lunes, 1 de agosto de 2016



Tercer y último punto del artículo de Errejón.

3. ¿Y ahora qué?

A Podemos, como núcleo del polo de cambio, le toca independizarse de las condiciones de excepcionalidad en las que nació. Le toca construirse en fuerza política de la España que ya está siendo; no ya una “sorpresa” ni una “revelación” o algo excepcional sino un motor de largo aliento capaz de federar intereses comunes de la mayoría subalterna e integrarlos en un horizonte alternativo de país. Esa tarea de dirección institucional, intelectual y política no la solventarán por nosotros ni el repliegue a una posición resistencialista (“al menos decimos las cosas claras”, “seremos el altavoz de las protestas”) ni hipotéticos empeoramientos de la crisis que, en una lectura economicista, nos conduzcan a la contradicción definitiva y la batalla final. Hace tiempo entendimos que, en general, cuanto peor, peor.

Es posible que el partido iconoclasta de la protesta y la impugnación haya tocado un techo, más alto del que nunca se había alcanzado en España. Para pasar de representar a un quinto de los españoles a encarnar una nueva mayoría capaz de agregar en torno a sí un acuerdo para la próxima década hay que incorporar también a los que no vibran con la política, a los que no les basta con la épica, a quienes nos quieren ver portadores de la posibilidad de un orden nuevo, más justo, más democrático, más próspero. La verdadera ruptura es representar con credibilidad y anticipar un orden distinto.

Esto no tiene nada que ver con la lealtad a las necesidades de las mayorías sociales ni con la intransigencia con respecto a la urgencia y profundidad de los cambios. Para ser una fuerza “popular”, la posibilidad de un partido del pueblo que no solo represente a una parte sino que articule un nuevo interés general que integre incluso a parte de los adversarios, es crucial partir, en primer lugar, del reconocimiento de que “el pueblo” no es una unidad homogénea a la que apelar con unos intereses ya formados –¡entonces no haría falta la política!- sino la construcción permanente de voluntad popular, un trabajo de artesanía cultural e institucional que no desvela actores ya constituidos –con mayor o menor “lealtad” o “autenticidad”- sino que construye identidades y fija rumbos compartidos. Solo construye pueblo quien no fetichiza ni esencializa el término. En segundo lugar, es fundamental entender que lo plebeyo, en Europa, es una amalgama compleja de memorias fragmentadas, orgullos, temores, ilusiones y aspiraciones individuales y no siempre comunitarias.

En esta comprensión, adaptación y reformulación de la estrategia puede jugarse Podemos la distancia entre ser un fenómeno de la excepcionalidad o convertirse, entre el declive de la capacidad de dirección de las élites viejas y su capacidad para ganar tiempo aún, en el vector principal de articulación de un nuevo interés general y una nueva esperanza colectiva fundamentada en el día a día. Llegamos hasta aquí no siendo el reflejo de un tiempo tumultuoso sino empujando, interpretando y proponiendo un desarrollo que no estaba escrito. Y nos toca continuarlo en otra fase. No ser expresión política de nada preexistente –ni siquiera de nosotros mismos-, derrotado o caduco, sino hacer política popular, patriótica, plurinacional, de radicalización democrática.

Para seguir siendo el partido del proceso de cambio español, Podemos tiene que mostrar de nuevo habilidad y flexibilidad para adaptarse a los retos de esta nueva fase. Que la política española entre en una cierta dinámica de ralentización y de primacía del “tiempo frío” no significa, en modo alguno, que se hayan solventado los dolores, las contradicciones y los problemas sin resolver que han animado a millones de mujeres y hombres a ilusionarse y ponerse manos a la obra para construir un país mejor, más amable para su gente. El proceso de cambio español sigue abierto, aunque la lógica de la guerra de movimientos deje paso ahora a la guerra de posiciones.

Significa que de la “carga de caballería” que nos ha permitido llegar tan lejos tenemos que pasar a un modelo de “cerco”, en el que Podemos deberá prepararse para una disputa más intrincada y a veces menos inmediata, de conquistas lentas y toma de posiciones en el Estado y la sociedad civil, de construcción de nuevos sentidos compartidos; para la cual la máquina de guerra tiene que dar paso a un movimiento popular, más federal y descentralizado, más amable hacia dentro y seductor hacia fuera, más capaz de disolver los miedos, atraer a los mejores y solucionar el “mientras tanto”. Antonio Gramsci definía las características del cerco en estos términos: “la guerra del cerco, comprimida, difícil, en la cual se requieren grandes dosis de paciencia y espíritu de invención” ( Antología de Manuel Sacristán, Akal, 2013, p. 262). Más producción de sentido que conquista por sorpresa. No dependemos tanto de la acción de nuestros adversarios como de nuestra capacidad colectiva de estar, de nuevo, a la altura del momento. Inventamos o erramos.

Nuestra meta es ni más ni menos que convertirnos en el núcleo de un nuevo proyecto de país que ponga en el centro las necesidades y aspiraciones de la mayoría social maltratada, de un nuevo acuerdo con capacidad de integrar a sectores muy diferentes en un bloque histórico, complejo y heterogéneo, en el que la clave son las mediaciones, las identificaciones colectivas y las ideas compartidas. Es un trabajo más lento, más reticular. No es una empresa abstracta sino eminentemente material y concreta, que podríamos dividir en cuatro grandes grupos de tareas. En primer lugar, ser motor de su concreción en el tejido asociativo y de ocio, de vínculos comunitarios y emocionales que aseguren espacios cotidianos de socialización y cotidianidad – deportivos, barriales, de excursionismo y montaña, bares y Moradas, musicales, de lectura, cooperativas, de apoyo mutuo, de cultura, etc.- que generalicen un país nuevo en el interior del actual. Esta tarea implica combinar la relación con los actores e instituciones de la sociedad civil realmente existente con la generación de nuevos espacios.

En segundo lugar, la creación cultural de los símbolos y la estética, los hitos, narraciones, canciones e ideas que anticipen la voluntad popular nueva y la hagan atractiva y masiva. La construcción de un pueblo es en gran medida una tarea semántica y emocional, que acompaña, explica y recompensa estética y expresivamente el compromiso político. Esta labor de creación es desordenada, solapada y contradictoria. Afortunadamente no se decreta ni se ordena, sino que se generan las condiciones para que pueda suceder y para que los sectores más dinámicos de la sociedad sean irradiadores de lo deseable y de la posibilidad concreta de un país mejor. El prestigio de una fuerza política, que es algo más grande que un partido político, se mide en gran medida por su capacidad para ser generadora y expresión de un nuevo clima cultural, de una ola en marcha que seduce más que asusta.

En tercer lugar la tarea de formación y relevo de cuadros de gestión y de dirección, que proviene tanto de las capacidades propias, aprendidas en el camino, como de la incorporación de expertos, técnicos, funcionarios y profesionales al campo del cambio político. Esta incorporación -no somos ingenuos al respecto- no es solo un proceso de atracción cultural sino también de creación de fidelidades y apertura de oportunidades para ser, al mismo tiempo, “profesional” y parte activa del cambio político, con estricto respeto a la institucionalidad y con el compromiso al mismo tiempo de trabajar desde ella por un país más justo y más democrático. En las instituciones ya en manos del cambio, como los ayuntamientos de buena parte de las principales ciudades, es crucial la asunción de que se está de paso pero que se pueden generar transformaciones culturales, jurídicas y económicas que solo serán profundas si se anclan y generan nueva normalidad, si se hacen relativamente irreversibles.

En la medida en que “gobernar es prever”, el trabajo institucional ha de servir, además de para generar solvencia e ir rebajando los miedos que aún anidan entre gran parte de nuestra sociedad, para prefigurar la hoja de ruta de las transformaciones, sus límites y sus recorridos posibles. Demostrarse una fuerza útil desde ya, en el aquí y el ahora, para mejorar las condiciones de vida de la gente, en particular de la más golpeada por las políticas oligárquicas injustas, crueles e ineficaces. Los militantes del cambio, por su parte, tienen que estudiar y prepararse concienzudamente para desempeñar las miles de tareas y responsabilidades necesarias para que la nueva voluntad popular se haga nuevo proyecto de país y de Estado.

En cuarto lugar la generación de una fuerza política y cultural más federalizada y descentralizada, más arraigada en el territorio –especialmente en el más abandonado y donde llega con más lentitud el cambio- con el rol crucial de los círculos para ser útiles hacia fuera, para los que faltan; menos vertical y más capaz de enriquecerse con dinámicas de abajo a arriba, más amable hacia dentro y seductora hacia fuera; más atenta a la formación teórica; más capaz de trabajar para generar relevos de manera tal que cada militante del cambio sea un dirigente en su entorno, que haga de portavoz, porte la moral de victoria, proponga tareas y sepa sugerir rumbos que privilegien las cuestiones centrales del momento; mientras al mismo tiempo trabaje para que cuando deje el testigo haya tres compañeros, y en particular compañeras, más preparados y formados, más generosos y más capaces.

Estas son algunas de las tareas del “carril largo” que ahora se tornan imprescindibles para ir permeando, difundiendo y dando forma, no ya al proyecto de un partido ni a una propuesta electoral, sino al núcleo de un nuevo acuerdo de país: imprimir el rumbo -mientras las élites viejas ganan tiempo y prolongan la crisis- de un nuevo horizonte general marcado por los intereses y aspiraciones de la mayoría social, convertirse en fuerza articuladora y dirigente ya desde antes de ser fuerza gobernante.


