lunes, 13 de noviembre de 2017




Los catalanes hacen cosas y son 
muy españoles y mucho presos


No hace falta ser Laclau o alguno de sus aventajados discípulos para saber de la importancia de manejar con eficacia el lenguaje publicado, y, más concretamente, de las asignaciones de significados a significantes. A raíz del encarcelamiento ‘preventivo’, primero de los Jordis y, más tarde, de ocho consellers del gobierno de la Generalitat de Catalunya, se ha emprendido una nueva batalla mediática por las palabras que, como sucede últimamente, es una blitzkrieg al mayor provecho de un Régimen, el del 78, en plena renovación autoritaria. El litigio semántico consiste en impugnar la caracterización de presos políticos a todos estos catalanes acusados de rebelión que, por la inercia del sentido común, se les concedió en un primer momento. Inmediatamente, los media se encargaron de expandir consignas -- con su argumentario incluido --, de rechazo de tal caracterización, consignas emanadas de los think tanks de los partidos del régimen y sucursales para que dirigentes, militantes y simpatizantes los repitan como loritos sin entrar en ningún momento a cuestionarlos, y, en muchos casos, sin siquiera comprenderlos. Ya sabemos que un argumentario es la antítesis de un argumento: elaborado por otros y no sometido a crítica.


Para las capas más superficiales y subpolitizadas, y para cuñados en general, se inventó un retruécano que produce vergüenza ajena: no son presos políticos, son políticos presos. Claro, y Díaz Ferrán es un empresario preso, pero no le entrullaron por ser empresario, sino por robar. Y Marcelino Camacho fue un metalúrgico preso, y además un preso político. Esos jugueteos de sustantivos y adjetivos son pueriles, pero se ve que a algunos les parecen el no va más de la sutileza intelectual. Pasemos a algo serio, la segunda linea de pertrechamiento polémico que consiste en la negación de que los Jordis y los consellers sean presos políticos. Antes de continuar, propondré una definición que creo bastante amplia y poco objetable de preso político: ‘aquella persona privada de su libertad por haber cometido – presuntamente, o según una sentencia judicial – un delito de índole política’, siendo un delito de índole política 'toda transgresión del Código Penal positivo cuya intencionalidad y objetivo es cambiar, en mayor o menor grado, la organización sociopolítica vigente”. Esta concepción es moralmente neutra, que haya presos políticos no es en principio ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y los presupuestos valorativos. Puedo estar de acuerdo o en desacuerdo con que condenen a prisión a tal o cual persona sin que ello me haga dudar de que será un preso político. Así, que me pareciese muy bien que encarcelaran a Tejero o a Rodriguez Galindo, no impidió considerarlos presos políticos. Otro ejemplo: Roldan no fue un preso político, pero Vera y Barrionuevo, sí, por mucha repulsión que nos susciten los GAL.


Desde esta visión genérica, en la que sin la menor sombra de duda tienen cabida los Jordis y los consellers, cuestionaré los planteamientos que rechazan su consideración de presos políticos. En concreto me referiré a los dos más utilizados, empezando por el más simple y menos cargado de ideología, aunque más de tontería. Consiste en reducir los presos políticos a los llamados 'presos de conciencia', los encarcelados por 'sus ideas'.  Se construye entonces un argumento que me retrotrae nostalgicamente a mis muy lejanos estudios de Lógica, porque está pidiendo a gritos ser formalizdo como silogismo. Así que – perdón si me pongo un poco estupendo – tenemos:

- Premisa mayor: Todos los presos políticos son aquellos a quienes se priva de libertad por tener determinadas ideas

- Premisa menor: Ninguno de aquellos de los que hablamos (los Jordis et alii) está en la carcel por sus ideas (el escrito de acusación de la fiscalía no dice nada de ideas)

- Conclusión: Ninguno de aquellos de los que hablamos (los Jordis et alii) son presos políticos


Un camestres pura sangre. Es sabido que para que la conclusión sea verdadera debe deducirse de dos premisas ciertas. Aquí, la premisa menor es cierta y la conclusión es correcta formalmente, esto es se infiere de las premisas. El problema es la premisa principal. Si fuera falsa, la conclusión también lo sería. Pero es que ni siquiera es falsa; es inverificable, lo que, en Lógica, equivale a carente de sentido. En efecto, a nadie se le puede enchironar, y tampoco recompensar, por lo que piensa porque es imposible conocer lo que piensa. Es el famoso problema filosófico de las ‘otras mentes’, de honda raigambre epistemológica, y en el que, tranquilos, no voy a entrar. Grosso modo, a nadie se le empapela por pensar que el comunismo es el horizonte de la liberación humana, el delito sería decirlo, y lo sería porque se supone una intención propagandística y proselitista orientada a subvertir el orden (aunque sea todo a niveles micro). El delito no es, pues, pensar, sino actuar, en este caso: decir. Si los presos políticos lo fueran en virtud de sus más o menos deletéreas ideas no habría ningún preso político ni en la más férrea dictadura. Así que cuando nuestros compatriotas españoles y mucho españoles sentencian con gravedad “En este país nadie va a la cárcel por sus ideas”, habría que hacerles notar que, en efecto, ni en éste ni en ninguno.

El otro criterio para separar a los presos políticos de los no-políticos es mucho más sutil y contiene una carga de profundidad ideológica impresionante. Se basa, no en la naturaleza de los hechos, sino en la naturaleza del Estado que impone las privaciones de libertad, y asevera que en las democracias no existen presos políticos. Quizá la formulación más cruda se la he leído al conocido y ya jubilado catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez-Royo; pese a que, en general, se ha mostrado muy crítico con las prácticas jurídicas mediante las cuales los muy unificados poderes de Estado han pretendido solucionar su contencioso con Cataluña,  Pérez-Royo publicó un articulo en eldiario.es del ocho de noviembre que comenzaba con el siguiente, y, para mí, asombroso párrafo:“En España no es que no haya presos políticos, sino que no puede haberlos. Presos políticos y democracia son términos incompatibles.” Dejemos a un lado la muy discutible caracterización del Estado español como democrático, que él mismo advierte, al añadir a modo de excusatio non petita: “ … no creo que pueda existir la más mínima duda de que España es un Estado democrático. Así se reconoce de manera generalizada. Más todavía: no ocupa un mal lugar en los rankings de los países democráticos confeccionados por los centros y organismos internacionales más reputados en este terreno”. Da igual, aceptemos, al modo de aquel anuncio del pulpo y el animal de compañía, a España como democracia. Lo que interesa aquí es la idea de que las actividades no legales, por más que vayan encaminadas a alterar el orden sociopolítico establecido, si este es democrático, no son políticas. La legalidad marca el límite de la política. Y que esa legalidad se halle legitimada por darse en un marco político democrático es pura trivialidad – ¿que Estado no se autodesigna democrático desde hace setenta años? Suele objetarse que las constituciones democráticas establecen cauces para promover legalmente cambios sustanciales, pero en la realidad – como se ha visto con el caso catalán – los constituyentes acostumbran a blindarla por la vía de los hechos, por ejemplo exigiendo mayorías que, prevén, no se van a dar nunca. Todos los sistemas políticos tiende a conservarse y ello implica que se protegen frente a aquello que pone en peligro su estabilidad. La sedicente Democracia de los países modernos – que no es sino una oligarquía de clase con elecciones controladas – se revela, entonces, un espacio totalitario, omniabarcante. Niega la Política, porque niega un exterior a ella, cuando toda política es, precisamente, ese juego conflictivo de poderes entre interior y exterior (Rancière hablaría – y yo estoy de acuerdo con él – de Policía y de Política).

A esta luz cobra sentido tanto empeño en evitar el adjetivo ‘político’ aplicado a reclusos. Porque si, como hemos visto, en una democracia no puede haber – ex definitione, como enuncia sin rubor Pérez-Royo – presos políticos, a la inversa, si hay presos políticos, no hay democracia. Se constata la tosquedad de un discurso meramente ideológico al que se le ven todas las costuras. Todo es declarativo, – ‘esto es una Democracia’, ‘esos no son presos políticos’ –, y de su eficacia performativa se encargan unos medios que, como aparatos ideológicos de estado que son, han de detentar una condición de monopolio sin oponente relevante (igual que existen el ejército, la policía nacional y la guardia civil, pero no constituyen tres, sino un único aparato represivo del Estado monopolizador de la violencia, existen el ABC, el Mundo y El País, todos ellos manifestaciones diversas – pretendidas muestras de pluralismo – de un mismo poder de Estado-Sistema construyendo hegemonía cultural).

