sábado, 25 de abril de 2020




La UE nos va a salvar (2)


Continuo, conociendo ya las conclusiones de la Cumbre. Además de confirmar el paquete acordado por el Eurogrupo de préstamos por más de medio millón para responder a las necesidades inmediatas de la crisis sanitaria, el único acuerdo adoptado es vaporoso, consiste en aceptar la necesidad de crear un fondo de recuperación económica que comenzaría a funcionar antes del 2021 con una cuantía en torno a 1,5 billones de euros. Una cantidad semejante a la que pedía el non paper del gobierno español. Tan vaporoso que se le pasa el muerto a la Comisión para que sea ella quien lo concrete, tanto en el monto de dinero final como, y esto el lo importante, en la forma de financiarlo. En este punto es cuando el asunto se vuelve lioso, aparte de por su propia complejidad, por las cortinas de humo en economés  con las que se ‘informa’ a la opinión pública. Aunque tengo la sospecha, después de haber leido a Varoufakis y a Jamie Galbraith, de que la mitad de los políticos, incluyendo los ministros de economía, tienen preocupantes lagunas conceptuales (preocupantes porque, como diría Keynes, se convierten en esclavos de economistas que si saben, lo que controlan los discursos de saber-poder). 

Los periodistas económicos y asimilados describen la continuamente escenificada polémica entre los países ricos del norte y los menos ricos del sur centrada en la financiación de los fondos, donde  los del norte defenderían los préstamos y los segundos, las subvenciones. Ursula  Von der Leyen, la comisionada de la Comisión, ha afirmado tras la cumbre que se buscará “un equilibrio correcto entre préstamos y subsidios”; claro, la fórmula Ricitos de Oro: ni frio, ni caliente, sino todo lo contrario. Este relato conduce a escamotear el auténtico punto conflictivo. La UE, especialmente en la fase neoliberal que comenzó en los años 1980s es un tinglado que hace justamente lo contrario de lo que proclama. La UE en el curso de su historia crea un marco jurídico que favorece la acumulación y concentración de capital, en eso sí es ‘globalizadora’: respeta que el capital, lo mismo que el coronavirus, no conoce fronteras. Sin embargo, esa sublime misión idealista de construir una supranación europea, basada en el federalismo o lo que sea, donde naciones y pueblos conviven fraternalmente bajo el emblema ‘Europa’, es pura filfa, bullshit. 

Los Estados han sido y son el elemento central de la UE, y el cometido real, más allá de eslóganes propagandísticos, de ésta no es ir avanzando hacía su reconversión en un gran Estado unificado con mayor o menor autónoma de sus miembros,  sino establecer un sistema de relación entre Estados, y las sociedades correspondientes, que sirva a la citada acumulación a mayor gloria, medida en euros, de las grandes empresas, esta sí, multinacionalistas. Cada Estado va a lo suyo, respetando el diseño  jerárquico centro-periferia, y pugnando, dentro de esta lógica por conseguir la mayor tajada posible. Sorprenderse amargamente por la falta de solidaridad de los alemanes y holandeses es marcarse un capitán Renault. Los ricos sólo dan a los pobres el dinero que les sobra. Cuando les sobra, y no es éste el caso. 