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Cuando yo era joven, y de eso hace mucho, militaba en un partido marxista de extrema izquierda. En las discusiones internas, citar profusamente a nuestros grandes próceres revolucionarios proporcionaba muchos más puntos que elaborar un discurso propio, aunque éste fuese más coherente y atinente al caso que el tomado en préstamo al gurú. Había camaradas que enlazaban frase tras frase de Lenin, aportando de su propia cosecha únicamente las conjunciones. Por supuesto, en tres días ya estaban en el Comité Central. Errejón viene a hacer eso, corregido y aumentado, con Gramsci. Venga o no a cuento ahí aparecen el bloque histórico, lo nacional-popular, la guerra de posiciones y de movimientos, el cerco, la hegemonía. Más parece que, en lugar de valerse del utillaje teórico y conceptual de Gramsci para analizar la realidad política (iba a escribir 'social', pero no), lo que busca es encajar los hechos en los términos gramscianos, aunque haya que forzar alguna pieza. Hay una no pequeña diferencia entre Gramsci y Errejón. La que va de un pensador sólidamente materialista, militante de un partido anclado en la historia que surge de decenios de luchas y que tiene un objetivo muy claro, acabar con el capitalismo y construir una sociedad comunista, y unos medios no menos nítidos, la lucha de los trabajadores, a una especie de Quijote empachado de libros que flota en el espacio como aquella paloma de Kant que imaginaba que podría volar mejor en el vacío, sin las ataduras que impone la realidad mundana (por cierto, muy bello paraje de la Ética Crítica de la Razón pura).

La lectura de los dos primero puntos del artículo de Errejón en eldiario.es, básicamente una exposición de la trayectoria de Podemos desde su surgimiento y de la coyuntura política en que hubo de intervenir, dejan la impresión de una notable falta de rigor en los análisis (incluyendo una total ausencia de autocrítica), algo inevitable dada la pobreza metodológica de un ultrapoliticismo académico que unas veces recuerda a los economistas neoclásicos cuando intentan explicar cualquier tipo de relación social en términos de utilidades marginales y costes de oportunidad, y otras el canon economicista marxiano. Un problema añadido, y de mas calado, es que 
ese politicismo no se plantea  desde unas concepciones materialistas, a la manera de Maquiavelo, sino con una visión del mundo postmoderna donde 'todo está en el texto' a lo Derrida, o, mejor post-postmoderna, en la que se resucitan los grandes relatos, con la ventaja de que ahora sabemos que son relatos y podemos construirlos y cambiarlos a nuestro gusto o interés.

Pero bueno, lo pasado, pasado. Podemos es una entidad capaz de reconfigurarse, más aun, de reinventarse en cada situación. Se mueve con entera libertad en el ámbito de la teoría, en ese espacio hiperuránico platónico donde flotan grácilmente las ideas puras El mundo material sublunar lo construyen ellos, los nuevos demiurgos, como simulacro de la Verdad a que puede llegar el pueblo. De lo que se trata, en su concepción bélica binaria, es de ser eficaz en la batalla frente al enemigo, un enemigo, el 'ellos', que definimos a nuestro gusto – el significante flotante; por ejemplo, una veces está incluido el PSOE y, cuando no interesa que esté, no está – y cuyo resto, el complemento, somos nosotros, la gente, el ejército del bien. Y para gozar de aun mayor libertad táctica, el enemigo tampoco es propiamente enemigo, sino adversario, no agonista, sino antagonista (Mouffe dicet), de modo que tenemos, al tiempo, que combatirlo pero sin acabar con él, incluso manteniendo y potenciando un espacio simbólico común donde el conflicto se desarrolla … simbólicamente: las instituciones. Aquello de que sólo puede desaparecer la explotación y la dominación con la desaparición de la clase dominante y explotadora, era demasiado antagonista, arcaicamente esencialista. En fin, todo esto parece no tener sentido, y, sin embargo, lo tiene.

El tercer y último apartado del texto de Errejón versa sobre el futuro. En los anteriores la productividad textual había revelado ya un cierto desprecio por los hechos, que la realidad empírica no te arruine una buena teoría, 
parafraseando aquello de los periodistas,. Pese a todo, había que partir de hechos hablando del pasado. Pero cuando se aborda lo que no ha sido, todavía, tal limitación factual desaparece y el discurso, ya antes con tendencias a la divagación especulativa, se torna, con perdón, casi delirante. Admitiendo la posibilidad, más aún la alta probabilidad, de que mi capacidad de comprensión no llega a las altas cimas errejonianas, este punto me suscitó la impresión de estar leyendo una sucesión continua de sintagmas que oscilaban entre la carencia de sentido y la artificiosidad vacua. A modo de ejemplo, dos frases seguidas: “La verdadera ruptura es representar con credibilidad y anticipar un orden distinto.”, y, a continuación: “Esto no tiene nada que ver con la lealtad a las necesidades de las mayorías sociales ni con la intransigencia con respecto a la urgencia y profundidad de los cambios”. ¿Quiere decir que para representar un orden futuro distinto, el que se propone, no hay que tener para nada en cuenta las necesidades de las mayorías sociales?, o, peor aún ¿que se las puede traicionar? Tan preocupantes es que Íñigo no sepa lo que esta diciendo como que lo sepa.

El mantra podemita posterior al 26J es la necesidad de pasar de la guerra de movimientos a la de posiciones, la enésima referencia a Gramsci sin demasiado sentido, pues la situación histórica europea e italiana que analizaba el sardo, un periodo ultradinámico de flujo y reflujo de la revolución, de agudización de los antagonismos de clase y de una incapacidad de instaurarse un orden estable con los mecanismos normales de la democracia liberal-burguesa, no tiene nada que ver con la nuestra actual. Esas rimbombantes guerras errejónicas no son otra cosa que pasar de las campañas electorales como actividad prioritaria, yo diría única (junto con establecer una organización férreamente centralizada), a la acción institucional. La cosa es muy simple; desde que nació, Podemos ha ido de una elección a otra sin preocuparse más que de conseguir los mejores resultados, subordinándolo todo a esto. El éxito de las europeas les obnubiló hasta el extremo de llegar a pensar en que era posible presidir un gobierno en las generales del años siguiente; se inventaron entonces la tesis de la ventana de oportunidad. La idea era: bien, cuando estemos en el gobierno ya veremos qué hacemos, ahora no debemos perder tiempo en tales disquisiciones, porque se nos pasa el arroz. No llegaron al gobierno, y también se acabaron las elecciones (sigo estando casi seguro de que no habrá terceras). Tienen que encarar una situación nueva para ellos, cosa lógica en un partido tan joven, y ahora se encuentran en el punto del clásico 'qué hacer' leniniano. Para ir ganando tiempo, y porque algo hay que decir – Errejón es el estratega de guardia permanente, el mago de las palabras; si da una imagen de desconcierto, de no tener la receta a punto, de necesitar tiempo para pensar, está kaputt – se sacan de la manga el eslogan de la guerra de posiciones cara a la galería y se vuelve a un discurso que es vino viejo en odres nuevos; la visión laclauiana de construcción del pueblo, adaptada a la nueva etapa que, en la versión podemita es, en periodo electoral, ganar las elecciones, en periodo no electoral, crear las condiciones para ganar las próximas.

El objetivo estratégico, y explícito, de Podemos es construir un pueblo y ser el partido del pueblo. En orden inverso. El pueblo, primero, lo construyen ellos con sus sabias prédicas. Porque el pueblo no es nada en sí – otra cosa, creer por ejemplo en unas condiciones materiales que crean afinidades, agrupaciones y rechazos, es esencialismo –, es un conjunto numeroso de personas, cuantas más, mejor, todas valen, que se congregan en torno a quien les cuenta una bonita historia de buenos y malos y anuncia la felicidad futura; solo tiene que confiar en el cuentista. Y votarle, sobre todo, votarle. Cuando no hay elecciones a la vista, y uno no gobierna, se trata de mantener los votantes que ya se tienen – “amable hacia dentro” – y conseguir muchos más – "seductor hacia fuera" –. Errejón enuncia cuatro grupos de tareas que deberán ocupar la actividad de Podemos en las nuevas circunstancias (léase: sin comicios generales, en principio, cercanas, y asumiendo que lo de ganar elecciones y surpassar al PSOE no es tan sencillo). Pueden resumirse, muy sumariamente y grosso modo, en insertarse en las prácticas normales de la 'sociedad civil', y llegar a lugares no urbanos extendiéndose y arraigando en todo el territorio nacional, para impulsar la socialización desde la visión de los relatos e ideas propagados por Podemos; creando hegemonía (“convertirse en fuerza articuladora y dirigente ya desde antes de ser fuerza gobernante”) muy deprisa y muy pragmática: “ que cada militante del cambio sea un dirigente en su entorno”, frase esta última que acojona un poco, será un lapso. Podemos debe también robustecerse orgánicamente, profesionalizándose y reclutando cuadros externos al partido; primando la cualificación sin importar mucho que las motivaciones para incorporarse al proyecto sean ideológicas o utilitarias, siempre que los captados sean confiables. La idea que subyace es, además de procurar la maxima eficiencia empresarial -- lo que hace asomar el fantasma de la tecnocracia -- , ofrecer una imagen de seriedad y de no sectarismo. La famosa transversalidad del 'aquí todos caben mientras sean honrados'.

En mi opinión, las disquisiciones políticas de Errejón llevadas a la práctica hacen de Podemos un mero elemento de renovación generacional de la fracción de izquierda del partido orgánico del Régimen, aquel PPSOE que tan bien supo ver el 15M. Su línea programática es tan flexible (algunos dirían oportunista) como para adaptarse a cualquier circunstancia que mejore sus 'posiciones', siempre en una trayectoria de derechización. La poda del programa de las europeas hasta llegar al catálogo de Ikea es impresionante. Sabían, el núcleo irradiador, no los pobres anticapis que ilusamente lo elaboraron, que era un brindis al sol. Pero para hacer programas que se da por sentado que no se van a cumplir, que son una mera formalidad llena de bellos objetivos, no necesitábamos nueva política, ya teníamos la vieja, que eso lo hace muy bien. Podemos va camino de la cooptación por el Régimen. Ya que les gusta tanto Gramsci: a lo mejor no es éste un momento populista, sino un momento transformista.