Sin embargo, el ubicuo rechazo a denominar a los consellers presos políticos no genera lo que debería ser su consecuencia inmediata, tildarlos de ‘presos comunes’. Nadie propone eso porque lo que se propone, insinuada y oblicuamente, es algo más grave: convertir el preso-no-político-pero-tampoco-común en una no-persona, o con más exactitud en una persona que es en sí, por su empecinamiento en atacar lo político – el ordenamiento jurídico-estatal –, impolítico. Un sujeto a quien aplicar un derecho penal de autor, (o de ‘enemigo’ como con sutileza jurídica precisó Günter Jacobs,quien acuñó el término y su concepto de un modo crítico, pero que con el tiempo y el 11S acabó cogiéndole el gusto). Porque no se hace el mal, se es él mal. La cosa viene de lejos. Por ejemplo, Kant, tan querido a los Fernandez-Liria y amiguetes, que lo proponen para máximo inspirador teológico-teórico de Podemos, como alternativa a Laclau y a Marx. El rutinario de Königsberg contempla dos tipos de miembros de la especie humana, aquellos que viven en estado de naturaleza y quienes se hallan en un estado ciudadano-legal. Cuando éstos delinquen se les debe castigar según el acto ilegal cometido, porque hay un contrato tácito (no muy libre, ciertamente) de aceptar la ley y el castigo derivado de su transgresión. Incluso si la infracción es perpetrada por un extranjero, no sujeto a ese ‘contrato’ nacional, se le ha de juzgar y sancionar de igual modo porque se supone que, en su país, es también un ciudadano, y la ciudadanía es universal. A diferencia de éstos, quien explícita y patentemente se enfrenta al ordenamiento jurídico, en esa lógica kantiana (no sólo, Hobbes, por ejemplo, dice algo parecido, a su manera) no comete un delito, sino que pasa a estado de naturaleza. El delito es él mismo. El delito, entonces, es ser catalán independentista, todos ellos son delincuentes por el hecho de ser quienes son; si no han cometido delitos todavía, sedición, rebelión, burla y befa de la Sagrada Constitución, los cometerán más pronto que tarde; lo llevan en la sangre. 

La cosa no es tan sencilla y llevaría muchas páginas desarrollarlo y argumentarlo. Pero no creo ir descaminado. Piénsese en las analogías con el tratamiento legal a los terroristas, presos no-políticos por antonomasia. Gente autoexcluída, voluntariamente situada en un estado de naturaleza prepolítica a lo Kant y, por tanto, sin los derechos de que gozan los ciudadanos de la polis. En las democracias, solo hay presos comunes, aquellos que han perjudicado a particulares, les han matado, le han robado, etc. Quienes se enfrentan al todo, al Estado, no cometen delitos comunes, pero tampoco políticos – nada político es delictivo en Democracia–, están presos en cuanto enemigos ontológicos; presos sin adjetivos.

Por ahí van los tiros de una campaña tan excesiva por lo que parece una sutileza semántica que están desarrollando los voceros del Régimen. Porque han creado un imaginario idílico en el que no caben los presos políticos y han establecido la implicación ‘si hay presos políticos no hay Democracia’. De paso, pretenden matar dos pájaros de un tiro. Al margen del procés, es evidente que el Estado español en manos de la derecha, y sin apenas oposición de la llamada izquierda, está llevando a cabo un recorte de libertades claramente involucionista. En esas condiciones es natural que se hable con mayor o menor rigor y, a veces, con manifiesta exageración, de una vuelta hacia el franquismo. La idea de nuestras élites es aprovechar el shock catalán para reforzar el consenso metiendo en el mismo saco al franquismo y a los presos políticos. Y para el buen fin de esta tan burda y reaccionaria maniobra de adecentamiento del putrefacto Regimen del 78 han aportado su colaboración algunos encarcelados por el franquismo. Arrogándose una representatividad de la que carecen, el ínclito Julián Ariza y unos cuantos más han proclamado ante todo micrófono que se les acercaba a la boca que ellos sí que eran presos políticos y que aquello sí que era una dictadura, no lo de ahora, una Democracia y unos golpistas justamente entre rejas. Alberto Garzón, que cada día desciende un pasito camino del séptimo círculo dantesco, pena de chico, afirma que se le hace difícil pensar en Junqueras como preso político, que él tiene en la cabeza a Marcos Ana. Hombre, si marcos Ana es el modelo, si hay que haber estado treinta años en la cárcel para ser un preso político, nadie más lo ha sido en este país. 

Debo decir que me parece repugnante, políticamente, la actitud de los que se han prestado a esto. Yo fui un preso antifranquista y no me imagino a nadie que me represente menos que Ariza hablando en nombre de todos nosotros. Se me olvidaba decir que fui un antifranquista que no sacó ninguna ventaja material posterior por el hecho de haberlo sido; y no quiero seguir por ahí. Menos mal que hay gente decente como los de la Comuna, que, ademas de luchar porque se haga justicia, ya más con los represores que con los represaliados del franquismo, y no por conseguir alguna indemnizacioncilla, sacaron un comunicado de solidaridad con los Jordis y los consellers, denominándolos, explícitamente y varias veces, ‘presos políticos’.

Los medios españolistas, en su absoluta desvergüenza, que no ven inconveniente alguno en defender una cosa un día y la contraria al siguiente, si así de cambiantes son los intereses de sus amos, ahora está muy contentos porque Carme Forcadell ha ‘aceptado’ el 155 ante el juez del Supremo. No opinaré aquí acerca de la conveniencia ética o política de explicitar, como parece ser que hizo Forcadell, a diferencia de la declaración de los consellers una semana antes, el acatamiento de la Constitución del 78, el reconocimiento de la licitud del 155 y la renuncia a promover vías unilaterales para la independencia de Cataluña. Y no lo hizo, precisamente, por convicción, sino porque alguien le había hecho saber que iba a conseguir un tratamiento mucho más benevolente por parte del juez. El hecho relevante es que se puso en escena un montaje de retractación y sumisión futura bastante parecido a los actos de fe de la Inquisición, lo que confirma la tesis que sostengo acerca del derecho penal de enemigo, no ya distinto del derecho penal democrático y garantista, donde sólo se juzgan delitos pasados, no casos de conciencia ni propósitos de enmienda. Que la canallesca mesetaria haya anunciado jubilosamente la deposición de Forcadell como un acto de abjuración del independentismo unilateral (el único posible) pone de manifiesto una vez más que todo aquí es político: las actividades por las que han sido puestos ante la justicia española una serie de personas, la conducta de los fiscales y jueces de la Audiencia y el Supremo, incluyendo, por suspuesto, la libertad condicional de unos y la prisión provisional de otros y el manejo por los distintos aparatos culturales – de uno y otro bando – de todos estos hechos. Y lo más importante, la conciencia general: todos sabemos que los Jordis y los consellers son presos políticos, lo saben quienes dicen lo contrario sabiendo que mienten, lo sabe hasta Amnistía Internacional (vaya papelón que están haciendo en este asunto).

jueves, 27 de julio de 2017






4568 firmas avalan el acta de defunción de (lo que algunos pensaron que podía ser) Podemos, tras la condena a muerte dictada por Pablo Iglesias y Echenique y ejecutada por el verdugo de Castilla la Mancha, un tal García Molina.


Podemos surgió de la abisal crisis de legitimación conjunta  del Régimen del 78 y del capitalismo que escenificó el 15M. Que surgiera de ella no significa en absoluto que representara políticamente al 15M, de hecho y yendo a la significación profunda de éste – aquella que se expresaba con “lo llaman democracia y no lo es” (ahora parece pueril, pero entonces nadie había explicitado tal cosa fuera de pequeños círculos muy radicalizados), “PSOE, PP, la misma mierda es” ( no se incluía a IU no porque no se la considerará excrementicia, sino por su absoluta irrelevancia), “no somos mercancías en manos de banqueros”, etc – era la negación de buena parte de él.

La perspectiva que da el tiempo nos revela que la dinámica histórica en que se ha acabado insertando Podemos es una dinámica de restauración, de aquella Aufhebung – perdón por la pedantería hegeliana, pero es que en el idioma español no hay una palabra que signifique al tiempo supresión y conservación; si se prefiere, cámbiese por el lampedusiano cambiar todo para que todo siga igual – del franquismo que fue la (modélica) Reforma y su (por todo el mundo mundial admirado) vástago, el Régimen Constitucional del 78. Si no tiene lugar una recidiva de la crisis permanente en que se ha instalado el capitalismo, tal que sus consecuencias sean tan atroces y masivas que logren mover a la muy acomodaticia y conformista, por decirlo suavemente, población española, el panorama político a medio plazo muestra un bipartidismo levemente modificado, en el que PP y PSOE se siguen turnando, si bien este último con el apoyo de Podemos – quizá por el lado del PP suceda algo parecido con Ciudadanos –, un apoyo que no le sacará de una situación subalterna.

Podemos se ha quedado en la renovación político-institucional de IU y el PCE. Al igual que éstos, apoyará desde fuera los gobiernos centrales o autonómicos del PSOE – un apoyo ‘crítico’, faltaría más, para que ‘no gobierne la derecha’ , o entrará en alguno de ellos en una situación de minoría ínfima y previo acuerdo sobre algunos puntos programáticos que, por supuesto, no se cumplirán. Un añejo y repetido movimiento, frente al que se alzó, tan necesario como imposible, el 15M. La gran diferencia entre PCE-IU y Podemos es que los primeros estaban enraizados en la historia de España, en su realidad material, en sus construcciones culturales contrahegemónicas, mientras que Podemos es un mero producto de la política de mercado, ubicado en ese universo de deseos infantiles que las mercancías satisfacen fantasiosamente; Podemos es un partido postmoderno, aunque sus miembros (Errejón, sí) no lo sean. Son posteurocomunistas, un refrito infumable.

