Segundo asunto, del que escribiré después: La guerra de
Ucrania. Desarrollos y perspectivas.
Sin embargo, lo anterior, aun cierto, es demasiado
general, si todo es lawfare, no hay lawfare. Por ello, conviene especificar el concepto
general. Así, lo que llamamos, o lo que, en rigor, debería llamarse en las
sociedades contemporáneas lawfaren, es, además por supuesto de cualquier sanción
por motivos políticos -todo preso político es víctima de lawfare-, es aquel en
que se retuerce la legalidad para acusar o sancionar a una persona predeterminada
con el objeto, no con el efecto a veces inevitable, de favorecer a un bando o
partido político. La línea es estrecha, pero, en general, trazable y aplicable
a cada caso concreto.
Por ejemplo, es obvio que la chalada persecución del juez Peinado
a Begoña Gómez sólo pretende utilizar unas leyes para, interpretándolas
obscenamente, dañar a Pedro Sánchez y socavar su gobierno en beneficio del PP.
Eso es lawfare de libro. Pero, ¿qué pasa con Zp?, o en los casos de Ábalos, o,
en plan equidistán, Rato. Políticos importantes
que han vulnerado la legalidad existente, empleando su poder. Lo primero es elucidar el delito del
que son acusados. Un asesinato, por ejemplo, no es lawfare a no ser que se trate
de un montaje judicial descarado, por muy relevante que sea la personalidad del
reo. No ocurre lo mismo con el supradelito de corrupción que incluye
malversaciones, prevaricaciones, fugas o blanqueos de dinero, tráficos de
influencias, etc. Estamos hablando de una práctica funcional a la reproducción
y renovación de élites político-económicas en cualquier sociedad capitalista
que se precie (y, en eso, España se precia mucho). Que esa práctica sea
delictiva o no, es decir, que se cometan, según la estipulación normativa,
algunos de esos delitos citados depende de la legislación en cada país y su
interpretación por los jueces. Cualquier lobby o actividad lobista debería de
ser prohibida en una sociedad decente, no lo es. Puede ser, en cambio, regulada
con mayor o menor rigor. Creo que aquí es aceptable un pragmatismo
malminorista: cuanto más se regule y con mayor capacidad disuasoria penal,
mejor. Preferible, en este supuesto, un parche a nada.
Resumiendo, con una concepción un poco amplia de lowfare
-sin llegar, en la práctica, a la conclusión teórica de que el lowfare es consustancial
al capitalismo- en el affaire ZP existe algo de ello, porque, aceptando la honestidad del
juez, para qué éste iniciase procedimiento judicial tuvo que tener conocimiento
de los hechos, ya bastante cocinados, de fiscalía anticorrupción y, por
supuesto, el celo de la UDEF. La investigación, a instancias exteriores se podría
haber arrinconado como pasa con otras muchas. Y todos, absolutamente todos, aquí
incluyo al juez Calama, son plenamente conscientes de las repercusiones
negativas para el PSOE y Sánchez de la imputación, incluso aunque acabase en un
futuro incierto exculpando a ZP. Es decir, hay elementos de lawfare. No
obstante, considero que, por mínima higiene moral, el poder judicial debe esclarecer
el asunto según Derecho. No me vale ese vergonzoso ‘y tú más’. Si se prueban lo
hechos en un proceso justo, y, dadas las circunstancias, parece que va a ser
así por partida doble, que el proceso penal va a ser justo y que va a a condenar
a ZP por algunos de los ilícito en cuestión, bien hecho estará. En el escaso
terreno que nos deja la precaria situación política que habitamos, no hay
lawfare (aunque lo haya).
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