Todo va a depender de la gente de Podemos. En su base militante, las cien a ciento cincuenta mil personas que votan en las consultas internas, creo que hay una amalgama de, por un lado, individuos muy posibilistas y poco ideologizados – esos que tienen siempre en la punta de la boca lo de la transversalidad – que van a hacer carrera política, lo que me parece totalmente respetable y no dice nada en contra de su honestidad, por otro, cazadores cazados, los citados anticapis, y por último y mayoritariamente, personas idealistas y con la mejor voluntad, pero con poco bagaje político; de éstos, muchos participantes en el 15M, si bien – y quizá sea injusto, o prejuicioso, o arbitrario diciendo esto – de los que se quedaron en la superficie. Los que captaron en su profundidad la carga política explosiva del 15M y se unieron a Podemos, que no fueron pocos en los inicios, se fueron saliendo en su gran mayoría, decepcionados cuando no indignados por el rumbo que se tomó a partir de las europeas y, sobre todo, por la actitud frente a las iniciativas de formación por la base de candidaturas municipales de unidad popular. De la capacidad crítica de quienes están en Podemos -- por el momento, me temo que han dejado de ser un polo de atracción para nuevos militantes --, de la inteligencia política que hayan ido adquiriendo estos años, de su capacidad para enfrentarse a los aprendices de brujo que piensan Podemos como una partida de ajedrez, venciendo los lazos emocionales de admiración y gratitud y liberándose del encantamiento intelectual, de todo ello depende la eventualidad de un cambio radical de los actuales planteamientos y una recuperación de lo más lúcido del 15M, en la vía de impulsar y facilitar los procesos de autoorganización popular contra la oligarquía capitalista que redobla los ataques contra las condiciones de vida presentes y futuras de las clases subalternas. Es un asunto de vidas reales, no de construcciones narrativas ni cambios en las relaciones entre significante y significado que se materializan en el eterno retorno de lo viejo.

Habrá que observar atentamente qué hace Podemos a partir de ahora, una vez haya gobierno. Escucharles, no tanto.












lunes, 25 de julio de 2016


La miseria política de la narrativa (2)


Las elecciones del 20 de diciembre supusieron un “empate catastrófico” entre las fuerzas del cambio y las de la restauración. Las primeras no tuvimos la fuerza suficiente como para dar un
paso adelante en el proceso de cambio y conducir un gobierno de transformación democrática y popular. Las segundas tampoco tenían los equilibrios necesarios como para rebobinar el proceso o constituir un gobierno estable que, al mismo tiempo que asegurase la continuidad de las políticas de recortes, dejase intacto el juego de vasos comunicantes y el turnismo entre los partidos tradicionales PP-PSOE: no podían salvarse la gobernabilidad y el sistema de partidos al mismo tiempo. En ese escenario de bloqueo y de fuertes presiones todas las salidas pasaban por el PSOE, que debía inclinarse hacia el Partido Popular o hacia alguna modalidad de acuerdo con Podemos. En esta difícil encrucijada histórica entre restauración y cambio, el PSOE quedó atrapado y decidió no elegir y tirar la pelota hacia delante o, mejor dicho, elegir justamente aquello que representaba una no-elección: un pacto con Ciudadanos que no sumaba ni deshacía el nudo. Así, la encrucijada terminó por desembocar en una nueva convocatoria de elecciones: una “segunda vuelta” con sentido de desempate que se trasladaba a la ciudadanía, en medio de un cierto cansancio generalizado con el conjunto de los partidos y desgaste del interés por la política institucional.


El 26 de junio, sin embargo, se produjo una cierta recuperación de la iniciativa por parte del bloque conservador, en el que el reagrupamiento de votos en torno al PP desequilibró a su favor el escenario. Unidos Podemos, por otra parte, perdió más de un millón de votos que principalmente se quedó en casa. Seguramente el grueso de esa pérdida se produjo en el intenso ciclo parlamentario y de las negociaciones de investidura. El profesor norteamericano Bruce Ackerman distingue entre los “momentos calientes” de aceleración histórica y construcción de nuevas correlaciones de fuerzas y los “tiempos fríos” de congelación de esos equilibrios y política como gestión y negociación. Seguramente Podemos haya demostrado moverse mejor en el tiempo caliente de este ciclo corto desde las elecciones europeas, y tenga aún que desarrollar capacidad de adaptación al tiempo frío de la institución y el parlamentarismo. Minusvaloramos el peso de lo institucional y de su capacidad simbólica deproducir certezas y pagamos un cierto desgaste por ello, en unas elecciones que fueron un plebiscito entre lo malo conocido y una alternativa incierta, estimulante y atractiva para la España más joven y sin embargo amenazante para los sectores de mayor edad y de la España interior.


La impresionante expresión 'empate catastrófico' no significa que, debido al valor doble de los goles en campo contrario, tu equipo queda eliminado en semifinales de Champions. No. Su acuñador fue Alvaro García Linera, actual vicepresidente de Bolivia, y una de las mayores influencias intelectuales de Errejón. Veamos como la caracteriza su autor:

“Toda crisis estatal puede ser reversible o bien puede continuar. Si la crisis continúa, una siguiente etapa es el empate catastrófico. Lenin hablaba de una situación revolucionaria; Gramsci, a su modo, habló del empate catastrófico. Ambos hacen referencia a lo mismo pero con distintos lenguajes. El empate catastrófico es una etapa de la crisis de Estado, si ustedes quieren, un segundo momento estructural que se caracteriza por tres cosas: confrontación de dos proyectos políticos nacionales de país, dos horizontes de país con capacidad de movilización, de atracción y de seducción de fuerzas sociales; confrontación en el ámbito institucional –puede ser en el ámbito parlamentario y también en el social– de dos bloques sociales conformados con voluntad y ambición de poder, el bloque dominante y el social ascendente; y, en tercer lugar, una parálisis del mando estatal y la irresolución de la parálisis. Este empate puede durar semanas, meses, años; pero llega un momento en que tiene que producirse un desempate, una salida.” ('Empate catastrófico y punto de bifurcación'. Crítica y emancipación : Revista latinoamericana de Ciencias Sociales. Año 1, no. 1 (jun. 2008).

En primer lugar hablar, como hace Errejón, de que tal empate se da aquí entre las fuerzas del cambio y las de la restauración muestra una cierta carencia de rigor conceptual. No hay fuerzas de restauración, porque no ha habido un cambio desde el cual restaurar lo antiguo. En todo caso, el empate se habría dado entre las fuerzas del cambio y las del sistema vigente. En segundo lugar, si pretende aplicar el concepto tal como lo pensó su creador, estamos muy lejos de ese equilibrio inmovilizador que denota; es casi sonrojante de puro iluso pretender que la relación de fuerzas entre Podemos y la oligarquía corporativo-institucional que soporta el Régimen lleve a una coyuntura de empate catastrófico. A no ser, y esto es lo que me parece más relevante y más grave de la visión errejónica, que se considere que una de las dos fuerzas antagónicas que empatan sin que se llegue nunca a los penaltis, la del cambio, está formada por Podemos y afines junto con el PSOE.

El PSOE como fuerza de cambio. No voy a rebatirlo. No se trata de eso; se trata de no jugar a los significantes vacíos, es decir, de jugar limpio. Desde unos atributos particulares (pero no explicitados) del contenido del concepto cambio, el PSOE es un partido de cambio. Y, desde otros, la Falange. Errejón debería explicar qué tipo de cambio es ese del que puede, no ya ser partícipe, sino protagonista, el PSOE (no se olvide que el gobierno 'de cambio' lo iba a presidir Pedro Sánchez). No es serio pretender que un gobierno del PSOE, aun con Podemos dentro como contrapeso, vaya a poner en marcha una transformación democrática. Y no se hable de programa negociado de gobierno: un programa, en su (improbable) caso, lleno de ambigüedades y de omisiones y con nula voluntad de cumplimiento por los de Ferraz, o San Telmo, o el despacho de Slim, que ya no sabe uno. Da igual, el cambio 
no es transformar tales o cuales relación de dominación o de usurpación, el cambio es lo que dice Podemos que es cambio, y es cambio porque lo dice podemos. Anda, me ha salido el estilo Rajoy; me lo tendré que mirar. A lo que voy es que el cambio es otros de esos significantes vacíos que significa lo que quiere en cada caso y para cada interlocutor lo que quiere e sujeto investido libidinalmente.

"En ese escenario de bloqueo y de fuertes presiones todas las salidas pasaban por el PSOE, que debía inclinarse hacia el Partido Popular o hacia alguna modalidad de acuerdo con Podemos. En esta difícil encrucijada histórica entre restauración y cambio, el PSOE quedó atrapado y decidió no elegir y tirar la pelota hacia delante o, mejor dicho, elegir justamente aquello que representaba una no-elección: un pacto con Ciudadanos que no sumaba ni deshacía el nudo." De nuevo estamos en un discurso tramposo, en el cual, como no se explicitan las premisas, las conclusiones son incontestables. Solo considerando al PSOE una entidad abstracta, un partido político 'en general', puede aseverarse que 'se encontraba en una 'encrucijada histórica entre restauración y cambio', ¡Cómo si el PSOE fuera un jugador de ruleta que escoge entre rojos y negros! El PSOE no eligió no elegir; solo tenía dos opciones, permitir con su abstención el gobierno del PP o, lo que hizo, intentar un gobierno propio, que seguiría siendo un gobierno del Régimen (un gobierno turnista), con el apoyo de C's y la abstención de Podemos, que es lo máximo que le iban a permitir los poderes reales. Ese fantasmal gobierno 'de cambio' con podemos no era una opción.

Afirma Errejón, a modo de autocrítica, que 'minusvaloraron el peso de lo institucional y de su capacidad simbólica de producir certezas'. No, sobrevaloraron y sobrevaloran - y, me temo, Iñigo no va a salir de ahí, no así Pablo - la efectividad de producir certezas mediante construcciones discursivas ajenas a la existencia material y social de las personas reales.