La pantomima de Castilla - La Mancha, con un tipo tan grotesco como García-Page de interlocutor, con la pregunta del referendum tan escandalosamente manipuladora y tramposa, con los carguitos a conseguir, con la exhibición de ‘responsabilidad política’ por parte de Podemos y con el siempre triste rol de los anticapis, es, icónicamente, el paso del Rubicón, pero sin ninguna alea jacta. Un 80% de votos a favor. Cada cual jugando su papel para mantener el Orden. A otra cosa, mariposa.



sábado, 10 de junio de 2017


Nuestra Señora de las Condecoraciones
Cómo el himen se hizo pueblo





Como es sabido el Ayuntamiento de Cadiz resolvió conceder la medalla de oro de la ciudad a la Virgen del Rosario con un consenso insólito en el que sólo fallaba, y tibiamente, Ganar Cadiz en Común, la candidatura organizada por IU, que tuvo el impío atrevimiento de abstenerse. PCSSP (Por Cadiz Si se Puede: Podemos), PP, PSOE y C’s abandonaron momentáneamente sus diferencias ante un caso de fuerza mayor: el siempre vivo Volkgeist andalusí. La medalla de oro es una distinción que se concede a personas o instituciones que han contribuido a la mejora de la ciudad. La Virgen del Rosario no es una persona; quizá lo fue, pero en cualquier caso la concesión no se ha hecho a título póstumo. Tampoco una institución, por mucho que se retuerza el término. Entonces, ¿what the fuck?


 La extrañeza ante una actuación tal por parte del ayuntamiento de capital de provincia que se supone más rojo de España – el alcalde, a los dos cuernos que conlleva el ser de Podemos, le añade el rabo de pertenecer a los Anticapitalistas – movió a la prensa local a interrogar al respecto a PCSSP, quien adujo: “Se trata de una propuesta que se ha entregado en el Ayuntamiento y viene avalada por más de 6.000 firmas. Proviene de particulares, asociaciones de vecinos, entidades ciudadanas y colegios profesionales. Es, por lo tanto, por el componente popular y el apoyo ciudadano que tiene esta propuesta. Por ello se apoya, nada que ver con el supuesto componente religioso, sino por el componente popular”. Ya en esta mera respuesta hay una cierta manipulación que revela una mala conciencia. Las firmas son siempre individuales, los firmantes podrían ser miembros de un sin fin de instituciones muy arraigadas y aun santificadas, pero el número es de personas, seis mil en una población de más de cien mil habitantes. No es muy impresionante. Si se juega a mezclar churras con merinas y pensamos en seis mil asociaciones con una media de cien afiliados, son seiscientas mil firmas. Eso ya acojona más; un quinientos por ciento de los gaditanos quieren homenajear a su supermadre protectora y munífica.

Dejemos de lado esas argucias comunicativas fulleras y ratoniles, a las que ya estamos más que acostumbrados pero que, se supone, habría de desterrar la ‘nueva política’. En realidad, nos vienen a decir a continuación, las cifras no importan, lo que importa no es que sean seis mil personas, lo relevante es que se trata de una reivindicación ‘popular’, esto es, representan al pueblo. Y el pueblo es el que más manda, se cantaba en Grándola, Vila Morena.

La reacción general, una vez aireado el hecho por los media, como era de esperar, fue de estupor y, por parte de la izquierda, de consternación. Empezaban a proliferar artículos críticos y en la red florecían mil tweets cachondeándose del asunto. La dirección de Podemos, o sea, el Director de Podemos, comprendió que no era posible mirar para otro lado. Y entonces, comenzó lo realmente grave. La situación no era nada sencilla, quizá la salida menos mala habría sido confesar en un tono suave el desacuerdo con la medida adoptada por Kichi y recurrir a la pluralidad de Podemos, insinuando, además, las dificultades de gobernar en minoría con el PSOE susanista en la chepa. Pero esta explicación encerraba un problema: por diplomático en las formas que quisiera mostrarse PIT, la desautorización política sería patente. Ciertamente, si el alcalde de Cádiz hubiese sido errejonista, Iglesias no habría tenido muchos escrúpulos en decir algo de ese jaez, intentando, eso sí, hacer la menor sangre posible (que ya se ha ganado Vistalegre II). Incluso si el citado regidor perteneciera a la corriente pablista, es probable que se habría decantado por esta misma opción. Pero en Andalucía, las relaciones de fuerza internas de Podemos son bastante tortuosas, la corriente errejonista tiene más peso que la pablista, muy débil allí, pero menos que los anticapis, de modo que se ha constituido una alianza sui generis entre estos dos últimos que mantiene el status de predominio pablista a nivel estatal. Y PIT no puede poner en peligro ese equilibrio criticando abiertamente a Kichi. Todo esto que, claro, no se va a exponer en público, condiciona el mensaje de Podemos.

En tales circunstancias, el Director se pone el mundo por montera y decide que lo mejor es sostenella y no enmendalla. Los voceros habituales de Podemos se aprestan entonces a lanzar un discurso en el que lo más grave no son las contradicciones internas sino, al revés, la coherencia con un proyecto político. Asistimos a una exhibición de como un elemento táctico se superpone a cualquier consideración estratégica, programática e ideológica, hasta el punto de desvelar que no hay en Podemos estrategia, programa o ideología que no sean de ocasión. 

Veamos lo que nos cuentan, los tres argumentarios que he leído, expuestos por el Director, el Listillo y Teresa Rodríguez, alguien, Teresa, por quien no oculto mi afecto político ni mi opinión de que no está donde debería estar.


Iglesias

Admito que cuando me enteré no entendía nada y tuve que llamar a Kichi para que me lo explicara. Para alguien de Madrid suena raro y no encajaría en otros ayuntamientos que gobernamos. Pero él me convenció. Me habló del carácter de dignidad popular que significaba esa Virgen y que en una ciudad como Cádiz, con esa tradición anarquista y liberal, esa Virgen, tan vinculada a las cofradías de pescadores, no va unida al conservadurismo que nos podría parecer desde fuera. Yo creo que Kichi lo ha manejado de una manera muy laica en el sentido de que se trata una muestra de respeto a los sentimientos populares demostrando que hay que convivir con distintos pareceres y tradiciones. Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo.


Monedero 


No es lo mismo que los humildes celebren a la Virgen, en su mundo sin grandes esperanzas, a que la celebren los que cierran a los humildes sus esperanzas … Porque la Virgen de los humildes, aun siendo cierto que trabaja más tiempo para los poderosos que para los pobres, ayuda a que los golpeados imaginen la vida un poco menos miserable. Y eso, nos guste más o menos, hay que respetarlo … Hoy, Kichi, es Alcalde de Cádiz y de todos los gaditanos. Y de la misma manera que está bien que no impulse nada que nos quite la responsabilidad de nuestros actos, hace bien en escuchar al pueblo en el momento concreto en el que vive el pueblo, que es el ahora. Porque en un mundo emancipado es verdad que o no habrá ni dioses ni vírgenes o habrá miles. Pero mientras tanto, gobernamos para el pueblo que está ahí. Y gobernamos sabiendo que no es lo mismo el poderoso que el humilde, aunque coincidan en algunos sitios. Kichi no es el alcalde de mañana. Es el alcalde de hoy. Y qué bueno que lo tiene claro

Teresa Rodriguez

No somos diferentes al pueblo al que pretendemos representar. No somos sectarios ... la Patrona es un símbolo de la ciudad que por cierto trasciende lo religioso y que tiene que ver con nuestra propia identidad … [ celebraciones religiosas como la Semana Santa o la Patrona de una ciudad] no son hechos puramente religiosos, no es la jerarquía de la Iglesia, es una tradición que trasciende lo religioso. Tiene que ver con cómo el pueblo siente y respira. Y nosotros no somos diferentes del pueblo al que queremos representar … El laicismo que predica Podemos no es colonial, no nos dicen desde Madrid cómo tenemos que sentir nuestros afectos y nuestras identidades en el sur de España.


Una vez repuesto del pasmo, creo que son éstas unas lecturas muy instructivas. Analizarlas proporciona una información bastante clarificadora acerca de Podemos. Para ser preciso, dos tipos de información. Una de ellas acerca del discurso político general de podemos. La otra ilumina las diferencias entre las distintas visiones de sus líderes – es una pena que Errejón no se haya manifestado, que yo sepa, al respecto; me lo imagino partiéndose la caja con esta historia y los pronunciamientos de sus camaradas  y sin embargo enemigos –. Aun cabría un tercer enfoque, una especie de metaanálisis que se fijaría en como y para que analiza la gente de Podemos. Por partes, como the Ripper.


El argumento más fuerte para justificar el despropósito de Kichi – ni me molesto por justificar, a mi vez, esa calificación de despropósito, si alguien no lo ve con claridad cartesiana, no tengo nada que contarle – se encuentra ya en la nota de prensa del ayuntamiento gaditano y es desarrollado por los líderes podemitas Se trata del carácter popular de la devoción, en este caso, de la virgen del Rosario, como podría ser la del Rocío, el Jesús del Gran Poder o cualquier otro fetiche católico, de modo que un homenaje tal que condecorarla se convierte en una petición popular asumida por unas autoridades que ‘escuchan al pueblo y gobiernan para él’ (Monedero). Se trata de una ‘tradición arraigada en el pueblo’ que ‘no va unida al conservadurismo’ porque es una virgen ‘que significa (?) un carácter de dignidad popular’ (PIT). Es ‘un símbolo de la ciudad’ que ‘tiene qué ver con nuestra identidad’ y ‘trasciende lo religioso’ (Tere).

