Elecciones en Reino Unido y laborismo.
El declive del movimiento socialista que reflejan las elecciones municipales y autonómicas británicas del pasado fin de semana es la manifestación visible del proceso histórico vivido por la izquierda socialdemócrata en general, con algunas importantes particularidades del socialismo británico, que han diferenciado históricamente de sus homólogos europeos. La principal peculiaridad es la muy limitada influencia del comunismo de inspiración leninista, al principio desde dentro, más tarde desde fuera.
Me refiero al debate interno entre el marxismo reformista y el marxismo revolucionario en el interior de los partidos de la II Internacional, y, posteriormente, a su relació on los pujantes partidos comunistas, leninistas y, después, estalinistas vinculados (o subordinados) a la URSS. En Gran Bretaña nunca hubo un comunismo fuerte que hiciera la menor sombra al Labour Party o condicionase sus políticas. La mayor influencia marxista procedió de la tendencia Militant, así conocido por publicar el periódico del mismo nombre, un grupo trotskysta partidario del entrismo en organizaciones políticas poderosas para modificar sus políticas en un sentido izquierdista; durante los años 1970-1990, más o menos, la corriente Militant tuvo un cierto peso en el Labour aunque insuficiente para cambiar su línea programática principal.
En los orígenes de los laboristas nos hallamos con el ‘socialismo fabiano’ del matrimonio Webb, finales de XIX y, con anterioridad, mediados de siglo, del cartismo, movimientos ambos de origen pequeñoburgués y posiciones políticas muy tibias. El partido laborista surgió de una especie de fusión entre éstos y las Trade Unions, los famosos sindicatos británicos, ya consolidados en los años 1830s, y con un creciente peso en la vida económica inglés, peso que a principios del XX era enormemente relevante.
Es aquí pertinente una breve digresión que sacar de la teoría un pensamiento leninista que me parece muy preciso y muy lúcido (lúcido, Lenin, no yo, que me limito a adherirme su tesis a toro pasado), el que afirma que la clase obrera es espontáneamente reformista; curiosamente, Lenin utiliza, en lugar de ‘reformista’, ‘tradeunionista’, y la define como “la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc” (Qué hacer, 1902). La situación material de la clase obrera, mejor, de los trabajadores asalariados, en tanto que tal, los lleva a agruparse para defender sus intereses económico -laborales: mejor retribución y mejores condiciones de trabajo. Al agruparse y luchar se autoconstituyen como clase y forman el movimiento obrero. Esa agrupación espontánea y derivada directamente de sus necesidades como trabajadores toma el nombre de sindicato. Luego formarán partidos; cómo y con quien los forman es otra historia que aquí no cabe. El sindicato se queda ahí. Otra cosa es que los partidos políticos asuman el control de tal o cual sindicato y le confieran su ideología programática o estratégica, caso de los sindicatos comunistas o socialistas. También, el caso, del anarcosindicalismo, donde los sindicatos se crean o se reconfiguran con una concepción estratégica anarquista. Pero en ambos casos es la cosmovisión sociopolítica quien se agrega al sindicato -de nuevo, con Lenin-, no su ‘esencia’, el sindicalismo sin más, sin calificativos.
El Labour Party, pues, sale de la fusión de dos tipos de reformismo, el político y el económico. No tuvo que liberarse del marxismo, como sí ocurrió con las socialdemocracias europeas tras la II GM, que, infiltradas por la CIA, se vieron compelidas a reflejar explícitamente, en el terreno cultural -del político y económico, ni hablo- su abandono de todo resto de marxismo o de revolucionarismo y su adhesión al capitalismo y a la hegemonía geopolítica estadounidense. Me vienen a la cabeza los congresos de Bad Godesberg del SPD y Madrid 1979, del PSOE; me consta que los demás partidos socialistas y socialdemócratas europeos vinieron a hacer lo mismo: abjurar del marxismo. El Labour, no, porque nunca fue marxista y siempre otanista.