En los primeros pasos de Podemos fuimos muy cuidadosos en hablar de “protagonismo popular y ciudadano”, porque entendíamos que en las ansias de cambio cohabitaban dos composiciones sociales o, mejor dicho, dos momentos: uno popular y otro ciudadano. El primero, simbolizado en las plazas, es el de la primacía del vínculo comunitario, la pasión por la actividad en común y la esperanza de ruptura y refundación; el segundo, más individualizado que colectivista, marcado por la confianza y estima de la institucionalidad existente –que no de las élites tradicionales- y las seguridades que ofrece, la añoranza por garantías cívicas y un marco razonable que permita canalizar las demandas de regeneración democrática y unas políticas públicas más equitativas. No hablamos de diferentes sectores sociológicos o de clase, sino de dos lógicas de la acción política, la popular y la institucional, que conviven en los Estados desarrollados con equilibrios cambiantes en situaciones de crisis o de estabilidad. El partido del cambio en España, el constructor de un nuevo bloque histórico, solo puede ser si entiende ambas sensibilidades y las integra en una suerte de “populismo republicano”: que sabe que no hay avances democráticos sin construcción de un nuevo we the people , vibrante y tumultuoso; pero que sabe al mismo tiempo moverse en el terreno de la institucionalidad heredada mostrándose útil y portador de garantías seductoras más allá de los sectores más movilizados.

En este párrafo, por fin, Errejón expone los elementos teóricos sustantivos sobre los que se sostienen sus planteamientos y propuestas. Y, de un modo algo sesgado y oscuro, utilizando algunos términos con alguna imprecisión, los expone muy bien, demuestra haber captado perfectamente el pensamiento de su mentor, mentora aquí, porque se trata de Chantal Mouffe y su particular lectura de Schmit. Nos movemos, pues, en un terreno de 'alta teoría', de visiones descriptivas y normativas sobre lo político cuyo tratamiento crítico requieren calma, tiempo, rigor y muchos bytes. Lo dejo para otro momento, para otro post, avanzando que difiero radicalmente de la posición teórica que sostiene Mouffe, sin dejar por ello de reconocer su gran sutileza e inteligencia (de ambas, de Mouffe y de su posición). 


Con relativa independencia de lo que suceda en el proceso de investidura, el 26J parece haber cerrado una fase: la del asalto electoral rápido ante las defensas desguarnecidas del antiguo sistema político. Esto no significa que se acabe el proceso de cambio español. Las contradicciones entre los poderes dominantes, el agotamiento de sus relatos y su capacidad de seducir –que no de desmovilizar, intimidar o generar miedo- , las severas limitaciones del modelo de desarrollo español, la quiebra de la confianza social y las instituciones destinadas a mantenerla, o la falta de proyecto nacional –en nuestro caso plurinacional- siguen presentes. Lo que seguramente se termina es la excepcionalidad como factor de aceleración. El asalto electoral corto y rápido no ha logrado sus objetivos, a pesar de haber llegado más lejos que nunca antes en nuestra historia democrática.
Como el arquero de Maquiavelo, Podemos ha apuntado alto para llegar lejos. Si bien no ha alcanzado su objetivo último -liderar un Gobierno de cambio que ponga por fin las instituciones al servicio de la gente con medidas de rescate ciudadano y radicalización democrática-, si ha conseguido sostener la ventana de oportunidad abierta por el proceso de cambio iniciado en España tras el 15M, consolidar un espacio político insoslayable para sus adversarios y mantener la posibilidad de seguir abriendo brecha en el futuro, habiendo conquistando posiciones decisivas y sedimentado su fuerza en poderes que permiten seguir avanzando. Seguro que hemos cometido errores en estos dos años que han parecido décadas, pero ahora tenemos un capital humano, de entusiasmo organizado, un caudal de simpatía popular, posiciones institucionales e inteligencia colectiva como para afrontar en magníficas condiciones, desde lo conseguido, el reto de lo que falta por recorrer.

La única excepcionalidad que ha habido ha sido una crisis económica sin precedentes en su intensidad y duración que trastornó brutalmente un consenso social basado en el bienestar material, en el sentido de capacidad de consumo acrecida, de una gran parte de la población española, la cual, engañada por políticos y media, y cegada de ignorancia y glotonería, no comprendió que se había construido un gigante con los pies de mierda, y que la bonanza no iba a durar para siempre. No hubo agotamiento de relatos, hubo agotamiento del crédito. Sencillamente, ante un estado de irritación general y unas instituciones ahogadas en su propia corrupción, estalló el 15M que no podía ser más que los que fué: un relámpago que ofreció un segundo de claridad a cientos de miles de personas; una parte de ellos aún siguen intentando pensar y digerir lo que se les apareció en ese momento fugaz. El 15M, como el punk, no ha muerto, aunque se les vea poco.

Después vino Podemos y ofertó, ahora sí, una ilusión en forma de narración tremendamente atractiva – muy sexy – para millones que iban en la búsqueda del padre perdido. Realismo mágico. Y sí, un momento populista. Lo que pasa que los fenómenos populistas, como cualquier otro ejercicio de fuerzas sociales que sólo cuentan con su número necesitan ser mayoría, para tomar el poder, o aparentarlo,  y las dinámicas populistas, aunque reflejan un obnubilación popular que origina crecimientos espectaculares, estas condicionadas, como todo, por las circunstancias sociohistóricas específicas. Esto parece que lo olvidan nuestros compañeros de Podemos, que a lo largo del siglo XX aparecieron centenares de movimientos populistas que cobraron más o menos pujanza, pero que la inmensa mayoría de ellos siempre estuvo muy lejos de llegar al poder, ni por vía de 'asalto', ni por peso electoral. Por muchos que fueran, mucho que gritaran y muy entusiasmados que estuvieran, eran insuficientes. 

Por lo demás, la retorica es cansina. El asalto electoral no ha sido otra cosa que una campaña que ha utilizado los mismos métodos de marketing personalizados que el resto de los fuerzas candidatas; todo vieja política. Han abierto brecha en los sillones del Congreso y han conquistando posiciones decisivas en la Sexta Noche. Pues bueno, dejémoslos con su épica de Juego de Tronos. Lo que es cierto es que tienen muchos diputados y mucha gente que sigue confiando en ellos; en dos años han conseguido un poder increíble y tienen que gestionarlo desde una indefinición ideológica que puede ser útil a corto plazo pero que no es sostenible. No les
vendría  mal, para empezar, distanciarse de su propio auto-relato. 

La última parte del texto de Errejón versa sobre el 'que hacer' a partir de ahora. Lo veremos.






















jueves, 21 de julio de 2016



La miseria política de la narrativa (2)


Inserto en azul uno o más párrafos del texto de Errejón y, a continuación, paso a comentarlos.

“El movimiento del 15 de mayo de 2011 fue al mismo tiempo manifestación y catalizador de un proceso de crisis orgánica en España, que se venía larvando largamente pero que se aceleró y agudizó con la crisis financiera de 2008 y, sobre todo, con la falta de respuesta política de los actores dominantes. Algunos de sus elementos centrales han sido el funcionamiento desacompasado de los aparatos estatales, la extensión de tramas mafiosas que patrimonializaban las instituciones, la corrosión de la solidaridad entre élites como efecto de la corrupción, la quiebra de las expectativas sociales y del ascenso social individual, la pérdida de prestigio de los gobernantes y el profundo desgaste de sus partidos o las severas dificultades del modelo español de desarrollo y la inserción periférica en Europa. En suma, el orden existente aparecía a ojos de una mayoría transversal de la población como caduco, colapsado, corrupto y escasamente capaz de satisfacer demandas u ofrecer garantías de mejora en el futuro y para las siguientes generaciones y, sobre todo, con enormes inercias y dificultades para autorreformarse. Estas condiciones generaban un descontento horizontal no absorbido por las narrativas tradicionales de la protesta ni tampoco por los canales ni las promesas de los sectores dirigentes. Se configuraba así lo que interpretábamos como una situación populista.

Afortunadamente, la movilización social y su impacto sobre el clima cultural y el sentido común de época le dieron a este escenario de crisis una interpretación y politización progresista y no reaccionaria: de contestación plebeya a favor de una reordenación de la convivencia en pos de más democracia, soberanía popular y justicia social. La “hipótesis Podemos” leía que en España se abría una ventana de oportunidad para la victoria electoral de una fuerza transversal, popular y ciudadana, que articulase los consensos nuevos que ya comenzaban a fraguarse por fuera de la política institucional, en un divorcio acelerado entre “la gente” y las élites políticas y económicas. Pese a la alta contestación y polémica que esta hipótesis despertó entre las minorías activistas, las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 supusieron un aldabonazo que inició en la política española un ciclo corto y acelerado presidido por el empuje de Podemos, su iniciativa intelectual y cultural y la obligación del resto de fuerzas políticas a reorganizarse o mutar para hacerle frente
.
”




- No hay, ni de lejos, una crisis orgánica; parece increíble que se diga esto después del 20D y el 26J. Ciertamente, el 15M sacó a la luz palabras y pensamientos hasta entonces marginados, que en todo caso revelaban el surgimiento de problemas para mantener un consenso que, no se olvide, se había basado en una prosperidad económica que, aunque efímera y destructiva a la larga, había generado un extendido bienestar subjetivo. El 15M ensanchó las grietas de un régimen ya desgastado por la corrupción y, sobre todo, por la crisis económica. Pero, de ahí a una crisis orgánica media un largo techo. Como es sabido la expresión 'crisis orgánica' proviene de Gramsci. Aunque sea un poco larga, pongo a continuación la definición que da nuestro pequeño gran sardo en los Cuaderni:

"En cierto punto de su vida histórica los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase. Cuando estas crisis tienen lugar, la situación inmediata se vuelve delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones de fuerza, a la actividad de potencias oscuras representadas por los hombres providenciales o carismáticos. :Cómo se crean estas situaciones de oposición entre representantes y representados, que del terreno de los partidos (organizaciones de partido en sentido estricto, campo electoral-parlamentario, organización periodística) se refleja en todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de la alta finanza, de la Iglesia y en general de todos los organismos relativamente independientes de las fluctuaciones de la opinión pública? En cada país el proceso es distinto, si bien el contenido es el mismo. Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que se produce ya sea porque la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grandes masas (como la guerra) o porque vastas masas (especialmente de campesinos ; de pequeño burgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución. Se habla de "crisis de autoridad" y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto."(Cuad. XIII- Edición crítica Instituto Gramsci).