Con absoluta carencia de originalidad – todo esto ya se les podía escuchar a los cristianos progres de los años setenta – exponen los líderes morados unas formulaciones propias del Romanticismo reaccionario (entiéndase que reaccionario es aquí un especificativo, no un calificativo, hay otras formas de Romanticismo que no son nada reaccionarias). Y es que que estamos hablando de progres del siglo XXI – ¡Ay, Teresa!, ¡Ay, postroskosos! –, postulantes del mito de una sabiduría popular prístina que incluiría componentes liberadores de las cadenas de los poderosos. Frente al cinismo de la construcción de un pueblo mediante la manipulación del lenguaje y las emociones a él asociadas de los Laclau, Mouffe y Errejón, aquí campa el esencialismo populista. El instinto del pueblo del que los urbanitas de izquierda debemos aprender. Por cierto que en este punto las asociaciones inconscientes le juegan una mala pasada al Director; no es lo mismo pertenecer al pueblo que ‘ser de pueblo’; los ‘urbanitas’ también somos pueblo, aunque no vayamos por la calle con boina y un cesto de mimbre con dos gallinas. Todo esto me recuerda a la a los narodniki y a su versión apostólica-cañí, la ORT: ¡Servir al pueblo!

Seamos un poco serios con las clases populares y sus tradiciones. La mayor parte de las tradiciones contienen elementos de sujeción a los poderes en vigor. Y, aunque esos poderes hayan desaparecido hace muchos años, la lógica de dominación persiste así como, aunque sea de manera sesgada, su función subyugadora. Sin duda, hay también tradiciones populares opuestas, que representan formas metaforizadas de resistencia a la dominación. Tarea de la elaboración de una cultura política de izquierda es distinguir unas de otras, desenmascarar las primeras y apoyarse en las segundas; y siempre en el sentido de hacer visible lo invisible, de ninguna manera para manejar unos sentimientos o unos contenidos cognitivos míticos y  metafóricos que permitan  conducir a las masas populares ‘por el buen camino’. Agasajar a, como diría Garzón, ‘seres inanimados’ es siempre reaccionario, por muy arraigado que esté y por mucho que lo practiquen aquellos que (supuestamente) están llamados por la historia para superar el capitalismo y traer la felicidad universal y los ríos de leche y miel a este mundo cruel. Y la cosa se torna grotesca si resulta que esos ‘seres inanimados’ forman parte de la cosmovisión católica del mundo, que no es una ideología propiamente dicha, o no principalmente, sino un dispositivo histórico de poder siempre al servicio de los explotadores y de los opresores, el gran aparato hegemonizante de todas las clases dirigentes europeas y asimiladas desde el año 380. Vergüenza da tener que recordar esto a los que vivimos en la católica España.

Veamos qué nos dice lo que cada uno aporta de su propia cosecha. Aquello de Iglesias acerca de que Kichi ha manejado este asunto de una manera muy laica es quizá la ocurrencia más difundida de las diversas declaraciones al respecto; normal: haría un excelente papel en el campeonato mundial de chorradas. Con las aportaciones de Rajoy, nos llevábamos el oro. Pero Pablo no es un indigente mental ni un amasijo de síntomas como Mariano. Sabe lo que es un Estado laico – a grandes rasgos y sin entrar en sutilezas; tampoco es tan complicado – y sabe que lo que ha hecho Kichi es justamente lo contrario de lo que se supone en un funcionario de un Estado laico. El resto de lo que plantea es más de lo mismo y ya lo he examinado arriba. Mi impresión es que Iglesias es cada vez más consciente de que Podemos es un proyecto fallido, al menos que no es el proyecto contrahegemónico y rupturista del statu quo que él pretendía construir antes de hacerse famoso. A Podemos ya sólo le queda el consolidarse como un partido del sistema, un poco más reformista que el PSOE – y posiblemente, supeditado a él por tiempo indefinido –, y eso queda muy lejos de las fantasías de PIT de ser el Lenin español (el Lenin, no el Gramsci). Intuyo que aceptar que lo que Pablo soñaba como un partido histórico se haya quedado en una organización que baila al son que le marca la pequeña política intrasistémica, en una perspectiva que no tiene más alcance que la táctica electoralista del momento, le ha llevado a una cierta melancolía desde la que ya no le importa mucho lo que dice. Pasar de Bordiga a Togliatti y de Togliatti a Andreotti no debe ser muy estimulante para una temperamento épico como el de Iglesias Turrión.

Con Monedero dejamos la tragedia de PIT y entramos en la farsa, esa repetición de personajes que decía Marx (que decía Hegel). Monedero es un tipo tan pagado de sí mismo que no se toma la molestia de pensar, aplica para todo unos clichés, unos recursos retóricos, que él considera tan  brillantes e ingeniosos como brillante e ingenioso puede llegar a ser algo; y arreglado. Si releyera lo que escribe y tuviera un poco de vergüenza torera (me refiero a la del toro, a la vergüenza ajena que deben darle los taurinos entre medio de su dolor y su agonía, entre puyazo y banderillazo), no afirmaría, a modo de argumento, una memez del calibre de “No es lo mismo que los humildes celebren a la Virgen, en su mundo sin grandes esperanzas, a que la celebren los que cierran a los humildes sus esperanza”. No, Monedero, no es lo mismo, lo primero es mucho peor, y la labor de toda persona de izquierdas debería ser combatirlo y no fomentarlo con medallitas. Luego se pone profético-estupendo:” …en un mundo emancipado es verdad que o no habrá ni dioses ni vírgenes o habrá miles”. O doscientos  treinta y siete, como tendría que saber todo un politólogo.  Para concluir, el argumento definitivo, incontrovertible: “ … gobernamos para el pueblo que está ahí. Y gobernamos sabiendo que no es lo mismo el poderoso que el humilde, aunque coincidan en algunos sitios.”  Todo es falso, menos algunas cosas. Venga, que estoy crecido, soy Monedero, ¿qué más queréis que os enseñe?


 Por fin, Teresa Rodriguez. Ella nos devuelve a la tragedia, pero no a la padecida por el personaje trágico, sino a la tragedia de un mundo definitivamente naufragado, el mundo de la posibilidad de una regeneración de la izquierda, básicamente el mundo del  trotskismo, pero también el del luxemburguismo, el consejismo y otros muchos. La socialdemocracia de Bebel y Kautsky, incluso de Bernstein, no era tan mala idea como denunciaban Lenin y Rosa, simplemente el propio desarrollo del capitalismo y sus contradicciones internas lo desintegró tras los ‘Twenty Fabs’ posteriores a la II GM. Por su parte, el comunismo, surgido anómalamente en Rusia de una revolución que era socialista sin ser apenas anticapitalista, encumbró a un Stalin que puso en marcha uno de los experimentos más siniestros de la historia. Las muy justas críticas que desde esa izquierda radical y no (totalmente) burocrática se dirigieron a ambas posiciones no cuajaron más que en exiguas minorías incapacitadas para cambiar la marcha de las historia. Eso era inevitable, su misión no era, como con frecuencia intentaron ellos, erigirse en una alternativa real a los dos gigantes de la izquierda con sus primos de zumosol incorporados, el establishment capitalista unos y la URSS los otros. Misión imposible. De lo que se trataba era de profundizar en la crítica de la socialdemocracia y el 'socialismo real' desde sus fundamentos políticos, ideológicos y hasta históricos; mucho más allá de traiciones y venalidades, se trataba de indagar qué mecanismos llevaron a esas corrientes que surgieron como emancipadoras a subordinarse a los poderes establecidos cuando no a construir unos sistemas de dominación aún más feroces. Parafraseando a Varguitas, saber en qué momento (y por qué motivos) se jodió el movimiento socialista. Y, al tiempo que esa reflexión colectiva, desarrollar un praxis orientada a ir creando un tejido social que se fuese progresivamente liberándose de las ataduras de las ‘direcciones’ tradicionales de la izquierda, promover, participar y aprender de las luchas de clase en sus variadísimas formas, ayudar a las clases subalternos a autoorganizarse, etc., etc. El objetivo posible, y necesario, era ir preparando una alternativa, no a la socialdemocracia y al estalinismo, sino al derrumbe de ambos, que, además, era previsible que se produjera simultáneamente (como así ha sido)Nada, o casi nada, de eso se hizo – quizá era también una misión imposible – y los críticos fueron barridos por la misma escoba que los criticados. 

Ante una resolución digna del franquismo más granado tomada por su camarada alcalde, Anticapitalistas sí estaba en condiciones de hacer lo que Podemos no podía – al fin y al cabo, ¿a quién le importa Anticapitalistas? –, así que se han trasvestido de avestruz. He mirado en su web y ni la menor mención. En Viento Sur, tampoco, aunque, acaso en un alarde de sutileza (jesuítica, of course), publicó el día 8, en plena polémica, un artículo de esos moñas sobre el cristianismo revolucionario, la religión de los pobres y todas esas matracas. Como dicen los magufos: ¿Casualidad? No lo creo.


[[[Nota bene. Alguna vez escribiré algo más matizado sobre esa Iglesia 'que está al lado de los parias de la tierra'; por el momento, lo resumo en plan lapidario: la lucha contra la dominación no puede enarbolar la bandera de la Teología de la Liberación, sino la de la Liberación de la Teología.]]]