Este inciso histórico viene al caso para remarcar que los laboristas siempre fueron gradualistas-reformistas, que esa es su ‘esencia’ histórica. Favorecer la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores hasta donde se pueda, sin fijar qué es ese ‘hasta donde se pueda’, es decir, sin plantearse un cambio en las relaciones de producción. Esa visión sólo cambió, de facto, con el neoliberalismo, con el descrédito de toda forma de keynesianismo y la adopción, tras la ‘guerra’ y derrota de las tradeunions a manos de Margaret Thatcher, del socioliberalismo, un neoliberalismo ‘compasivo’, bajo la forma del ‘New Labour’ de Tony Blair, Anthony Giddens y … Peter Mandelson; una ‘tercera vía’, donde la ‘segunda vía’ era el laborismo de siempre. El triunfo ideológico que supuso el nuevo laborismo no se extendió a todo el partido, y menos aún, a sus simpatizantes y votantes, aunque sí a su dirección y oligo-burocracia. Muchos afiliados y votantes continuaron manteniendo la vieja mentalidad socialista-obrerista. Desde entonces, el Labour Party tiene dos almas.
El predominio de los blairistas, con Gordon Brown continuando la labor del jefe, llegó a su fin en las elecciones del 2010, con la crisis del 2008 detrás. Brown cae, consecuencia de la desafección de las clases medias y bajas británicas cuya condición material se había deteriorado -más aún que con Thatcher- antes y, sobre todo después, de la Gran Recesión; empieza un periodo de gobiernos conservadores que, con o sin Brexit, no hicieron nada para frenar la decadencia del Reino (Unido). El nuevo secretario general del Labour, que, supuestamente, corregiría el derechismo de Brown, Ed Miliband, fue un político gris de partido (pese a su brillante padre) que no era ni chicha ni limoná, ni blairista ni mínimamente izquierdoso, pasó sin pena ni gloria, dejando a los tories en el gobierno. El Brexit supuso una enorme conmoción en las islas, unas campañas masivas en las que la manipulación desatada se mezclaba, al menos, con polémicas de fondo. En ese marco se consolidó el liderazgo de Jeremy Corbyn, un veterano militante del ala izquierda del Labour. Además de despertar aquella soterrada alma laborista obrera y luchadora, Corbyn consiguió el apoyo militante de una gran cantidad de jóvenes hasta entonces escépticos con el bipartidismo británico. Ese aluvión juvenil se corresponde, mutatis mutandis, con los movimientos del 15M (y Podemos) en el Estado español, el Occupy Wall Street en América y otras experiencias menos numerosas en los países de Europa.
Pero Corbyn perdió por muy estrecho margen en las elecciones de 2017, derrotado por Teresa May y, con algo más de distancia, en las de 2019, ganadas por Boris Johnson. Por tanto, su propuesta política, que iba más allá del centro-izquierda en un marco bipartidista clásico, no se llevó a cabo. En que consistía o a dónde hubiese llegado, es otra historia. Sin embargo, el fracaso de Corbyn es matizable. En las dos elecciones generales obtuvo más votos de los que el Labour había sacado nunca desde la primera de Blair, y, además, fue víctima a lo largo de su mandato de todo tipo de maniobras por parte de la muy influyente derecha blairista delpartido, culminando con la campaña manipulada y falsaria que le acusaba de antisemitismo y que acabó con su dimisión y el nombramiento de Keir Starmer en 1920.
La debacle de Boris Johnson debida, entre otros motivos, a las actuaciones del gobierno durante la COVID y especialmente por su vergonzosa actuación personal respecto a la pandemia (las fiestecitas), más las pedestres medidas económicas adoptadas por su sucesora Lizz Truss, llevaron al Partido Conservador a un descrédito tal que, unido a los muchos votos que le ‘quitó’ el ya pujante partido Reformista de Farage, dieron un triunfo aplastante a Starmer en el 2024. No nos engañemos, sacó muchos menos votos que Corbyn en la elecciones anteriores y buena parte de ellos lo fueron más contra los conservardores que por simpatía hacia Starmer y los suyos.
