martes, 24 de febrero de 2026

 

Mientras preparo el sigiente post sobre las consecuencias de la conferencia de Bretton Woods, adjunto un editorial de Vicent Partal, director del diario catalán Vilaweb, publicado hace unos pocos días en relación con el caso Epstein. Creo que, sin ser, ni tener por qué serlo, ni ser posiible todavía a la luz del inmenso, y en su mayor parte trivial, materialpublicado, un análisis político en profundidad -ese "Jeffrey Epstein no era un delincuente solitario; ... En realidad, era una infraestructura" llama a hacerlo-, Partal plantea una serie de consideraciones lúcidas y bien escritas, acerca del mundo de hoy (no del mundo today). 


Andrew: ¿príncipe destronado o cortina de humo?

Andrew cae hoy no porque el sistema haya decidido hacer justicia, sino porque el sistema ha decidido que Andrew ya no le hace servicio y que sacrificarlo es menos costoso que protegerlo.

Vicent Partal         19.02.2026 


Hay destinos que parecen escritos por una mano invisible, con esa crueldad precisa que solo sabe imaginar la gran literatura. Andrew Mountbatten-Windsor –que ya no es príncipe, ni “Alteza”, ni nada– fue detenido ayer por la policía inglesa. Ayer, concretamente, que era el día de su cumpleaños. Shakespeare seguramente no se habría atrevido a escribir una escena como ésta.

Pero, detrás de la tragedia personal, existe una tragedia política de una magnitud que todavía no hemos procesado del todo y que no sé cuándo podremos procesar. Ni siquiera si lo podremos hacer. Porque la historia de Andrew no es tan sólo la de un hombre que se ha caído de la cima por su arrogancia o por sus debilidades morales. No: es la historia de un sistema. De una red. De una forma de organizar el poder que durante décadas ha movido medio mundo de la penumbra estando y que la luz de los archivos Epstein ha empezado a iluminar lentamente.

Esto que los documentos americanos han revelado es algo que va mucho más allá de un financiero con tendencias criminales y amistades poderosas. Jeffrey Epstein no era un delincuente solitario; esto sería una manera demasiado fácil de resolver el asunto. En realidad, era una infraestructura. Epstein había construido un sistema de captación y compromiso de las élites occidentales que funcionaba con la lógica precisa del chantaje político: atraer a los poderosos, documentar sus debilidades y convertirlos después en actores útiles o, al menos, en actores silenciosos. Príncipes, políticos, ricos, tecnólogos, embajadores, millonarios, periodistas, líderes de todo tipo pasaron por su organización. Construyendo toda una red transatlántica de deudas y complicidades que tenía como moneda de cambio no el dinero –aquello que formaban parte ya tenían tanto como podían tener–, sino la vulnerabilidad, los vicios, lo que querían hacer a escondidas y sin que fuera sabido.

Andrew Mountbatten-Windsor era, a la vista de todo lo que sabemos ahora, un activo geopolítico de primera magnitud en esta red: un miembro de la familia real británica, enviado comercial de la corona, con acceso abierto a los círculos diplomáticos y de inteligencia del Reino Unido, que compartía informes británicos-americanos-secretos-. Informes sobre cosas como posibles oportunidades de inversión en Afganistán –donde, recordémoslo, había soldados británicos muriendo en combate mientras él cometía tráfico de influencias. 

¿La pregunta inevitable es quién era, pues, Epstein en esta relación? ¿Un amigo? ¿Un banquero? ¿Un facilitador? ¿Un chantajista? ¿Un agente? ¿Un agente de quién? ¿Y para quien trabajaba, en última instancia, toda esta red de captación y compromiso que se extendió durante décadas entre las élites occidentales? Son preguntas que los archivos ponen sobre la mesa, pero que nadie, de momento, sabe responder con sensatez –abrumados como estamos todos por el alcance y la monstruosidad de lo que se ve.