Parece evidente que los chicos – como ahora nos llaman en los bares a los sexagenarios – de la LCR aceptaron, con un encomiable altruismo, vender su alma  cuando pasaron bajo las hordas caudinas que cruelmente les impuso el núcleo radiante de Podemos y dejaron de ser el partido 'Izquierda Anticapitalista' para transformarse en la cosa 'Anticapitalistas'. Había que dar chance a los chavales jóvenes, permitirles salir de las catacumbas de la marginalidad. Un alcalde de capital de provincia es bastante más de los que nuestros troskos-pero-modernos podrían haber entrevisto en sus más húmedos sueños de los 80, 90 y 00; hay que preservarlo como oro en paño. Si ya se hicieron los longuis con un asunto de fondo, cuando Kichi apoyó la venta de buques de guerra a Arabia Saudí porque creaban puestos de trabajo, ¿cómo se iban a poner principistas con la zarandaja de la medallita?


Ignoro en qué medida ha podido influir en Teresa Rodríguez el que Kichi sea su compañero, espero que en ninguna. La considero una mujer valiente, honrada y luchadora. Está perdida porque todos los estamos. Sobre su justificación de la medalla tan sólo comentaré alguna aportación particular que por ser un extravío, digamos, doctrinal es interesante. Dos, en concreto. La primera se compendia en: “… nosotros no somos diferentes del pueblo al que queremos representar”. Aislada de un contexto, esta afirmación carece de sentido, no es verificable ni falsable, ya que dos entes, por el mero hecho de existir y de ser dos, son iguales (respecto a algo) y diferentes (respecto a otro algo). Pero, insertando la frase en su contexto, en el que se enunció, tiene una significación muy clara: nosotros no somos diferentes del pueblo que quiere condecorar a una virgen. Nosotros compartimos la superstición del pueblo, nosotros aceptamos la intromisión de poder clerical en las instituciones públicas, nosotros abominamos de la sexualidad y juzgamos a las vírgenes mujeres moralmente superiores al resto. No caben aquí medias tintas. La decisión no admitía matices, reservas o considerandos, la decisión era binaria: o se rechazaba la propuesta de los seis mil y se explicaba públicamente que se está en contra del oscurantismo de las iglesias y de los teísmos, o se apoyaba y ya no hace falta decir nada, o todo lo que se dijera no serían sino excusas, tácitamente autoinculpadoras; los hechos hablan por sí solos, que díría Sancho. 

Frente al nosotros de Teresa opongo un nosotros, la izquierda que se organiza como partido o similar, que no somos iguales ni somos ‘diferentes del pueblo al que queremos representar’ (por cierto que mal queda eso de ‘queremos representar’). Nosotros somos parte de un pueblo que no es en absoluto homogéneo, un pueblo en cuyo interior hay otras particiones, y muy numerosas, en las que las ideologías más reaccionarias conforman su sentido común; y combatir esas ideologías es una de las tareas que nosotros tenemos que llevar a cabo. Kichi ha sido leal a una cosa y traidor a dos. Ha sido leal al pueblo meapilas; ha traicionado al pueblo laico y traicionado a la causa de la racionalidad y la autonomía moral de las personas.

La otra idea original de Teresa es que la virgen de la medalla ‘trasciende’ lo religioso y ‘tiene que ver’ con la identidad. Por definición, es complicado trascender lo religioso cuando lo religioso es la pura trascendencia. Justamente, lo que ha hecho Kichi es lo contrario, ciscender la religión y fortalecer una identidad popular configurada en torno a ella. Lo que ya no sé por donde agarrar es la supuesta existencia de un laicismo colonial, asociada con el rechazo a que ‘desde Madrid se le imponga al ‘sur de España’ su identidad. La verdad es que no tengo claro adonde quiere ir Teresa – me malicio que ella tampoco – y no quiero divagar sobre ello, que bastante ladrillo es ya el post. Únicamente señalaré que la musiquilla me suena a misticismo andaluz a lo Susana Díaz, a proclamar que hay un esencia eterna de Andalucía constituida por crucificados bamboleantes, romerías ecocidas a mayor gloria de la virgen local, cofradías y procesiones. Teresa, mujer, defiende la autonomía de Podemos frente a la dirección estatal, pero no juegues con lo único que para nosotros debe ser sagrado, saber y hacer saber que la religión es uno de los opiáceos del pueblo.

Finalmente, mencioné un metaanálisis de los análisis de los defensores de Kichi. Siendo sumario, en todos ellos hay una renuncia a ir un poco más abajo de la superficie y del argumentario (la antítesis de la argumentación) que delata la deriva de Podemos hacia el puro tacticismo  otros, más valoradores, lo llamarían oportunismo  , el dar prioridad absoluta a los objetivos inmediatos, aunque sean muy negativos a largo plazo, en una perspectiva estratégica. Perspectiva, que se va perdiendo, si alguna vez se tuvo. Como decía Lord Keynes, 'en el largo plazo todos estaremos muertos'. Alguna mente malvada sospecharía que dejaron de hablar de casta cuando se hicieron casta y que ahora hablan de trama porque aun están fuera del entramado.

lunes, 15 de mayo de 2017

Tántalo, Procusto, Sísifo

domingo, 29 de enero de 2017




No es que empecemos la casa por el tejado. Es que no queremos una casa; queremos un tejado. Luego, ya veremos (3 y ult.).

Tenía la intención de proseguir el folletín acerca de la refundación o refundición de Podemos en VA II, marcado por el duelo mortal a frases bélicas entre Iglesias y Errejón, con varios posts más. En éste pensaba analizar los documentos políticos de los dos bandos que cuenta, porque los de Podemos en Movimiento (anticapitalistas) son chicos majos, estoy más de acuerdo con su propuesta que con la de los otros ( lo que no es decir mucho), etcétera, pero no pintan, ni, me temo, pintarán nunca, apenas nada. Ni tan siquiera como bisagra, con su 10% de peso en un partido en que el conflicto interno se juega al todo o nada. Esa era mi intención, y, de hecho, leí los documentos y tomé algunas notas. A medida que los leía me iba aburriendo y desinteresando más al comprobar la escasez de ideas y falta de rigor político que encerraba tanta retórica, pedantería, autobombo y cursilería

Para acabar de hundirme en la indiferencia, estuve el miércoles pasado en el foro mensual de la revista retropostroskosa Viento Sur. El asunto tenía por título ‘Qué Podemos queremos’, y los ponentes era miembros de cada una de las tres corrientes de Podemos más una chica de la Fundación de los Comunes. Soslayaré a esta última y al chaval de anticapis por las razones de irrelevancia práctica ya apuntadas en el párrafo de arriba. La idea era hacer una presentación de cada documento y, a continuación, debatir, con participación del público. El errejonista se llamaba Rodrigo Amirola, y la pablista, Laura Arroyo. No los conocía; es gente más bien de aparato que, digamos, está a un tercer nivel, inmediatamente por debajo de los Bescansa, Moruno, Mayoral y compañía. Ninguno de los dos llegaría a los treinta años. No quiero decir nada en particular con esto, lo que no significa que no signifique algo.


La exposición tendió, en términos matemáticos, a lo soporífero. Ninguno introdujo la menor crítica directa a las propuestas del otro, a lo sumo veladas insinuaciones. Ya en el turno de intervenciones del público, pedí la palabra y les hice unas preguntas muy concretas: que nos contasen al respetable con qué puntos importantes del documento del otro tenían una mayor discrepancia, si creían que había alguna posibilidad de acuerdo respecto a ella y cómo, en qué términos, podría sustanciarse ese hipotético acuerdo. Mi intención no era obtener un esclarecimiento de las disensiones entre pablistas y errejonistas, que quedan bastante patentes en los borradores, sino obtener información del estado emocional y de la asimilación política del debate por parte de este segundo nivel, que constituye la estructura real de la organización Podemos; abandonados los círculos a su desgracia, ellos forman la masa militante del partido. Como era de esperar Arroyo, la primera en intervenir, no dijo ni mu al respecto, siguió a lo suyo y pasó de polemizar. Cuando avisó que había concluido, salté cual diminuto Júpiter tonante y bramé acerca de sí tan difícil era contestar a la única pregunta – stricto sensu, los demás del público que hablaron se marcaron el clásico rollete – que se les había hecho. Sorprendida ante tal inesperado energumenismo, me contestó algo de que ellos tenían un diagnóstico según el cual consideraban que no creían que hubiésemos entrado en un momento de normalización, pero, vamos, que eso no quiere decir que no se pueda lograr un acuerdo en VA II. A continuación, Rodrigo (el errejonista) sí entró directamente en materia y explicó que ellos no creían que hubiésemos entrado en un momento de normalización, pero los otros sí y por eso pedían más resistencia que ofensiva; aunque lo parezca, no contradecía a Laura, porque parece que se trataba de anormalizaciones distintas, una era más anormal que la otra. Contó también que en lo estratégico coincidían todos en que no se puede pensar más allá del capitalismo– y aquí metió a los anticapis, que callaron como putos ante tamaña ofensa; quizá no lo pillaron, quizá estaban dormidos o quizá, en un arrebato de lucidez (y teniendo en cuenta que el 99% del público eran ellos) ¿para qué coño? –. Luego dijo no se qué del orden, el desorden y la meritocracia y concluyo con que el acuerdo de todos era, por supuesto, posible; la razón: que él era optimista.

Me quedé, pues, como estaba en lo que se refiere a la literalidad de mi pregunta, si bien mi propósito oculto estaba conseguido. Constatar que en la militancia profesional de Podemos – estos dos jóvenes trabajan para el partido – el nivel de cultura y de comprensión política no es el que cabría esperar de ‘la generación más formada de nuestra historia’. Pero lo más grave es la actitud de culto al líder, donde la pretensión es intentar ser su clon discursivo, de decir lo que él diría y cómo él lo diría, actitud que no retrotrae, precisamente, al 15M sino, por ejemplo, a aquellos felices e ilusos años, en que Marx, Lenin y Mao/Trotsky hablaban por nuestras bocas. Así, Laura repitió dos veces la absurda alegoría del poltergeist que se le ha ocurrido al cinéfilo Iglesias y Rodrigo empleaba el mismo lenguaje ampuloso y académico de Errejón; ambos, las metáforas guerreras que tanto encandilan al núcleo irradiador.