Que, a tenor de esto, se sitúe al Régimen del 78 en una situación de crisis orgánica, me parece muy excesivo, a no ser que me haya perdido algo. A lo sumo se encuentra en en un estado de renovación de élites y con una hegemonía debilitada pero aun enormemente robusta teniendo en cuenta que llevamos ocho años de crisis económica y de 'austeridad'.

De esta supuesta crisis orgánica surgiría la 'situación populista' – que viene a ser, parafraseándolo en la jerga marxista de mis años mozos, la existencia de condiciones objetivas para el desarrollo exitoso de una política de corte populista – y su contrapartida, la 'hipótesis Podemos', más o menos las condiciones subjetivas, esto es: un estado de conciencia política en amplios sectores de la población proclive a apoyar un proyecto político como Podemos. Es significativo que en medio de los cambios y variadas piruetas autonarrativas de Podemos en estos dos años, Errejón siga reivindicando la etiqueta 'populismo', pese a que está claro que el llamado (¿o no?) a ser líder carismático de ese 'estilo populista' de hacer política, a lo Mouffe y Laclau, cada vez está más alejado de tales concepciones tan postmarxistas y, por el mismo precio, de el mismo Errejón. Esto habla bien de Iñigo y lo confirma como único ideólogo serio de Podemos (manque le pese al togliatista Monereo, muy hábil hermeneuta, como todos los intelectuales de tradición estaliniana).

Errejón tergiversa los hechos cuando hace la, por otra parte,curiosa, afirmación:” Pese a la alta contestación y polémica que esta hipótesis despertó entre las minorías activistas, las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 supusieron un aldabonazo que inició en la política española un ciclo corto y acelerado presidido por el empuje de Podemos, su iniciativa intelectual y cultural y la obligación del resto de fuerzas políticas a reorganizarse o mutar para hacerle frente”. 

Antes de seguir, y pido perdón por lo tiquismiquis,  manifiesto mi fastidio por el mal uso casi sistemático que hace esta nueva generación de politólogos y sociólogos del término 'ciclo', al que identifican confundentemente con periodo. No todo periodo (lapso de tiempo) es cíclico, y determinar que lo sea o no lo sea es de suma importancia en ciencias sociales. Por ejemplo, las crisis económicas capitalistas de medio plazo son cíclicas, las crisis políticas no lo son estructuralmente. No hay tal cosa que un ciclo corto presidido por el 'empuje de Podemos'. 


La tergiversación que indico arriba es un trastocamiento del orden en que sucedieron los hechos. El gran e inesperado éxito, auténtico cisne negro, de Podemos en la Europeas de 2014 se hizo reclutando a prácticamente todas las 'minorías activistas' – exceptuando sólo a los muy ácratas – y aprovechando la capacidad de éstas de conectar con capas muchos mas extensas descontentas con la situación política; una capacidad no perdida que habían demostrado en los meses posteriores al 15M. La 'hipótesis populista' estaba sólo en la cabeza de Errejón y en la interpretación sui generis que de ella hacía Iglesias (recomendable al respecto la peli de León de Aranoa). Los magníficos resultados de mayo del 14 se debieron a un voto antirégimen del 78 con un contenido más expresivo que político. Todo el mundo tiene claro que el Parlamento de la UE no vale absolutamente para nada, de modo que no se corría ningún riesgo y estaba muy bien que fueran allí chavales jóvenes, honestos y bien formados a proclamar las verdades que el Régimen había silenciado hasta entonces. No fue tras el 25 de mayo, sino después de Vistalegre, cuando Errejón planteó de manera explicita la 'hipótesis populista'. Recuérdese que, al principio, cuando los media se recuperaron del susto y de la perplejidad y comenzaron a arremeter contra Podemos, los acusaban de populistas; por supuesto, sin saber qué es el populismo, sólo porque es el tercer epíteto descalificador, el que utilizan cuando no es aplicable 'terrorista' o 'comunista'. Pues bien, todos recordaremos que Podemos, como san Pedro la víspera de quedarse sin jefe, y bastantes mas de tres veces, negó ser populista. 

La victoria de Podemos en las europeas impulsó una dinámica de entusiasmo en las 'minorías activistas', muchos de cuyos componentes se lanzaron a multiplicar y masificar los círculos de Podemos con una mentalidad, creo que innegable, de ser el poder de Podemos y el embrión de un poder popular, mientras que otros se planteaban proyectos similares a lo que entonces se creía que era Podemos cara a las elecciones locales del próximo año; un movimiento autónomo y municipalista que trabajara en paralelo con Podemos en la configuración de un movimiento general radicalmente democrático. No eran esos, en absoluto, los planes del entonces trío pensante de Podemos. Los planes eran la organización que salió de Vistalegre. La linea de acción a seguir para conseguir su realización fue, en un alarde de coherencia, hacer como-si ya existiera la estructura de Vistalegre seis meses antes de la celebración de la asamblea. Por ejemplo, hicieron una lista-plancha para preparar un acto constituyente que consagrara las listas-plancha.



“La Asamblea Ciudadana de Vistalegre, en la que Podemos se dotó de estructura organizativa y hoja de ruta estratégica, supuso una apuesta política pública, audaz y no exenta de riesgos: organizar la ola de entusiasmo para ganar las elecciones generales que cerrarían el ciclo corto y acelerado de dos años en el que casi todo el poder institucional estaría en juego. Para ello, había que construir una “máquina de guerra electoral” que estuviera en disposición de dar una serie de batallas electorales y mediáticas determinadas por un ritmo y unos marcos de la disputa prefijados por nuestros adversarios. En términos de Gramsci, se trataba de construir un instrumento político, ligero, cohesionado y rápido, que pudiera librar una “guerra de movimientos” vertiginosa –casi una “guerra relámpago”- y aprovechar la ventana de oportunidad abierta y el desconcierto de los viejos actores. Como toda decisión organizativa, tuvo costes e implicó descartar otras opciones, pero sin la menor ingenuidad: siendo conscientes de que la transformación política va mucho más allá de la batalla electoral pero también que de cómo se librase esta dependían las condiciones para seguir trabajando en aquella en un proceso de medio plazo para construir, no solo una alternativa de gobierno, sino una voluntad general nueva.”


Sin la menor ingenuidad, Errejón reconoce que todo Podemos se supeditó al objetivo electoral y que ello implicó 'descartar otras opciones'. Esas otras opciones, que no se citan, consistían en perseverar en el impulso político inicial de Podemos, el que le había dado vida y le había permitido distinguirse con nitidez de los partidos del Régimen, no solo del bipartido orgánico, también de su apéndice legitimador, IU; impulso democrático que se situaba frente y contra una estructura política cada vez más oligárquica. La casta, ese enemigo a batir, no era en absoluto un significante vacío, todo lo contrario, estaba lleno de significación política. No era la referencia de un grupo o conjunto de grupos sociales, era una forma de manejar el poder público profundamente antidemocrática. Eso lo entendimos todos menos los estalinistas que pusieron el grito en el cielo porque se hablaba de casta y de pueblo en lugar de clases sociales, de burguesía y de proletariado. Es curioso, pero no casual, que el término que se repitió ad nauseam durante la campaña electoral del 2014 fuera siendo progresivamente dejado de emplear. A partir de Vistalegre, ya no había casta; tampoco pueblo, sustituido por 'la gente'.

Podemos pasó a ser una 'máquina de guerra electoral' al día siguiente de conocerse los resultados de las elecciones al parlamento europeo. Es muy revelador la afición de los tres líderes de Podemos (Monedero, algo menos) a los términos y las metáforas bélicas. Se amparan en Gramsci, a quien también le gustaban, pero creo – aunque éste texto no es el lugar para argumentarlo – que en lo que en uno es una forma de visualizar, de pensar y de exponer un conflicto social, quizá adelantándose a aquello de Focault (enmendando a von Clausewitz) de que la política es la guerra por otros medios, en otros es un rasgo simplificador y casi pueril, demasiadas pelis, demasiado go, demasiado Sun Tzu. En todo caso, hay un hecho en el que hay consenso casi universal: en las guerras se precisa de jerarquía, disciplina y mando único incuestionable en cada nivel y en cada unidad operativa. Para ser una máquina de guerra, había que acabar con los círculos, un contrapoder enormemente peligroso, y había que reafirmar la propia identidad frente a alternativas peligrosas: de ahí su no participación en los procesos de formación de candidaturas de base en las municipales y presentarse con la marca en solitario a las autonómicas. Finalmente, hubieron de ceder algo en el ámbito local y establecer alianzas, siempre problemáticas, con los Ganemos, en Común y Mareas.


El párrafo termina con la afirmación de que eran “conscientes de que la transformación política va mucho más allá de la batalla electoral pero también que de cómo se librase esta dependían las condiciones para seguir trabajando en aquella en un proceso de medio plazo para construir, no solo una alternativa de gobierno, sino una voluntad general nueva”. A primer vista, suena bien, el problema es que Podemos se planteó la 'transformación política' con una concepción netamente etapista y priorizado siempre el campo electoral-institucional. Primero vamos a ganar las elecciones, para lo que hace falta fundamentalmente un grupo centralizado de expertos en marketing electoral, y ya después, si eso, dejamos que se construya la voluntad general (por cierto eso de 'nueva' aplicado a la voluntad general; Iñigo debió faltar a la clase sobre Rouseau).