El concepto principal que define lo que está en disputa es la famosa mutualización, que es muy simple, se trata de compartir los gastos o los pagos de deudas de todos en función de lo que tiene cada uno. Vendría a ser algo similar de cuando Voy a comer con mi hijo a un restaurante. El pide un chuletón y yo un huevo frito, porque él tiene más hambre que yo; yo pago la cuenta porque él no tiene dinero y yo sí. Probablemente, yo quiero más a mi hijo que Holanda a España (y, si les mentas al duque de Alba, ya ni te cuento). Pero, hay distintas modalidades; veamos cada caso. 
La mutualización de los eurobonos consiste en que cada Estado emite su deuda, no como tal Estado sino como miembro de la UE. No sé, porque no se han emitido aún nunca y son posibles varias alternativas, cómo se realizaría exactamente la emisión. Supongo que cada Estado emitiría su deuda como siempre pero con el aval explícito de la UE. Esto significa que si el Estado en cuestión no paga, se hace cargo la UE. La consecuencia es que se iguala el nivel de riesgo de los distintos países, por lo que la tasa de interés sería la misma para todos, una especie de promedio, desapareciendo la prima de riesgo interna; ello perjudica a países como Alemanía que tendrían que vender más barato (tipo de interés mayor) que si emitieran por su cuenta y favorecería a otros, como el nuestro, que verían bajar sustancialmente la tasa respecto a la prima de riesgo actual. Pero hay más, si si diera el caso de que el Estado español no pudiese pagar lo adeudado -cosa muy improbable, pero no imposible, al no tener soberanía monetaria (emisión de moneda propia)-, tomaría su obligación el avalista, la UE. Ésta tendría que responder con parte de su presupuesto (obviemos, por simplificar, soluciones como reestructurar la deuda por medio del BCE). Y resulta que ese presupuesto se constituye en sus tres cuartas partes por las aportaciones de los países, que son un tanto por ciento fijo (ahora es un 1,2%, es de suponer  subirá rápidamente). Así que todos los miembros de la UE habrían de contribuir a cubrir la deuda española.

Frente a la opción crédito parece levantarse la subvención. ‘Parece’, porque en realidad puede llegar ser casi lo mismo que la anteriormente descrita. Para conseguir un monto de dinero tan enorme como el que se baraja para el fondo de reconstrucción, la Comisión tendría que aumentar espectacularmente su presupuesto, el cual, como acabo de señalar, sale de las arcas de los Estados miembros en proporción a su PIB. Es decir, con una mano lo ingreso y con la otra lo extraigo. Aquí, la cuestión es como se iba a distribuir ese fondo entre los países. La idea de España, con la adhesión de Italia, Francia, etc., viene señalada en el non paper: “Debería [el fondo de reconstrucción] otorgar subvenciones a los Estados miembros a través del presupuesto de la UE en función de una clave de asignación nacional relacionada con el impacto de la crisis COVID 19 sobre la base de indicadores claros y transparentes, como el porcentaje de población afectada, la caída del PIB, el aumento del desempleo niveles, etc.” Es muy descarado que con este criterio España iba a salir muy gananciosa en cuanto aportación al fondo y subvención obtenida. Eso es, claro, lo que busca el gobierno con la formulación citada. Para entendernos, sería como ir a un garito con varios amigos, hacer un bote con aportaciones idénticas, y que unos tomen cervezas y otros gintonics de Bombay Saphire. Si somos todos muy troncos, no hay problema, pero si hay algunos que con o sin razón creen que los del gintonic siempre están poniendo la gorra, pues a lo mejor no están muy de acuerdo con lo del bote y prefieren el escote, aunque sea más cutre. 

Por último, la variante del fondo, en lo que se refiere a la financiación, expuesta en el non paper. La emisión de deuda perpetua. Como es sabido, este tipo de deuda se emite sin fecha de rendimiento, o visto de otro modo, con un vencimiento a un año y una renovación automática indefinida, ‘eterna’. Es decir, en la práctica sólo se pagan los intereses. Que, al igual que en el caso anterior, sería cubiertos, con el presupuesto de la UE para lo que tendría que aumentar su presupuesto. La diferencia es que no sería necesario un incremento tan drástico porque no es lo mismo amortizar una deuda de 1,5 billones, aunque sea a doce años, que pagar sólo sus intereses. Unos intereses que -esta claro que quienes diseñaron la propuesta de Sanchez son unos genios- se pagarían con la parte del presupuesto que no precede de las aportaciones de los  miembros, sino de una serie de impuestos, que sí tendrían  que incrementarse notablemente. 

