domingo, 15 de marzo de 2026

 


En el post anterior, apuntaba que la irrupción de los neocons tomó cuerpo en la política exterior de USA desde el mandato presidencial de Bush hijo, iniciado el año 2000, y que su teoría se basaba en los documentos emitidos por la plataforma ‘Project for the New American Century’. Las propuestas neocons no configuraron una política internacional que permita hablar de un nuevo orden mundial, aunque, en parte, lo es, y aunque así se presentaron. Sin embargo, la disrupción del statu quo mundial causada por el desmoronamiento de la URSS y del bloque del ‘socialismo real, había de conducir, dentro de una continuidad esencial, a nuevos planteamientos; en concreto cómo sustituir la bipolaridad anterior -desaparecida una de las dos patitas del ‘bi’- por lo que de facto suponía una unipolaridad encarnada en USA. 

Los pensadores y políticos del Project eran republicanos, neoliberales y globalistas dentro del partido colorado; acusaban a Clinton de centrarse demasiado en la política interior en detrimento de la exterior, de que su liberalismo internacional era, al menos retóricamente, demasiado ‘igualitario’ y apocado con países aliados y rivales Frente a ello, o, más bien, frente al vacío de Clinton,  proponían una política exterior ‘neoreaganiana’, que presentara ante el mundo la clara voluntad de USA de ser el hegemón universal y que no dudara en exhibir la superioridad de su ejercita para intervenir, si era necesario, contra los Estados ‘canallas’ y en ‘defensa de la democracia’. 

Hablo, no de crear un nuevo orden, sino de modificarlo, porque lo que se propuso fue implementar un único hegemón que no rompía la estructura anterior del Primer Mundo, sino que la extendía a todo el planeta. El principio fundamental, el orden basado en normas, que ya existía antes, como eslogan y como pseudorealidad, no se cuestionaba se respetaba. La ONU, y, en general, las grandes organizaciones internacionales, OIC, CJI, CPI, etc., así como los principios de Derecho Internacional emanados de la Carta de la ONU de 1945, seguían informando aquella estructura. Distinto es que, de facto, como reveló Carney ex post, quien tenía el poder máximo, USA se saltara todo esto a la torera cuando lo considerase necesario. Así la invasión de Irak del 2003. No obstante, el equipo de Bush hijo, por lo menos, lo intentó: acudió al Congreso y obtuvo su autorización, y después los presentó al Consejo de Seguridad de la ONU; ante el veto de Francia y Rusia, y sólo entonces, soslayó a la ONU y atacó por su cuenta; y la de Blair.

O sea, que el mundo capitalista asumía la vigencia de un orden internacional basado en reglas que desde 1945 se respetaba, formalmente, hasta que se dejaba de respetar, realmente. Había transgresiones, siempre en función de las relaciones de fuerza entre países y, principalmente del País Elegido por Dios frente al resto de la ‘comunidad internacional’. Sin embargo, esas transgresiones no eran sistemáticas y siempre estaban sostenidas por algún subrelato ad hoc que las presentaba como una excepción justificable. Por ejemplo, las famosas armas de destrucción masiva en poder de Sadam Bussein. Se vulneraba ‘un poco’ el orden, y después, conseguidos los objetivos (es un decir, en el caso de Irak o Afganistán), se volvía al redil lo antes posible. Lo de Ucrania se vendía como legítima defensa, lo de Gaza era una respuesta militar, no una guerra, a una provocación terrorista. Y así, todo controlado.

El gran relato funcionaba legitimando una visión del mundo falsa, que necesitaba ser reproducida por todos, de bocas hacia fuera; lo que pensaran unos y otros, daba igual, el traje del emperador era sublime. En esas, llegó el segundo mandato de Trump, y el establishment mundial, para ser más preciso, el de los aliados de USA de toda la vida, trepidó. Nuestras élites políticas se apresuraron a proclamar la defunción del viejo orden ‘basado en reglas’, algunos a lamentarlo y otros a saludar el nuevo orden. Entre los primeros, Carney, que, le dio la vuelta a esa norma no escrita que impide hablar mal de los muertos se despachó a gusto, dentro de lo que cabe, mientras las plañideras redoblaron sus llantos. “¿Cómo dice eso? Con lo bueno que era”. 

Continuara. De momento con la posición de Carney


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