK y,
en el espacio de la izquierda, desmoronamiento del Labour Party y
desplazamiento hacia la izquierda nacionalista en las autonomías y hacia el muy
hábilmente llevado por Zac Polanski Green Party. Visto lo visto, pero visto a
su manera, Starmer se niega a renunciar al cargo, del mismo modo que se niega a
modificar sus políticas. Parte del partido se le ha rebelado y exige su cese,
pero parece que no es una parte suficiente, por ejemplo, bastante menos de la
mitad de los parlamentarios, la aristocracia laborista, pide su relevo. Además, el partido no tiene ya ningún líder mínimamente popular, si acaso
Andy Burnham, alcalde de Manchester, que no puede aspirar a premier hasta que
no vuelva a la Cámara de los Comunes, y eso lleva tiempo. Y aún renunciando Starmer, la política de
su sucesor será muy continuista; creo que el laborismo no va a remontar de
manera relevante en las elecciones generales del 2029; aunque, en el actual
caos geopolítico y económico mundial pueden pasar muchas cosas a lo largo de
dos años.
Resumiendo, el, fin de la época Corbyn, forzado en buena
medida por Starmer y su grupo de notables, significó la amputación de la
izquierda clásica laborista, a la que, aplicando unos estándares universales, llamo
centro-izquierda, de modo que en estos momentos el Labour Party sólo incluye
dos espacios, el centro y el
centro-derecha; de ellos habrá de salir el sucesor de Starmer, si éste no logra
su propósito, a lo Pedro Sanchez de subsistir como sea, contra viento y marea y sin la menor idea ni
intención renovadora. Lo que no creo posible es el restablecimiento de un ala
de centro-izquierda en el Labour, máxime cuando buena parte de la base sindicalista e
izquierdosa que quedaba se ha ido del partido, siguiendo a Zara Sultana y otros
destacados personajes izquierdosos, y, sobre todo, cuando el partido Verde ha
sabido no quedarse en el ecologismo (esperemos que no arrincone el problema fundamental de nuestra época, y quizá de todas) y hacer suya una política progresista-reformista
institucional. Más o menos, la de Corbyn. Por si fuera improbable reconstruir
algo así como una izquierda y evitar el desplazamiento a la derecha del Labour
que lo conduce, creo, a la nada, el Your Party de Corbyn y Sultana si sigue
adelante -algo nada seguro- y establece coaliciones razonables con los Verdes fija
otro clavo en el ataúd laborista.
Finalizo; en mi opinión, que deberé argumentar en otro post,
es precisamente la ausencia histórica en el Reino Unido de una izquierda
mínimamente fuerte a la izquierda de la socialdemocracia y sus sindicatos lo
que ha impedido una crítica del reformismo, entendido como coartada ante la sumisión al
capitalismo y la hegemonía yanqui post II GM, de modo que el Labour Party no ha
sufrido el desprestigio que ha llevado a la semidesaparición del socialismo en varios
países de Europa (en especial, aquellos con fuertes partidos comunistas, los
cuales, por cierto, también se han visto reducidos a la nada o la casi nada).
Para el trabajador medio o el progresista británicos, el laborismo de los McDonald,
los Atlee o los Wilson era su horizonte político, sin alternativas, aunque
fuesen más nominales que otra cosa, a su izquierda.
Un horizonte que se quebró con la ascensión de Blair, pero
que, como hemos visto, dejó más o menos incólume el ala izquierda; aquella que
propició el liderazgo de Corbyun, que contempló su caída y que quedó desmoralizada, entre otras cosas, por cómo tuvo lugar. Parte de ellos, me refiero a militantes y, sobre todo a votantes, se han identificado con los
verdes, otra parte sigue las aventuras de Corbyn y una tercera, en el entorno de
un deterioro tremendo de las condiciones de vida de las clases medias-bajas, se
han desplazado hacia el Reform UK, que les posibilita, sin calentarse la cabeza,
expresar su malestar; eso sí bajo la forma de odio y resentimiento. A corto
plazo, creo que, cualquiera que sea quien sustituya a ese cadáver político y moral
que es Starmer, bien de centro-derecha, Burnham, o bien de derecha, Wes Streeting, no frenará el derrumbe del partido. Habrá, sigo creyendo (lo más probable, sin certeza
alguna), un breve periodo de bipartidismo Reform UK frente a Green Party, y, más a
medio plazo, el Reino Unido se sumará a la tendencia general europea, en este
caso, otro nuevo bipartidismo, el polo en torno al Reform y el polo en torno a
una fusión ad hoc entre los restos de los conservadores, los laboristas y los liberal-demócratas.