“Creo que acertamos al leer el ritmo y las prioridades del momento. La hipótesis de la ventana de oportunidad nos ha permitido llegar lejos, aunque no hasta el final de nuestra estrategia. Esto se debe tanto a errores propios como a la complejidad, flexibilidad y densidad de los dispositivos de defensa del régimen. El modelo Vistalegre supuso, como hemos dicho en otras ocasiones, “correr y atarse los cordones al mismo tiempo” pero, aunque no hayamos alcanzado nuestros objetivos prioritarios, hemos de decir que sin él no habríamos llegado hasta aquí en un ciclo tan corto, turbulento y a menudo hostil. Hace dos años no existíamos y hoy representamos el 21% del voto, somos un actor consolidado e insoslayable, hemos cambiado el mapa político de España obligando a nuestros adversarios a parecérsenos para combatirnos y hemos ampliado el horizonte de lo posible en nuestro país. Somos además el vector más dinámico de cambio cultural e institucional en el Estado español: primera fuerza en Catalunya y en Euskadi con el único planteamiento plurinacional capaz de enfrentar la crisis del modelo territorial, gobierno en las alcaldías de las principales ciudades del país, así como primera fuerza entre adultos jóvenes y jóvenes. Podemos se ha impregnado mucho de España al tiempo que España se ha podemizado . Este es el camino, siempre de ida y vuelta, de la hegemonía posible.”


Si “la complejidad, flexibilidad y densidad de los dispositivos de defensa del régimen” eran las que eran, a lo mejor el principal error propio fue no saber leer la situación real, y, a lo mejor, no existía esa 'ventana de oportunidad' con los ritmos y prioridades que la dirección de Podemos le atribuyó. 

En efecto Podemos ha conseguido mucho, pero, de momento, para Podemos. Tienen muchos diputados, pero siguen siendo una minoría en el Congreso sin capacidad para sacar adelante ningún proyecto legislativo que no cuente con el apoyo de los partidos de un Régimen robustecido con los resultados del 26J. Frente a lo que afirma Íñigo, los adversarios de Podemos no se han visto obligados a parecérselos. A lo sumo, C's surgió como antídoto de Podemos para lo que tuvo que disfrazarse de nueva política (muy mal, por cierto). Fracasado C's y en, cierta forma, ya innecesario por el relativo fracaso de Podemos, Rivera y sus chicos se han integrado en el bipartito a la espera de su disolución o integración en el PP o en una nueva reconfiguración de la derecha. Sigan la pista de Toni Cantó.

Por último hoy, y bravatas aparte sobre vectores y cambios culturales, me da la impresión de que Podemos se ha españolizado mucho más de lo que España se ha podemizado Cuidado con las hegemonías 'posibles', porque las más probables son las que ya existen. 

Continuará, como los Power Rangers.











martes, 19 de julio de 2016




La miseria política de la narrativa


Iñigo Errejón publicó el pasado 17 de julio un artículo en eldiario.es titulado: 'Del asalto al cerco: Podemos en la nueva fase'. Se trata de un texto típicamente errejoniano, que podría denominarse esotérico. Como es sabido en la filosofía clásica griega, la mayor parte de las escuelas generaban doctrinas esotéricas y exotéricas. Éstas última estaba dirigidas a lo que ahora llamaríamos 'gran público'; utilizaban, por tanto, un lenguaje comprensible para todos aquellos medianamente cultos y, dependiendo de sus mismas doctrinas esotéricas -- conocedoras de la Verdad 
-- , las exotéricas reflejaban aquellas o eran un discurso pedagógico con el único objetivo de manejar al demos, incapacitado para el auténtico saber. Las enseñanzas esotéricas estaban sólo al alcance de los miembros de la escuela, en los dos sentidos de alcance, porque sólo se les transmitían a ellos y porque sólo ellos tenían las claves escolásticas para poder entenderlas. 

Obviamente, el esoterismo de Errejón se reduce sólo a esta última cualidad, no son mensajes arcanos. Aunque cualquiera pueda leerlos y asombrarse de lo listo que es el chico, se dirigen a sus incondicionales, por un lado, y a sus exegetas, de otro. Están repletos de términos técnicos, o más exactamente, de uso técnico de términos comunes, de un halo de sabiduría académica solo conseguible para los que saca matrículas de honor y de una huida de la claridad que Ortega calificaría de descortesía. Pero todo esto es peccata minuta en relación con lo que considero el reparo fundamental a su discurso político: la sustitución del análisis metodológicamente riguroso por el famoso post-postmoderno relato. Del mismo modo que el populismo no es una práctica política sustancial y mínimamente homogénea – a la vista se hallan la diversidad de populismos que son y han sido –, sino una forma de hacer política (Laclau), lo de Errejón es una forma de hacer teoría. Una forma mala en mi opinión, porque refleja una visión 
en última instancia idealista del mundo. Supongo que por eso le encanta a Fernandez Liria. De hecho, yo creo que, en rigor, los textos e intervenciones de Errejón son exotéricos aunque suenen difíciles: es la construcción de la realidad, mediante la construcción de un discurso que, de tanta lucidez, ciega a aquellos que están precondicionados para ello. Son los evangelios según San Iñigo. 

A mí, la lectura de estos textos me resulta bastante tediosa. Sin embargo, creo que es necesario leerlos (al menos, de vez en cuando) porque constituye la única base teórica de Podemos; el resto es puro oportunismo disfrazado de un maquiavelismo de Juego de Tronos, que carece de consistencia alguna. Es decir, si Podemos es algo más que el vehículo de un proceso de renovación sociológica y generacional de parte de las élites del sistema, es la disquisición de algunos de aquellos que se tomaron en serio la puesta en cuestión radical del orden establecido que apuntó el 15M; aunque fuera para darle la vuelta, el caso es que lo tomaron en serio. Poniéndonos hegelianos, si el populismo errejoniano fue la negación-superación del 15M, a lo mejor de la negación-superación del populismo podemita puede salir algo estimulante en la perspectiva de construcción de poder popular autónomo.

En las entradas de los próximos días analizaré críticamente el texto primero por partes, párrafo a párrafo, y finalmente intentaré insertar la propuesta de Errejón en el marco general del aquí y del ahora.

domingo, 17 de julio de 2016




París bien vale una misa, o la socialdemocracia no era tan mala.



El gran error teórico de la segunda socialdemocracia, la inmediatamente posterior a la muerte de Marx, fue adoptar la visión histórico-política, cuyo mejor expositor fue Bernstein ('lo que importa es el movimiento'), de que había una continuidad entre el reformismo y el socialismo, en virtud de la cual la mejora de las condiciones de los trabajadores y de las clases populares en general conducirían hacia un estado de cosas que sería, de hecho socialista; casi imperceptiblemente de puro gradual, un día nos daríamos cuenta, no sin sorpresa, que, gracias a los socialdemócratas y su acción institucional, estábamos viviendo en una sociedad socialista. Sin que doliera ni un poquito; Marx-Hegel derrotados por Comte.

La extraña relación mundial de fuerzas que originó la Revolución Soviética y las teorías y recetas keynesianas abonaron la susodicha concepción socialdemócrata. Sin embargo, éstos no vieron venir, tampoco vieron como les pasaba por encima, y muchos ni se han enterado todavía, la inversión de la dinámica social del capitalismo en vías de mundialización acelerada de los años 70s, cuyos parteaguas fueron la estanflación (estancamiento con inflación al alza), que impugnaba la teoría keynesiana en la versión moderada que se había adoptado tras la II Guerra Mundial, y la inconvertibilidad del dólar – y, por tanto del resto de monedas – que abría paso a la financiarización del capital. Las caídas de la tasa de ganancias producidas por la sobreacumulación de capital, junto con factores políticos como la estrategia cada vez más defensiva de la URSS que ampliaban el margen de maniobra de la burguesía transnacional, dieron lugar a una vuelta de tuerca del sistema en lo que se ha venido llamando giro neoliberal. Se volvía al capitalismo de siempre, en cuya historia la 'Golden Age' de los años 40s a 70s representó una situación excepcional (posibilitada por la guerra más destructiva hasta el momento).

El camino reformista hacia el socialismo, basado en la transferencia vía fiscal de las rentas altas hacia las bajas, ese modelo nórdico tan prometedor, se mostró ilusorio, al invertirse la redistribución. Y no ya sólo el socialismo, del que huyen como del demonio los actuales jerarcas socialdemócratas políticos y sindicales, bien asentados e las altas instancias del Estado y de la economía, parte ya de la élite oligárquica ( esa casta de la que hablaban tanto los de Podemos al principio y que ya no nombran, conscientes de su poder subversivo –, también ese especioso 'capitalismo de rostro humano' del Estado de Bienestar, que pretendían y siguen pretendiendo vender, hace aguas de forma dramática. 


Cualquier planteamiento socialista con un mínimo de rigor ha de ser anticapitalista. Cualquier intento de crear unas condiciones de vida razonablemente buenas y estables a largo plazo – lo que incluye salvar a la humanidad del colapso ecológico en ciernes –, inviables en una sociedad capitalista, exige avanzar hacía algún tipo, por pensar y construir, de sociedad de los comunes.

La socialdemocracia, como fuerza de cambio social, está muerta desde hace muchos años. Y ahora, algunos aprendices de brujo vuelven a exhibir su cadáver como si fuera algo vivo. Pero hay un inconveniente: apesta.




jueves, 14 de julio de 2016




                                                                                                         Texto en PDF



Echar al PP. El resto no es silencio


Ha sido éste un país azotado por el caciquismo desde tiempos inmemoriales; un capitalismo renqueante desde sus inicios, ya bien entrado el siglo XIX, tuvo que establece una convivencia perversa con el Antiguo Régimen en ausencia de una revolución burguesa en condiciones, esa que habían llevado a cabo con más o menos efusión de sangre los países europeos occidentales. Si a ello añadimos un catolicismo de pícaros, tan alejado del laborioso y ultrarresponsabilizado protestantismo que, enseñó Weber, había jugado un papel fundamental en la configuración de la mentalidad burguesa, tenemos lo que tenemos: una sociedad muy deficientemente socializada, es decir poco y mal politizada y con un sentido muy laxo de la moral cívica.