Esta modalidad de la deuda perpetua es superior a la de los eurobonos, con mucho, para España. Y, a primera vista, para todos los países miembros de la UE. ¿Cual es el problema? Lo apunté ariba. De un modo bastante alambicado lo que se está proponiendo es un QE (Quantitative Easing), puro, un señoreaje a la antigua, pasando, eso sí, por los bancos privados que se llevarían un buen pico por el diferencial de intereses. Porque está claro -en el non paper lo insinúan solapadamente: “El BCE debe seguir desempeñando un papel clave para garantizar la estabilidad financiera mediante la liquidez”- que el BCE iba a financiarlo de facto creando dinero, en vez de darle a la manivela de las imprenta de billetes, como se havía antes, clicando  la opción de pantalla “aumentar reservas bancarias a tope”. De hecho, es probable que el BCE haya de cambiar, en previsión de lo que va a caer encima, sus estatutos y se autopermita comprar deuda pública directamente al emisor (mercado primario). Que conste que a mí, particularmente, me parece bien la deuda perpetua y mejor aún, la solución inglesa, por lo directo. El Banco de Inglaterra lo acaba de hacer sin pasar por zarandajas enmascaradoras de bonos del Tesoro y similares: ‘¿Cuanto dinero quieres, Boris? Vale te lo fabrico en un periquete’. Eso sí, lo apoyaria siempre y cuando, en lugar de Boris, estuviera, como mínimo, un Jeremy (que ya va a ser que, como el cuervo de Poe, nevermore). 

Veremos qué pasa. Imagino que esta asimilación a lo grande de la teoría monetaria moderna por el Bank of England (e incluso por la FED) habrá provocado infartos o pesadillas de weimerianas en Sajonia, en Baviera y hasta en Renania. Sin embargo, la señora Merkel, que está demostrando un nivel muy por encima de cualquier otro líder occidental, aunque sabe del terror de la burguesía a la inflación causada por las inyecciones estatales de dinero, y ella misma ha sido hasta ahora una ordoliberal convencida, es consciente de lo que se nos va a caer encima y de que hay que dejar de ordeñar a la vaca cuando está al borde de la muerte de tanto extraerla leche. Por eso, frente a Holandeses, austríacos, finlandeses, etc., se ha mostrado cauta e, incluso, misteriosa. No es imposible que la señora Van der Leyden, una merkeliana fiel, pueda dar una sorpresa dentro de dos semanas y proponer una combinación mágica que haría feliz a Ricitos. Veremos.



La UE nos va a salvar (1)


Seguramente, el debate más importante de la Economía en el siglo XX fue el llamado ‘Cambridge contra Cambridge’, sobre la naturaleza del capital. El jueguecito de palabras reside en que un Cambridge era ingles, y sus polemistas eran profesores de su universidad, mientra que el otro hacía referencia a la ciudad de USA en que se ubica el MIT (Massachussets Institute of Technology) y, por tanto, a sus profesores. Entre éstos se hallaban Samuelson y  Solow, ambos merecidos Nobel, y, por el equipo británico, Robinson y Sraffa, ambos sin Nobel; les está merecido, por rojos. Pues bien, esa mujer sabia que fue Joan Robinson escribió, en el texto con que se inició el debate, un párrafo de humor ingles paradigmático. Hablando de la función de producción neoclásica, en la que el capital, junto al trabajo y un tercer factor misterioso en el que no voy a entrar, son las variables independientes, es decir, directamente medibles, ironiza Robinson sobre la típica introducción de primero de carrera. El profesor explica con toda claridad las diversas formas de computar el trabajo y, cuando le toca el turno al capital “… se les dice algo del problema de los números índice involucrados en la elección de una unidad de producto, y luego se pasa a toda velocidad a la cuestión siguiente, con la esperanza de que [a algún alumno] no se le ocurra preguntar en qué unidades mide C. Antes de que llegue a preguntar, [el alumno] ya se habrá convertido en profesor, y así se transmiten de una generación a la siguiente los torpes hábitos de pensamiento.” 