La penosa conclusión es que, como colectivo, Podemos carece de virtualidad de una elaboración política que sea capaz, ya no de vehiculizar, tan sólo de impulsar un proceso social que cambie algo más que algunas formas. Debajo de Podemos no hay substancia social que pueda generar y sostener una dinámica emancipatoria en conflicto contra los poderes establecidos por el sistema demoliberal-capitalista. Simplemente, hay en el Estado español una crisis de legitimación del régimen político provocada por el malestar general ante el deterioro de las condiciones de vida de gran parte de la población, el cual es atribuido en gran medida (y con razón) a las llamadas políticas de austeridad. Carente de enjundia social y apoyándose en un estado de opinión más emocional que racional de una fracción de la ciudadanía, que no es, ni de lejos, mayoritario, Podemos se ve abocado a ubicarse en el campo de lo que Rancière llama, frente a lo ‘político’, lo ‘policíaco’, esto es, el marco del orden vigente.

Y es que en los programas de Iglesias y de Errejón todo se conserva, se conserva la monarquía, se conserva la pertenencia a la OTAN y a la EU/euro, se conserva el compromiso de pagar la deuda, se conserva la unidad de la patria, se conserva una economía crecimentista. Se conservan, pues, todos los grandes consensos del Régimen del 78. No hay un ápice de propuesta destituyente ni constituyente. Las disensiones entre errejonistas y pablistas  se sitúan en el interior de los referentes de la estructura política que cambió al franquismo para que no cambiara (apenas) nada. Olvidemos las avalanchas discursivas, tan grandilocuentes como anodinas, de los preclaros líderes. Aquí lo que hay es un sistema de gubernamentalidad basado en dos grandes partidos que, como se decía en los viejos tiempos de la Santa Transición, coinciden en lo fundamental y discrepan en lo accesorio, y un turnismo de gobierno: un par de legislaturas, lo que tarda en quemarse el que lo ocupa. Es, exactamente, el modelo anglosajón que ha permitido una estabilidad secular en Gran Bretaña y USA, aunque en este último caso, el anquilosamiento neoliberal del partido Demócrata y la radicalización y pérdida de rumbo político del Republicano han generado el monstruo Trump. La tercera patita de la gubernamentalidad española era el PCE, y después IU, necesarios para integrar en el juego político insitucional, y, por tanto, neutralizar y controlar, a un sector minoritario pero significativo de la población española traumatizado por la Guerra Civil y la barbarie del franquismo,  un sector que luchó contra el franquismo en las fábricas y las calles como sus padres habían luchado en las trincheras y que no podía aceptar sin más el pasteleo de la restauración borbónico-parafranquista. 

Por cierto, los intelectuales en funciones del Régimen celebran la asimetría de la topología política española: hay un partido, dicen, de izquierda dura, junto a la moderada del PSOE, y, no lo hay a la derecha del PP. Así que, según ellos, que en España no haya una extrema derecha relevante se debería al mérito del PP por integrarla en su interior y por tanto, en el corazón del sistema. Análisis falso y paupérrimo. Lo que no había en este país a la muerte de Franco, con alguna excepción en la periferia, era una derecha liberal, o sea, una derecha no franquista. Prácticamente toda la derecha actuó en bloque para hacer las menores concesiones a la ‘oposición democrática’, para mantener tanto franquismo como fuese posible. Sin duda, dentro de esa derecha había unas facciones más flexibles – los ‘reformistas’ – y otras más intransigentes – los ‘ultras’, el ‘bunker’ –. El hecho de que solo una parte mínima de estos se salieran del pacto de la Transición denota cómo fue esa transición y lo que de ella salió.

Hecha la digresión típica de la casa, vuelvo a al tema y concluyo con él. Podemos no se proyecta al futuro porque no tiene apenas suelo real y, en consecuencia, no puede impulsarse y volar. Podemos se ubica en el sórdido presente y, parafraseando muy abusivamente a Machado, una de las dos españas ha de helarle el corazón. La España del PSOE y la de IU. Y como aquí no hay un sabio Salomón que mantenga entero al niño, mucho me temo que, no necesariamente VAII, lo más probable es que después, tendrá lugar un proceso tortuoso plagado de eufemismos, disfraces y engaños el, en cuyo curso una parte mayoritaria de Podemos llevará a cabo la, more Pareto, necesaria renovación de élites, en este caso de la ‘izquierda’ del Régimen, mientras que la otra parte mayoritaria (ya veremos en VA II la relación actual de fuerzas, quizá el dato más relevante que de ahí se va a obtener) se meterá en ese terreno tenebroso por el que vaga la buena gente que aún cree que es posible derrotar al capitalismo.


Pi, pi. ¡Final en La Condomina! Partido tedioso que acaba con empate a cero y que los mal pensados tildarán de tongo, ante la falta de combatividad de los contendientes. Visto lo visto, se antoja imposible que ninguno de ellos vaya a poner en peligro el secular predominio del Barca y el Real.

A no ser que se produzca alguna novedad explosiva, dejo el tema Podemos hasta ver qué pasa en VA II. A modo de pronostico, todo apunta a que la Asamblea se cerrará en falso, intentando reflejar una imagen de unidad, y metiendo los problemas reales debajo de la alfombra. En los próximos posts, cambio de nivel: comentaré unas interesantes y, por supuesto, provocadoras  reflexiones de Zizek acerca de 'romper los tabúes de la izquierda'.

martes, 17 de enero de 2017


No es que empecemos la casa por el tejado. Es que no queremos una casa; queremos un tejado. Luego, ya veremos. (2)


Nos habíamos quedado en el bipolarismo leniniano acerca de si la pugna entre Iglesias y Errejón es una pura lucha por el poder, manteniendo ambos el mismo proyecto político con algunas variaciones no importantes y compatibles, o por el contrario, si su objetivo es hacer prevalecer uno de dos proyectos políticos esencialmente distintos y cuya coexistencia en un mismo marco orgánico es más que problemática. En el ínterin entre este post y el anterior se ha producido un repliegue de las dos posiciones tras la salida de pata de banco que fue el Iñigoasino#, las peticiones explícitas de intelectuales orgánicos del errejonismo, incluido el postroskoso Santi Alba, de defenestrar a Iglesias, y la campaña gore de El País y compañía . De repente todo el mundo se puso a hablar de unidad, cerrando filas en torno a una abuelita de setenta y cuatro años – rediós, los tengo a la vista; si algún día alguien me llama abuelo, incluidos mis improbables nietos, saldrá, vesánica, la bestia que hay en mi interior, justo al lado del niño y del estalinista – que les reñía por no llevarse bien.


Bip, bip, penalti y expulsión en el Carlos Tartiere. Como soy tan lento – más que el caballo de un fotógrafo, que habría dicho mi muy castizo progenitor –, acaban de salir los borradores de las tres corrientes, en los que, leyendo entre líneas y haciendo todo tipo de juicios de intenciones, a la manera de los vaticanólogos o los antiguos kremlinólogos, se ha de sacar algo en claro. Por tanto, habrá que leerlos, lo que no es plato de gusto, y además con cuidado (esto ya es para mí como un plato de verduras). En los próximos días iré escribiendo mis impresiones, análisis e intuiciones de estos textos que, aunque se trate de borradores destinados a modificarse, supongo se mantendrá lo fundamental de ellos pues han sido elaborados por las primeras espadas de cada facción. Aun en el caso de que se llegara a VAII con unos documentos de consenso, ello sólo significaría que, dadas las relaciones de fuerzas equilibradas, se ha jugado tácticamente a no entablar combates abiertos y a dar una imagen de unidad cara a la galería. Habrá que estar muy atento a las maniobras precongresuales porque proporcionaran datos muy interesantes para conocer la situación actual interna de Podemos y prever su evolución futura.

Lo que hace más interesante, desde mi punto de vista, el estudio de los borradores es porque puede dar idea de hasta que punto cada posición es consciente del papel histórico que le es dado jugar y se va adaptando ideológica y estratégicamente a él. Una de las controversias más añejas del marxismo es aquella que versa sobre si el fin del capitalismo, algo en lo que está de acuerdo todo marxista comme il faut, sería resultado de la lucha del movimiento obrero, aprovechándose por supuesto de las contradicciones del sistema y las crisis que genera y profundizando en ellas, haciendo sangre, o si esas mismas contradicciones inmanentes son autónomas, se van intensificando sin necesidad de que nadie las atice y finalmente provocan una crisis última descomunal, de la que el capitalismo no puede salir y se desmorona en medio no de una revolución sino de un caos social, con canibalismos generalizados y todo eso. En realidad, las dos posiciones sólo difieren básicamente en la previsión de tiempos, la primera acepta que el capitalismo se halla aquejado de contradicciones internas insuperables, pero cree que antes de morir por su propia mano  y es en esto en lo que difiere de la segunda  acabará con él el movimiento obrero guiado por su conciencia de clase revolucionaria y comunista. Además de éstos dos vaticinios, los muy pesimistas y a los que les van bien las cosas, han solido romper amarras con el marxismo ortodoxo – o con todo lo que oliera a Marx – y decretado la inmortalidad del capitalismo, incluso – como señalaba maliciosamente mi tocayo Jameson – más allá del final de la humanidad (ahora que se ha puesto de moda el internet de las cosas, se daría algo así como el capitalismo de las cosas).