Por motivos similares, la modernización cultural, entendiendo por tal la difusión y asimilación del pensamiento ilustrado, nunca llegó a realizarse en España más que muy parcialmente y de manera desigual en los distintos territorios. Éstos y otras muchos factores históricos que aquí obviaré conducen a un fastidioso efecto: la derecha española es la más reaccionaria de Europa Occidental. Si añadimos, más recientemente, la derrota en la Guerra Civil de los esfuerzos civilizadores de la II República, los cuarenta años de franquismo y la muy respetuosa Transición, no ha de extrañarnos que cuando piden la opinión política al espécimen típico del barrio de Salamanca nos parezca estar oyendo al cura Merino redivivo. Aun soslayando los aspectos políticos y éticos, a todos nos produce, 
por mera estética, una enorme vergüenza ajena y un no más pequeño pesar propio constatar que tenemos como gobernantes a personas de la laya de Rajoy, Cospedal, Barberá, Hernando, Fernández Díaz y un interminable etcétera. Es natural que lo que pida el cuerpo, antes de que entre en acción cualquier componente racional, sea, primero, no ver nunca más a esta parada de monstruos; segundo, que, cuando menos, no sigan mandando.

Pero aquí se intenta hablar de política. Que el objetivo de expulsar del gobierno a un determinado partido prime sobre cualquier otro no tiene necesariamente que ser erróneo. Siempre y cuando surja de un análisis previo y no de una emocionalidad desatada, por muy comprensible que sea. En las siguientes líneas examinaré críticamente la posición, no sé si mayoritaria pero en cualquier muy extendida, de la opinión pública y publicada de centro e izquierda, que clama por ese pacto asimétrico PSOE - C's - Podemos que es, vimos en un post anterior, el único que puede asegurar un gobierno con algún viso de estabilidad en el que no esté el PP. Veamos, a modo de muestras de la opinión publicada los artículos de Antonio Gutierrez, “La coalición necesaria”, en El País y de Vicenç Navarro “El comportamiento antidemocrático del Estado ...”, en Público [
Nota bene: como no esta clara la legislación española en lo que respecta a enlaces a medios nacionales, no pongo los links; es fácil encontrar ambos artículos en Google. Sólo enlazaré en el blog a publicaciones extranjeras, que no está el horno para bollos].

Gutierrez, ex secretario general de CCOO y ex diputado socialista, comienza con una declaración de principios:”Adocenar el debate político con pedestres falacias, como la que cacarea que es más democrático el Gobierno de la lista más votada que el de quienes sean capaces de dialogar y coaligarse conjugando muchos más escaños, es impropio de una democracia avanzada.” Prescindamos piadosamente de valoraciones literarias y aceptemos esta premisa. Poco después, otra regla general: “Por higiene democrática habrá que emplearse a fondo para que no puedan esgrimirse los votos obtenidos como redentores de las fechorías cometidas.”Aquí, ya empiezan a confundirse ideas. Los votos obtenidos por el PP no le redimen de sus responsabilidades penales o civiles, faltaría más, todavía queda algo de Estado de Derecho. Sin embargo sí 'limpian' (hablando de higiene) las responsabilidades políticas, en tanto no entren en colisión con las penales, como las penas accesorias de inhabilitación política. O las limpiaría en el caso de que el PP hubiese obtenido mayoría absoluta. No se confunda lo lícito – un valor moral-histórico, necesariamente subjetivo, y, en consecuencia, votable – con lo legal. Expone Gutiérrez después la corrupción generalizada del PP y su gobierno en estos años, nada que objetar, aunque canta mucho el silencio sobre el PSOE, y acaba lamentando que PSOE, Podemos y C's no se pusieran de acuerdo para formar un gobierno de coalición tras el 20D y postula el inexcusable objetivo de hacerlo ahora. El alegato final es conmovedor: “No es pedir demasiado que [los tres partidos] hagan política trascendiendo los confines de sus respectivos intereses de partido; seguramente cosecharán después los réditos de haber ennoblecido la política”.

Vayamos con Navarro. La mayor parte de su artículo trata de una caracterización del electorado español, en general, no sólo el votante de PP, como un colectivo con muy poca cultura política, una cultura política, además, preñada de franquismo y que es mantenida y reproducida por unos media manipuladores y hegemónicamente derechistas. Aunque hay un poco de brocha gorda, explicable por la naturaleza periodística del texto, concuerdo con ello. Luego, pasa a interpretar los resultados de UP; discrepo en bastantes conclusiones, pero no voy a abordar ahora este asunto; (de hecho tengo un post pendiente al respecto). Lo que aquí viene al caso es un breve punto final titulado '¿Qué hay que hacer ahora?, que comienza con una chocante admonición: “La autocrítica es necesaria pero sería mejor que se hiciera en el momento en que el proceso de investidura terminara”. Hacemos como si no lo hubiésemos leído y seguimos. “Un gobierno de progreso es posible con el apoyo del PSOE, UP y las confluencias, y de los nacionalistas vascos y catalanes”, dice Navarro, que ni siquiera se toma la molestia de descartarlo ante su evidente irrealizabilidad. Así que lo suyo sería “una alianza PSOE, UP y C’s, alianza que sería distinta de la coalición PSOE, C’s y UP que el PSOE consideró (el orden de los factores altera el producto). El PSOE y UP podrían acordar un pacto e invitar a C’s a que se sumara a él con medidas que no cuestionaran la esencia de dicho pacto PSOE-UP ...” Después de esta sutil teorización de la no aplicabilidad de la propiedad conmutativa a los acuerdos políticos, Navarro concluye con una no menos sutil muestra de astucia táctica: “Es más que probable que el PSOE no aceptara tal alianza, pues, en realidad, nunca quiso aliarse con Podemos. Pero es importante mostrar a la ciudadanía española que fue el PSOE el que nunca quiso aliarse con las izquierdas”.

Ambos artículos coinciden en que la coalición PSOE-UP-Podemos es deseable. No tanto en que sea posible, algo que Navarro pone, sagazmente, en duda. Ambos artículos también coinciden entre sí, y con la inmensa mayoría de los que se publican en medios de alta audiencia, en la suma pobreza de sus análisis (mayor en uno que en otro, digámoslo).

Reitero que la crítica a estos artículos, más que a su propuesta de gobierno se dirige al tipo de discurso político en que se basan, al aparato conceptual que sostienen, con los que tengo la impresión coincide una proporción nada desdeñable de la opinión pública no derechista. La llamada de Navarro y Gutiérrez al acuerdo tripartito que excluye al PP es un simple brindis al sol. En mi post anterior ya señalé que quienes mandan sobre los partidos y los gobiernos, quienes deciden las cosas importantes, el complejo político-corporativo de poder trasnacional, ya han establecido lo fundamental: no a unas terceras elecciones y un gobierno lo mas fuerte y fiable posible, lo que, ajustándose a los resultados electorales significa, que se formará un gobierno liderado por el PP y con el apoyo activo o pasivo (abstención) de C's y PSOE. Éste es el máximo margen de autonomía que se concede, porque, para los poderes reales, el gobierno ideal sería uno de coalición PP-PSOE; con o sin C's, eso es secundario. Y este será, me temo, el próximo gobierno que tendremos.

Sin tener, creo, una clara conciencia de ello, el reclamo de' cualquier cosa antes de que gobierne el PP', sabiendo ya que esa cualquier cosa es el tripartito PSOE-UP-C's, supone apoyar inconscientemente una recomposición del bipartidismo, y, en consecuencia, un reforzamiento del Régimen del 78, el cual, aunque no ha entrado ni de lejos en una fase de crisis orgánica como sostenían algunos, sí se halla en un estado peligroso por el debilitamiento de una de sus patas. 


Pasado el tiempo, se hacen patentes ciertos hechos, su naturaleza real, que en su momento aparentaban otra cosa. Es el caso de C's . Se presentaron como la nueva derecha y la nueva política. La nueva derecha en el sentido de recambio del PP como fuerza política predominante en el campo de la derecha ante lo que algunos, y en especial los poderes económico, pensaban era el fin o el principio del fin del PP, devorado por los cada vez más escandalosos episodios de corrupción. Se ha visto que el PP resiste en el terreno electoral y, por tanto – siendo, al igual que el PSOE un partido básicamente clientelista –, mantiene su cohesión orgánica. La etiqueta de 'nueva política' aplicada a C's fue siempre más falsa que un dólar murciano. Aun, reduciendo a una mínima significación el concepto de nueva política, digamos: acabar con la corrupción generalizada (y ya sistémica), ni tan siquiera le es atribuible ese rasgo a C's, un partido hecho con los mismos mimbres humanos que el PP, si acaso, más jóvenes y ligeramente menos reaccionarios. Con bastante poco poder institucional en ayuntamientos y comunidades autónomas, ya empiezan a aparecer con profusión pequeños escándalos aquí y allá de cargos suyos. Lo de 'nueva política' fue el eslogan con que C's pretendía conseguir el segundo objetivo para que fue creado, con un monto de dinero de las cúspides económicas españolas que no se veía desde la operación Roca-Garrigues, la neutralización, ya fuera parcial, de Podemos. En las actuales circunstancias y visto sus derroteros, el único papel que le quedaría jugar a C's en un gobierno de pacto con PSOE y UP sería aliarse con el PSOE frente a UP para seguir políticas económicas neoliberales y amenazar con romper el acuerdo si se pretenden tomar medidas de política cultural o institucional demasiado 'atrevidas', inasumibles para el grueso de la derecha española, del tipo de lo que fue matrimonio homosexual y lo que ahora podrían ser orientaciones animalistas o laicistas (aunque para proteger a la ICAR se basta el PSOE). En todo caso, y haga lo que haga, C's ha sido un nice try y, a no ser que se produzca una convulsión sociopolítica, tiene los días contados.

El PSOE sería, evidentemente, el gran beneficiado con un gobierno de este tipo, y con él, el Régimen y el partido orgánico PPSOE que mencioné en un post anterior, quienes restañarían su estabilidad y asegurarían su vigencia. Es obvio que Pedro Sánchez presidiría el gobierno y que su partido (¡el tándem González-Díaz!) tendría mayoría en él y controlaría los ministerios principales, los económicos e Interior. El peligro para ellos procedería del crash a que tarde o temprano, casi con seguridad en esta legislatura, está condenada una economía como la española, tan plena de desequilibrios y sin apenas instrumentos de política económica no ya para detenerlo, apenas para paliarlo (instrumentos, para más inri, que utiliza al dictado de lo que disponga Alemania. No obstante, ese peligro se disipa, porque, llegado el crash y dada su magnitud, se formaría un gobierno de emergencia PP-PSOE, con lo que este último se libraría del desmoronamiento, al menos mientras resistiera el Régimen.