 Ayer, me vino de nuevo a las mientes esta ingeniosidad de Robinson -me sucede con mucha frecuencia con textos de Economía mainstream-  al leer dos artículos de eximios economistas patrios, Juan Torres y Luis Garicano (ostras, iba a poner Garicano Goñi, qué tiempos), alabando, pese a ser uno de izquierdas y el otro de derechas la insólita propuesta que llevaba Sanchez que envió a la UE en un ‘non paper’ (que nombre más delicioso, es como el ‘esto no es una pipa’ de Margritte). En realidad el sarcasmo robinsoniano esta aquí un poco cogido por los pelos (es que me encanta). Torres y Garicano no confunden conceptos (en estos textos), sencillamente, se dedican a embrollar unos procesos que son, per se, un poco complicados pero que el argot economés convierte en entes herméticos. Mas que de incomprensión habría que hablar de bullshit, palabra inglesa que no tiene una traducción exacta en castellano, se necesitarían varias palabras aportando parte de sus significados. Un filósofo analítico americano, Harry Frankfurt dedicó un incisivo ensayo al asunto, y, en la traducción que leí lo dejaban en inglés. Puestos a elegir un sólo término, me quedo con ‘charlatanería’, entendiendo al charlatán no como aquel que habla por hablar, aunque lo parezca, sino que pretende algo con su desmandado torrente verbal.  Para los que teneis, pese a vuestra juventud, unos cuantos años: Manolo Moran vendiendo crecepelos o lo que se tercie.
Llevamos tres o cuatro semanas bombardeados por economistas y periodistas ‘expertos’ en economía con la insolidaridad de los paises centroeuropeos y nórdicos, con especial protagonismo del Alemania y, la ahora mala malísima Holanda -de la que hemos descubierto que es un ‘paraiso fiscal’, que práctica el ‘dumping fiscal’ como dicen los mas enteraos; ¡qué escándalo!, ¡aquí se juega!-.

Excurso: al igual que se ha creado con ocasión de la crisis el personaje del capitán apriori, que me parece un hallazgo feliz, aunque no siempre se emplee honestamente, propongo la figura del capitán Renault (éste ya viene con el grado puesto), ese inefable jefe de policía del Régimen de Vichy en Casablanca, que se indigna al hacerse público que el bar de Rick es un casino encubierto, cuando él lleva años cobrando una comisión por mantenerlo encubierto. Sigo 

 ¡No quieren mutualizar la deuda! Increible, ¿donde esta el europeismo? Si los países que constituyeron la Unión Europea, con la excepción de la muy venida a menos Francia, quisieran mutualizar la deuda, estaría de hecho, traicionando a los fundadores. La UE no se creó para eso, y, mucho menos, la unión monetaria y la libre circulación de mercancías y capitales sin restricciones cualesquiera. No es una cuestión moral, es el Mercado, amigo. Y es la pervivencia de los Estados, de las naciones que los vendedores de hojas de afeitar pretendían esconder con relatos fantasiosos sobre la globalización o la economía-mundo (me refiero a ciertos relatos apologéticos, no a los conceptos; un respeto a Wallerstein).