Sea como fuere, creo que hoy podemos decir de forma bastante segura que, de los nombres que aparecen en aquellos documentos, Andrew no era el más poderoso. La lista es larga y, por ahora, prácticamente impune. Andrew ha sido detenido. Pero los demás, de momento, reciben únicamente preguntas incómodas en comparecencias parlamentarias o en entrevistas controladas, y la inmensa mayoría siguen haciendo vida normal, como si tal cosa.

Por eso la primera pregunta que me ha venido a la cabeza hoy es por qué cae Andrew y los demás no. Probablemente –pienso yo– porque él, a pesar de las apariencias, es el más fácil de sacrificar. No tiene electores. No tiene empresa. No tiene socios. No tiene capacidad de revancha política. Tiene, en cambio, un hermano que es rey y necesita modernizar una institución monárquica en crisis. Y tiene una familia que ha calculado de forma precisa, y lo demuestra hace meses, que el coste de protegerlo es muy superior al coste de abandonarlo. La monarquía británica sobrevivirá a Andrew de la misma forma que ha sobrevivido a todos los escándalos propios: ofreciendo al público el sacrificio necesario. Como si fuera redentor.

Está claro que aquí es donde la tragedia shakespeariana se vuelve vertiginosa. Porque en las obras del Globe el protagonista cae por sus faltas, sí, pero siempre dentro de un sistema de poder que le ha utilizado, que le ha nutrido y que, al final, le destruye cuando ya no le hace servicio. Lear no es traicionado por sus hijas en un vacío; es traicionado por unas hijas que han aprendido a operar exactamente como él les ha enseñado. Andrew no es abandonado por la corona en un vacío; es abandonado por una institución que ha aprendido a sobrevivir a cualquier coste, como obsesivamente.

No hay nadie que esté por encima de la ley, han dicho el primer ministro Starmer y el monarca -hermano del príncipe caído. La frase suena bien. Pero la pregunta política verdadera es: ¿por qué motivo la justicia tarda tanto en llegar? ¿Por qué los archivos Epstein permanecieron sellados durante años? ¿Por qué la justicia americana negoció un primer acuerdo de inmunidad para Epstein en 2008 que le dejó prácticamente libre? ¿Por qué motivo, cuando el caso se volvió a abrir, en 2019, Epstein murió en prisión en unas circunstancias que ninguna investigación oficial ha aclarado satisfactoriamente y que, por decirlo suavemente, es mucho más que sospechosa?

La respuesta –al menos, es la única que se me ocurre– es que las redes de poder se protegen. Que el sistema que Epstein construyó no era una anomalía, sino –al contrario– un reflejo del funcionamiento ordinario de las élites mundiales: la promiscuidad entre el poder público y el capital privado, el intercambio de favores y silencios, la falta absoluta de moralidad, la criminalización de los vulnerables y la impunidad de los poderosos.

En las tragedias de Shakespeare el protagonista cae, pero la corte sigue. Simplemente, el poder se redistribuye. Y el público vuelve a casa sabiendo que el mundo no ha cambiado en serio, pero habiendo vivido fascinado la catarsis de una caída que parecía imposible. Ayer, en una coreografía perfecta, seis coches sin matrícula llegaron a Sandringham y un hombre de sesenta y seis años, que nació príncipe y que pudo morir con honores y pompa, tuvo que abrirles la puerta y dejarse detener. El guion es espectacular, pero las verdaderas preguntas –quien sabía qué, quién se calló, quién se benefició, quién mató a Epstein o quien le dejó morir– siguen sin respuesta. 

Y, mientras no estén, la justicia que muchos celebran hoy será, yendo muy bien, incompleta. Y, yendo muy mal –que es lo más probable y me sabe mal decirlo así–, una cortina de humo. Otra.

Traducido del catalán por Google con revisión y corecciones mías.

https://www.vilaweb.cat/noticies/andrew-princep-destronat-o-cortina-de-fum/


PD. Hoy han detenido a Peter Mandelson, uno de los principales colaboradores ee Toni Blair y entusiasta defensor de la nefasta 'tercera vía', que, sin decirlo expresamente, sostiene Starmer. Creo que el Labour Party está moribundo y los enterradores ya preparan sus palas para la siguiente elección en UK. El viejo mundo.


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