La política de Starmer como secretario general del Labour ha sido desde el primero momento autoritaria y, sobre todo, represiva, inició una caza de brujas apoyándose fundamentalmente en el pecado de un antisemitismo que se atribuía a casi todos sus rivales internos y a la izquierda del partido, en general, que acabó con la expulsión de Corbyn; y de todo lo que representaba en el partido.
Al tiempo, el Starmer primer ministro se ha caracterizado por la típica política antisocial de la tercera vía laborista: austeridad y desmantelamiento del Estado del Bienestar con la excusa de las no menos típicas, y tópicas, deuda pública y déficits fiscales; por añadidura, con algunas torpezas inmensas, como los ataques a los minusválidos, el apoyo al lobby israelí, confundiendo deliberadamente antisionismo con antisemitismo y propugnando la bochornosa ley contra ‘el terrorismo antisemita’. En política exterior, seguidismo lacayuno a USA; a Biden e, incluso a Trump, incluyendo el apoyo al genocidio Palestino perpetrado por Israel.
Visto lo visto en estos dos años la mayoría de la población inglesa ha marcado el rumbo político en estas elecciones municipales, y autonómicas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Unas elecciones que conviene interpretar en clave general, más influidas que nunca por la situación global del Reino Unido. La derecha se inclina hacia la extrema derecha, como indican los muy pobres resultados de los tories, que ven sus votos irse a Reform UK y, en el espacio de la izquierda, desmoronamiento del Labour Party y desplazamiento hacia la izquierda nacionalista en las autonomías y hacia el muy hábilmente llevado por Zac Polanski Green Party. Visto lo visto, pero visto a su manera, Starmer se niega a renunciar al cargo, del mismo modo que se niega a modificar sus políticas. Parte del partido se le ha rebelado y exige su cese, pero parece que no es una parte suficiente, por ejemplo, bastante menos de la mitad de los parlamentarios, la aristocracia laborista, pide su relevo. Además, el partido no tiene ya ningún líder mínimamente popular, si acaso Andy Burnham, alcalde de Manchester, que no puede aspirar a premier hasta que no vuelva a la Cámara de los Comunes, y eso lleva tiempo. Y aún renunciando Starmer, la política de su sucesor será muy continuista; creo que el laborismo no va a remontar de manera relevante en las elecciones generales del 2029; aunque, en el actual caos geopolítico y económico mundial pueden pasar muchas cosas a lo largo de dos años.
Resumiendo, el, fin de la época Corbyn, forzado en buena medida por Starmer y su grupo de notables, significó la amputación de la izquierda clásica laborista, a la que, aplicando unos estándares universales, llamo centro-izquierda, de modo que en estos momentos el Labour Party sólo incluye dos espacios, el centro y el centro-derecha; de ellos habrá de salir el sucesor de Starmer, si éste no logra su propósito, a lo Pedro Sanchez de subsistir como sea, contra viento y marea y sin la menor idea ni intención renovadora. Lo que no creo posible es el restablecimiento de un ala de centro-izquierda en el Labour, máxime cuando buena parte de la base sindicalista e izquierdosa que quedaba se ha ido del partido, siguiendo a Zara Sultana y otros destacados personajes izquierdosos, y, sobre todo, cuando el partido Verde ha sabido no quedarse en el ecologismo y hacer suya una política progresista-reformista institucional. Más o menos, la de Corbyn. Por si fuera improbable reconstruir algo así como una izquierda y evitar el desplazamiento a la derecha del Labour que lo conduce, creo, a la nada, el Your Party de Corbyn y Sultana si sigue adelante -algo nada seguro- y establece coaliciones razonables con los Verdes fija otro clavo en el ataúd laborista.
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