Llegó el momento de la verdad en esta digresión que parece absurda, y luego se verá que no lo es tanto. El momento de tomar partido. Pues bien, me decanto, desde luego que de un modo apresurado y no muy serio, por la segunda de las dos tesis marxistas. Respecto a la primera, no descarto que el devenir histórico vaya construyendo un sujeto colectivo que abarque a la mayoría de las poblaciones, tal que adquiera consciencia de la profunda irracionalidad y de la inmanente injusticia del capitalismo, incluso de su carácter profundamente antiestético. Marx atribuía ese destino a la clase obrera. Pero Marx no llegó a sacar las ultimas consecuencias de su impresionante teoría acerca de la mercancía y su fetichización, no llegó a entender que el capitalismo no solo convierte todo objeto en mercancía, también las subjetividades (quizá sería más preciso hablar ya de agencialidades en lugar de subjetividades, pero es un enfoque muy peliagudo que dejaré para cuando sea mayor). No descarto, reitero, la posibilidad de ese suceder, si bien, eso sí, calculo que llegar a tan deseable estado, como culmen de de un proceso evolutivo gradual, llevaría unos tropecientos mil años, más o menos. Por eso, es más que probable que se adelante el crash capitalista en alguna de sus modalidades previstas. 

El capitalismo tal cual es, basado en la economía de mercado y  – por mucho monopolio que haya – en la competencia entre capitales, está condenado a desaparecer. Y pronto. Ni la acumulación de una cantidad de capital ficticio puede asumir una dimensión de varios órdenes de magnitud mayor de lo conocido hasta la fecha, ni está en condiciones – y aunque lo estuviera, me temo que ya es demasiado tarde – de enfrentarse a la crisis ecológica que concluirá en el colapso global. ¿Que llegará antes? No me pronuncio. ¿Cual fin sería preferible? Pues depende, unos prefieren tirarse desde un quinto piso y otros seguir una gira mundial de Alejandro Sanz. Es cuestión de sentidos y sensibilidades.

Y, después de este alentador párrafo, vuelvo a nuestro asunto. ¿Por qué lo que acabo de escribir no es un mero tour por los cerros de Úbeda? Pues porque creo que tanto Errejón como Iglesias, defectillos aparte, son dos personas honradas y tienen unas metas claramente transformadoras. Y, por añadidura, a corto plazo. O sea, que, por lo anteriormente expuesto, ambos son unos ilusos. Los dos, sobre todo Errejón, tienen un empacho de teoría académica que se haya a años luz de alumbrar una perspectiva estratégica rigurosa. Por no tener, ni tienen una teoría mínimamente seria de las élites en el campo subalterno. Hablan de intelectual orgánico, de hegemonía, y ni se acercan a reflejar esas teorías gramscianas, que necesitarían un aggiornamiento (y no el de Laclau, desde luego), en sus propuestas partidarias. Aplicándoles – en especial a Íñigo, Iglesias tiene más tablas y se le nota – su misma medicina, diría que los procesos históricos reales darán significados a su catarata de significantes vacíos. 


El hecho, muy en crudo, es que ellos pretenden transformar el estado de cosas en profundidad en un periodo breve, pongamos diez o quince años, y eso es imposible. No lo es que las cosas se transformen, y más de lo que ellos piensan, en ese lapso, pero no será, precisamente, por su praxis. En mi opinión   más bien una hipótesis que tendré que ir verificando con la lectura de los documentos y con lo que vaya sucediendo en estos días, declaraciones, pactos, interpretaciones, etcétera  , los planteamientos de Iglesias y Errejón son compatibles en el proyecto (en principio) y en la estrategia y no lo son, paradójicamente, en la táctica de medio plazo. Me parece que los proyectos de ambos son compatibles porque ninguno tiene un proyecto claro, al menos como se entendía antes en la izquierda: un objetivo a largo plazo que implica la destrucción de lo viejo y la construcción de algo nuevo al menos mínimamente especificado. Por ejemplo, el proyecto de los partidos comunistas era destruir la sociedad capitalista y construir una sociedad comunista. También lo era de los socialdemócratas, en teoría, hasta su abandono formal del marxismo; la discrepancia radical se daba en el nivel de la estrategia. Vamos a suponer que los proyectos de Errejón e Iglesias coinciden en plantear difusamente una sociedad libre y justa que, para serlo, no puede ser capitalista, o no del todo capitalista. Por eso no van a discutir. 

En el aspecto estratégico son perfectamente compatibles, de hecho proponen lo mismo, que la transformación se hace fundamentalmente desde el Estado, por lo menos a corto y medio plazo, que es lo que les importa (el medio, menos), y que, por tanto el objetivo central es gobernar. Son conscientes, y lo han dicho muchas veces, de que llegar al gobierno no es tener el poder, pero coinciden en que es necesario y en que es el objetivo principal hasta donde les llega la vista.

En cambio, su concepción táctica, en su caso: cómo se ganan elecciones para alcanzar el gobierno, es difícilmente compaginable;  poco menos que imposible, con la visión leninista que tienen del partido y la visión militarista que tienen de la política. Su discrepancia tampoco es novedosa, reproduce una polémica que, explícita o tácitamente, ha sido recurrente en los partidos de izquierda de países demoliberales. Una parte de esa polémica, los errejonistas aquí, piensan que para ampliar la base electoral hay que adaptarse al nivel de los sectores de votantes de partidos próximos a ellos, pero más moderados; la famosa búsqueda del centro. Con ese propósito, recortan los aspectos más radicales de sus programas; asimismo, suavizan su lenguaje y atemperan su imagen. La otra parte, los pablistas en este caso, pretenden hacerse fuertes con sus ideas, constituirse en un polo de referencia para amplios sectores de la población que, ante una crisis que no cesa y unos gobiernos que la aprovechan para transferir rentas de los que menos tienen a los que más, ven empeorar sus condiciones de vida, comprenden que el partido de ‘izquierda’ del Régimen en el que confiaron, el PSOE, participa, y participó siempre, en ese expolio y se radicalizan, pasando a votar a Podemos. Aunque sea un eslogan de Errejón, ‘faltan muchos’ es el motus táctico de ambos; la diferencia es que Errejón quiere que Podemos se acerque a esos muchos e Iglesias que esos muchos se acerquen a Podemos. No hay posibilidad de conciliar ambos objetivos, porque el modus operandi para conseguir uno excluye al otro; por muy hegelianos que nos pongamos (o, para ser precisos, poniéndonos muy hegelianos), uno no puede presentarse como lobo y cordero a la vez.

Lo curioso es que ambas posturas son erróneas, y que queda probado por la lucidez de las críticas que cada una hace a su contraria. Los errejonistas les dicen a los pablistas: “lo que proponéis podría estar bien, pero es una práctica que sólo puede dar resultados, si los da, a un plazo muy superior a la ventana de oportunidad que abre la crisis del Régimen. Se trata de aparecer ante los poderes fácticos, incluyendo, por supuesto, los media, como una opción razonable que respeta, aunque sea críticamente, los consensos básicos del Régimen, y ello nos preservará de una campaña de ataques a todos los niveles como la que tendréis que soportar vosotros con vuestra viejuna retórica identitaria izquierdista. Más aún, si os acercarais a la posibilidad real de tomar el poder, el establishment haría lo que fuera necesario para impedirlo (y aquí se ponen puntos suspensivos para sugerir el horror) . No gobernaréis jamas, vuestra posición es meramente resistencialista y acabareis siendo IU II”.

Enérgica refutación, vive dios. Pero los pablistas no lo tienen más difícil: “La capacidad de asimilación de los aparatos de poder es inmensa y vosotros la desestimáis cándidamente. Empezaréis aceptando cosas inaceptables y pensaréis que es algo provisional y que, una vez en el poder, podréis revertirlas. Pero todas las experiencias históricas muestran que esa táctica conduce a la integración en el sistema que se quiere combatir o transformar. La capacidad de seducción del poder es inmensa. Y, en el caso de que resistieseis a sus encantos, e intentaseis cambiar algo que vaya mas allá de lo ornamental y que exija la confrontación, os daréis cuenta que vuestro poder real es menor que nunca, porque los votantes de ocasión, realmente engañados por vuestra imagen moderada, no os van a seguir y gran parte de la fuerza militante capaz de movilizarse os habrá abandonado ante lo que han vivido, y con motivos, como una deserción, como un cambio de trinchera. Empezaréis tragando con todo y, más pronto que tarde, llegará a gustaros lo que tragáis. Al al final, seréis el PSOE II”.

En definitiva, el mantener la unidad de Podemos tras VA II no va a ser fácil. Cuenta a favor de conseguirlo que ambas fracciones son conscientes de la extrema debilidad con que quedarían si se produjera la escisión, y eso sin hablar de los anticapitalistas. Por la cuenta que les trae, es probable que hagan un paripé de unitarismo cara a la galería. E intuyo que los errejonistas van a ceder bastante, entre otras cosas porque consideran que la coyuntura les beneficia. En el siguiente post, si no hay novedades reseñables en los campos de juego de nuestra piel de toro, le hincaré el diente a los borradores de las tres corrientes, que va a dar en la mar.

lunes, 2 de enero de 2017




No es que empecemos la casa por el tejado. Es que no queremos una casa; queremos un tejado. 
Luego, ya veremos (1). 
(Continuación de lo del postrosko, que ha pasado a morrosko).