Finalmente, UP sería un rehén del gobierno, sin apenas autonomía; de hecho, su único margen de decisión residiría en seguir apoyando a un gobierno austericida y quemarse con él o dejar de hacerlo y tener que afrontar la acusación de que, con ello, le ha abierto las puertas de la Moncloa al PP; es decir volver al punto de partida con un muy intenso desgaste. En cambio, la alternativa tripartita PP-PSOE-C's, le confiere automáticamente a Podemos ser el partido de la oposición, por mucho que el PSOE pretendiese escenificar, con la aquiescencia del PP, que estaría dispuesto a hacerle concesiones de cara a la galería, una imposible situación de ambivalencia en la que el PSOE es a la vez soporte y oposición al gobierno. Liderar la oposición en tiempos difíciles, en los que el gobierno toma medidas muy impopulares, es una especie de chollo: tu te creces con el extenso catálogo de críticas al gobierno por sus políticas antisociales y el enemigo se desgasta. Y, por añadidura a todo esto, Podemos se coloca en una situación de centralidad que le viene como anillo al dedo para el relato ese que tanto le preocupa a Errejón: Podemos, lo nuevo, frente al bloque unido de lo viejo.

Queda la objeción de que para las clases populares no es lo mismo un gobierno del PSOE que del PP. Eso sería cierto, y sólo en parte, si comparásemos ambos gobiernos en situación de mayoría absoluta, pero ahora en cualquiera de las dos opciones posibles el gobierno que se constituya será enormemente débil. Así, se supone que el gobierno PSOE revocaría parte de la legislación ultrareaccionaria aprobada por el PP en estos años, suposición un tanto ingenua. Ahí la moderación del PSOE y el papel de marcaje que jugaría C's darían lugar a que solo se dieran retoques más bien cosméticos. Y, en la opción de gobierno PP, sería el PSOE quien, para lavar su imagen colaboracionista, forzaría al PP a matizar e incluso derogar los puntos más hirientes de la ley Mordaza y las reformas laborales del 2010 y 2012; la LOMCE iría al cubo de la basura en cualquier escenarios sin que nadie la defendiera. De dos gobiernos tan frágiles e inestables, y que, en muchos aspectos fundamentales, son el mismo excremento, no son esperables grandes diferencias. Y no olvidemos que, a partir de septiembre, los auténticos ministros económicos serán los hombres de negro de la Troika. 

No es adecuado atacar este planteamiento con la tópica acusación de que se esta siguiendo el principio de 'cuanto peor, mejor'. En primer lugar, tan genérico ataque es erróneo en sí. El problema de la afirmación mencionada no es que sea falsa, es que se tome como principio, esto es, como algo universalmente aplicable. Igual sucedería con 'cuanto, mejor, mejor'. Son ambas proposiciones contingentes que dependen de las circunstancias, y su uso como guía de acción depende de un análisis político riguroso previo. Aquello de Lenin sobre que el alma del marxismo es el análisis concreto de la situación concreta. Sí, hay veces que, cuanto peor, mejor. En segundo lugar, no es éste el caso. Aquí y ahora, en la España del Régimen del 78 cada vez más cerrado sobre sí mismo y a las puertas de una vuelta de tuerca a las condiciones de vida de las clases subalternas en forma de ajuste a la talla 36, las diferencias entre un gobierno minoritario del PP y otro del PSOE son mínimas, como he tratado de argumentar arriba. 

Acabo de leer una declaración de Teresa Rodriguez en una entrevista del diario.es del 13 de Julio. En ella, afirma:“ Nosotros tenemos que hacer todos los esfuerzos para evitar una legislatura de Rajoy porque la gente puede acostumbrarse a la precariedad. Y cuando eso ocurra será muy difícil deshacer el entuerto. Hay que evitar ese proceso cueste lo que cueste y no bajar los brazos hasta encontrar una alternativa al Gobierno de Rajoy”. Que la máxima voz de los Anticapitalistas en Podemos diga algo así, alimenta hasta la obesidad mi escepticismo. O hemos bajado mucho el nivel – la gente puede acostumbrarse a la precariedad (?) – o hemos asimilado eso de Errejón de que hasta ahora, y durante 200 años, hemos dicho la verdad y así nos ha ido.





















jueves, 7 de julio de 2016


                                                                Texto en PDF                                                                

Tampoco salen las ideas


La única posibilidad de un gobierno sin el PP en esta legislatura sería aquel que saliera de algún tipo de acuerdo entre PSOE, UP y C's, que, no hay alternativa posible, llevaría a Pedro Sanchez a la Moncloa. Para la investidura de ese gobierno, PSOE y UP tendrían que votar a favor, y C's podría abstenerse, a no ser que los nacionalistas votaran en contra, en cuyo caso C'S tendría que votar a favor. Sea como fuere, C's absteniéndose o votando a favor permitiría el gobierno del PSOE.

Dejemos ya la tediosas aritmética. Sería lícito pensar: “si en la pasada legislatura casi se llega a tal acuerdo, ¿por que no repetirlo, con éxito ahora?, máxime cuando Podemos va a pasar de la guerra de movimientos a la de posiciones, con lo que se mostrará mucho más 'razonable que la pasada primavera”. Sería – condicional – lícito, si fuese cierta la versión de los hechos que ha difundido el PSOE con extrema pesadez, y que tan bien le ha ido como elemento central de su argumentario en la campaña electoral. Ese acuerdo nunca fue viable, fue tan sólo un elemento propagandístico de precampaña. El pacto entre PSOE y Podemos, recuérdese, lo fue sobre un programa, no se trató de un acuerdo de gobierno de coalición – como después pretendió Iglesias, autoasignándose la vicepresidencia – . Los planteamientos de los firmantes eran disímiles y difícilmente avenibles. Por parte del PSOE había un desesperado intento de supervivencia política de Sánchez, sabedor de que si no era capaz de formar un gobierno o, al menos, de marear la perdiz, ganar tiempo, y salir aceptablemente indemne de cara a nuevas elecciones se le echaría encima todo el aparato del partido. De hecho, si tal cosa no sucedió, no fue por la habilidad de Sánchez sino por las dudas y falta de coraje del núcleo duro Díaz-González. En cualquier caso, este núcleo limitaba, como veremos, la libertad de movimientos de Sánchez, un político a la page, carente de ideas, de principios y de escrúpulos y sobrado de ambición.

En cuanto a C's, su intención, que Rivera no ocultó en ningún momento, fue hacer un primer movimiento hacia la meta de una grosse koalition a tres bandas, en la que imagino que él creía poderse atribuir un rol de centralidad, de bisagra entre PSOE y PP, con un poder muy por encima de su número de escaños. Con o sin referendum de autodeterminación asumido por Podemos, C's jamás habría propiciado un gobierno, no ya en el que estuviera Podemos, sino incluso meramente permitido por éstos con su abstención. A Ciudadanos no le pusieron piso los grandes poderes económicos para que hiciera eso, y Rivera lo tiene muy claro. Por otro lado, Podemos, y no seré yo quien se lo reproche, fue también de farol, sabiendo que su propuesta era imposible de aceptar por los jefes de Sánchez, lo que debilitaría a éste en lo que era su objetivo semiinconfeso: repetición de elecciones y sorpasso.

Con unos resultados bastante parecidos al 20D el panorama que se abre tras el 20J no debería variar mucho. Sin embargo, hay un hecho distintivo y fundamental. Hay que tener un gobierno operativo, no provisional y sometido a un nuevo proceso electoral, para después del verano. No se pueden repetir las elecciones en noviembre o diciembre, que sería la fecha marcada por los plazos legales. La CE y el BCE permitieron, y probablemente pactaron con el PP, una relajación del control fiscal de cara a las elecciones; el gobierno, con su proverbial ineptitud, lo hizo todo mal menos la propaganda (aunque engañar a los españoles es como pegar a un bebé) y el déficit ha crecido muy por encima de lo acordado. El Estado se enfrenta en septiembre a una multa por incumplimiento de objetivos que puede llegar a dos mil millones de euros y, lo más grave, a un plan adicional de ajuste inmediato que rondará los ocho millones de disminución de gasto en año y medio. Como dijo Nancy Pelosi al 'caer' Wall Street en 2008, “the party´s over”, y, si hasta ahora esto ha sido un guateque … Hace falta, ya mismo, un gobierno fuerte y fiable para los próximos años que sea capaz de tomar medidas muy duras y aguantar la presión de la calle. Y esto no lo deciden las comisiones de negociación de los partidos, esos muchachos risueños con sus cuadernitos en la mano que entran y salen de salones rococó; esto son consideraciones estratégicas de poderes que están muy por encima de nuestras Cortes y sus leones de piedra. En ese gobierno ha de estar el PP y, dentro, o fuera pero apoyándole con una seudooposición de boquilla, el PSOE. Algunos aseveran que eso será su suicidio; error: el suicidio es un acto libre. C's podrá pillar alguna migaja, aunque para tener relevancia real habrá de esperar bastante, más o menos como Vladimiro y Estragón. Por supuesto, Podemos vetado hasta que aparezca otra 'ventana de oportunidad' y se hayan ganado la confianza de aquellos cuya confianza hay que ganar.

Ójala me equivoque en todo.




En la próxima entrega, cambiaré de enfoque y me mojaré un poco más. Para ello examinaré los artículos de Vicenç Navarro y Antonio Gutierrez que citaba en el post anterior y pondré en cuestión aquello de que la gente ha votado para echar al PP, no tanto porque sea inverificable y producto de una inducción abusiva (yo y tres que conozco piensan tal, luego todos piensan tal tal), sino por que se inserta en discursos que devuelven a una lógica política, digamos, pre15M.