Tras el excurso que fue el último post, con Lenin instalado en el cuarto de autoinvitados y Las Gaunas en segunda B (aun nos queda Mendizorroza), sigo con las perspectivas que se abren en torno a VAII. Podemos será todo lo criticable que se quiera, y yo no me corto en ese sentido, pero es indudable que lo que salga de la Asamblea de febrero configurará el panorama político español a corto y medio plazo en lo que se refiere al mantenimiento del régimen del 78, su recomposición ornamental o su modificación relevante (no me parece posible una ruptura real por el momento). Asimismo, el futuro de lo que antes se llamaba izquierda transformadora, donde estaba IU y grupos más radicales también se dirime en lo que puede llamarse ‘proceso VAII’; la preparación política, el acto en sí y la materialización de lo que de allí salga. Es mucho lo que está en juego, aunque con las cartas del tio Perete, no conviene hacerse demasiadas ilusiones.

Si entendemos ‘izquierda’ por el complejo de organizaciones, ideas y prácticas que han puesto en cuestión con rigor el capitalismo existente en cada momento, que lo han criticado y combatido en la perspectiva no de reformarlo, sino de acabar con él y construir una sociedad no capitalista, llámese socialista o comunista en sus múltiples variantes, se puede afirmar que la izquierda europea está en crisis desde el fracaso de las revoluciones alemanas de 1919 y 1923. Crisis que se profundizó con el desarrollo de la URSS – hay victorias que hacen más daño que las derrotas – y que alcanzó dimensiones de catastróficas con el desmoronamiento de los regímenes del ‘Socialismo Real’. En ese siglo XX corto, a lo Hobsbawn, que va desde 1917 a 1990, la práctica política de la izquierda se había organizado en torno a partidos de cuño leninista, ortodoxos o heterodoxos, donde el esquema partido-organización de vanguardia de la clase obrera, a la que enseña y guía por el buen camino hacia el socialismo, se respetaba en lo fundamental. Las únicas alternativas, además de las anarquistas, que siempre arrastraron el hándicap de pretender una política antipolítica (no es tan simple, desde luego, pero lo dejo ahí), fueron las propuestas consejistas, maniatadas, cuando no aniquiladas, por el completo y monolítico predominio de los partidos comunistas. 

Desde el punto de vista organizativo, pues, la casi totalidad de organizaciones políticas marxiatas que se crearon en esos setenta años de existencia del imperio soviético, fueron remedos del partido leninista. Y no sólo en la estructura y el funcionamiento – ese centralismo supuestamente democrático que con tanta facilidad derivaba hacia lo burocrático (espero que Vladimir no lea esto; no creo, le ha cogido el gusto al agua y ahora anda por ahí besando la cabeza a los pianistas) –, también en lo ideológico, en lo programático-final y en lo estratégico había un corpus homogéneo – marxismo interpretado, dictadura del proletariado, socialismo, centralidad del proletariado, etcétera – que con variantes más o menos relevantes abarcaba a la inmensa mayoría de los partidos políticos, que enfrentaban al capitalismo.

El fin del capitalismo burocrático conocido por el nick más falso y confundente de la historia: ‘socialismo real’, arrastró al reino de Hades a la izquierda marxista sedicentemente existente. Los partidos comunistas, siempre fieles a la letra sagrada, se volvieron fantasmas que recorrían Europa, pero esta vez, siglo y medio más tarde, dando menos miedo que un turista surcoreano. [Doy un salto en el tiempo, reprimiendo mi natural de empezar siempre con Viriato, y rompo el hilo discursivo que amenazaba con no tener fin. A lo nuestro] Adonde quiero ir es al hecho de que las tradiciones políticas y organizativas de la izquierda de que se viene hablando, a no ser que se hayan pasado por la criba de una crítica rigurosa e inmisericorde – y creo que eso es una tarea por hacer – constituyen mucho más un lastre que un acervo útil para construir una organización que luche contra las incontables formas de dominación y explotación que se llevan a cabo en las sociedades capitalistas, agrupando a todas las clases y sectores subalternos.

Iglesias y Errejón eran conscientes de ello, máxime después del exorcismo que supuso el 15M. La diferencia que, en mi opinión, está en la base de sus discrepancias en aumento, es que Iglesias fue un comunista ortodoxo, militó bastante tiempo en las Juventudes Comunistas, que no es precisamente un ámbito dado al escepticismo, sino más bien un dispositivo disciplinario donde a los chavales llenos de entusiasmo y confianza se les graba a fuego en el corazón y en el cerebro los inmarcesibles dogmas del marxismo-leninismo. Por supuesto, Pablo evolucionó mucho y fue pensando por su cuenta, pero esa huella del comunismo clásico, con sus explicaciones dialécticas tramposas, con su obrerismo, con su respeto a las jerarquías y sus derivas autoritarias, no se borró por completo; ni de lejos. De hecho, Pablo llegó incluso a participar activamente en alguna de las cien mil ‘refundaciones’ de IU tras ese 15M que había sacado los colores y cercenado las esperanzas a la ‘izquierda auténtica’. La imposibilidad, no ya de conseguir, tan sólo de avanzar un paso más allá de cada patético acto refundacional de PC-IU (muchos discursos, muchos aplausos, Alberto Garzón y, a veces, Pablo Iglesias, exhibidos y mitin final de Cayo Lara) debió abrirle los ojos a Iglesias para dar el salto, aunque, como es sabido, las malas lenguas afirman que fue consecuencia de su ego humillado por la negativa rotunda de Lara  a aceptar las condiciones que le propuso para integrarse en la lista de IU en las europeas del 2014.

Errejón no fue nunca marxista; de jovencito – no quiero tomarme la facilidad multiuso de hacer algún chiste con ‘joven’ y ‘Errejón’ –, estuvo en organizaciones de corte anarquista, lo que por un lado es bueno, ya que se libró de adquirir esos tics estalinistas que todos los que hemos pasado por partidos leninistas llevamos dentro, justo al lado del niño que fuimos; por otro lado es malo, porque se absorbe un antimarxismo emocional y muy poco fundamentado. Ciertamente, ambos, Iglesias y Errejón, veían con claridad que los partidos de izquierda existentes no servían y que no se trataba de crear más de lo mismo, otro partido al uso, por mucho que pretendiera evitar los errores pasados. Sin embargo, y eso es lo que quiero remarcar, sus puntos de partida ideológicos fueron muy diferentes. Nunca dijeron lo mismo, por más que su alianza tras las europeas, que alcanzó el cenit en Vista Alegre I, fuese estrechísima; incluso es muy probable que durante mucho tiempo ni ellos mismos fuesen muy conscientes de la profundidad de su disenso.

Podemos lo creó Pablo Iglesias con el apoyo de Izquierda Anticapitalista, que, tras el escaso éxito de reeditar aquí el NPA francés, se apuntaba a un bombardeo. Intuyo, sin tener dato alguno, que por aquel entonces él no tenía nada claro fundar un partido y que aún se movía en torno a IU, quizá con la intención de constituir un polo de referencia político que la fraccionara o bien que disputara el poder a la vieja dirección. Íñigo por entonces jugaba un papel secundario. El casi sorpasso a IU cambio radicalmente la visión y las expectativas de ambos. Fue un acontecimiento, en la línea de San Pablo y Badiou. Es entonces cuando Errejón pasa a primer plano y se establece esa alianza que toma la forma de bicefalia, dos caras de la misma moneda; cuando en realidad había dos monedas. Dicho de otro modo, parecía haber una alianza estratégica, un único proyecto, pero se trataba de una alianza táctica, orientada a neutralizar a Anticapitalistas y, sobre todo, a acabar con la fogosa actividad autónoma que estaban llevando los círculos. O, ya puestos, a acabar con los círculos; que se convirtieran, como decía Monedero, siempre tan ocurrente, en un lugar para socializar, y, si eso, para ligar.

Una vez conseguidos estos objetivos, con la sanción de la Asamblea de Vista Alegre de hace dos años a una estructura piramidal (o, mejor, cilíndrica) ultrajerárquica y liderista, fueron emergiendo estas diferencias de proyecto, y la recién designada dirigencia de Podemos mostró maneras, pese a su juventud y en muchos caso inexperiencia, asimilándose pronto a uno u a otro referente y formando camarillas con una lógica de confrontación, de guerra de posiciones. En el siguiente post seguiré con el desarrollo de esa progresiva divergencia hasta llegar a la situación actual, cuando ya puede afirmarse que la rivalidad de Iglesias y Errejón, de pablistas y errejonistas, constituye la manifestación de algo que es y que no es una mera lucha por el poder (le he enseñado a Ilich esta frase; cada cuarto de hora le suscita reacciones opuestas; en una le parece puro materialismo dialéctico y en otras una patochada idealista. Cuando le contesté que las dos cosas, reaccionó del mismo modo dual a la respuesta; nos hemos metido en un bucle. Intentaré, también, explicar que quiero decir en próximos posts, a ver si este calvo achinado deja de insultarme).


PS. Apoyo la propuesta del compa Alba Rico de que el próximo Secretario General de Podemos sea el Pato Donald, aunque no saldrá porque es poco transversal.