Los eurobonos o coronabonos (eurobonos específicos para enfrentar la crisis sanitaria y económica), como es sabido, son un instrumento de financiación en los mercados de deuda, consistente en que cada Estado emite deuda soberana cuyo acreedor, o avalista, según la modalidad, es el conjunto de los países del euro. Es un invento que estaría bien si la UE fuese algo parecido a un Estado plurinacional idílico, en el que los alemanes amaran y respetaran a los españoles tanto como los españoles a los alemanes. Como es sabido lo  Pero, resulta que la versión alemana de la película tiene su lógica (hasta su moral, ellos que son tan luterano-calvinistas). Para ellos, y es cierto desde su perspectiva ahistórica, los bonos mutualizados solo servirán para castigar la buena gestión económica, la de ellos, obligándolos a pagar unas tasas de interés demasiado altas y a socorrer a los morosos, que no iban a ser precisamente ellos. Sobre los latinos y PIGSs en general hay división de opiniones, unos nos llaman gorrones y otros, parásitos. 
Pues bien ahora el equipo económico de Sanchez a la vista de que no cuela lo de los eurobonos, aun llamándolos en plan dramático ‘coronabonos’, se marca un farol y aparece el bullshit para difuminarlo. Se trata de que ‘la UE’, se supone que la Comisión, emite deuda, mucha, entre 1 y 2 billones de euros, y con ella se crea un ‘Fondo de Recuperación Económica’ que repartirá ese dinero a modo de subvenciones, gratis total, entre los miembros de la EU, “en función de una clave de asignación nacional relacionada con el impacto de la crisis COVID 19”. O sea, para Italia, España y Francia más que para nadie. Y sin aumentar déficits ni deudas estatales. Como la UE no tiene ni de lejos dinero para avalar tal cuantía de pasta, solución genial, la deuda es perpetua y la cubre el BCE, directa o indirectamente. Para pagarle los intereses se aumenta el presupuesto de la unión y, tatachán, tatachán, todo arreglado. El ordoliberalismo aleman, si nos tomara un poco en  consideración, se sentiría más escandalizado por la propuesta -dos billones a fondo perdido– que, no sé, si les hubiésemos llamado nazis.

Seguro que los holandeses no se dan cuenta de la jugada, y compran el gordo de lotería del amigo tonto por 1.5 billones. Todo esto, además de ridículo, tiene el efecto, pretendido o no, de mantener engañada a la gente de a pie con historias de capitalismos buenos y capitalismos malos. El artículo de Torres tiene, finalmente, un aire entrañable. Después de dar muchos argumentos en favor de la proposición de Sanchez a la cumbre del Consejo, sobre lo bien que le vendría a la economía española para superar la crisis (claro), añade un inconveniente, que “sigue el camino de hacer esclavas de la deuda a las economías. Por esta última razón es por lo que creo que Alemania no va a aceptar la propuesta española tal y como se ha presentado.” O sea que estaría muy bien si fuera posible. Hombre, empieza diciendo que te mueves en el mundo de la utopía. Ya en un texto anterior señale cómo uno de los enemigos mas letales de cualquier planteamiento político transformador es el confundir el ser con el deber ser.

viernes, 3 de abril de 2020



1

Hay muchas voces desde los más variados sectores (no tan variados como parece y como ellos se autodefinen) acerca de que no es el momento de hacer críticas al gobierno; por dos razones: una que en estas circunstancias hay que estar unidos y dejar de lado las diferencias, otra, alternativa, que criticar al gobierno es hacerle el juego a la derecha.
Respecto a la primera, recomiendo la lectura, no difícil, de un opúsculo -ahora se llamaría un paper- muy conocido de Kant, ‘¿Qué es la Ilustración? Ahí, el rutinas de Köninsberg defiende, entre otras cosas, que un funcionario del Estado debe hacer siempre un uso crítico de la razón en tanto humano y un no uso en tanto funcionario. Ahora, todos somos funcionarios en lo que respecta al coronavirus. Y así debe ser. En mi caso, para no ir más lejos, no salgo a correr. No estoy de acuerdo con esa prohibición -por ejemplo, en Milán, donde las condiciones de aislamiento son más serias se puede-, pero la respeto al cien por ciento; podría burlarla con relativa facilidad y no lo hago. Sigo, pues, del modo más estricto todas las normas del decreto de alarma. Y, para quienes no cumplen esas normas, soy partidario de sanciones duras, especialmente, tan especiales como son los tempos que vivimos, duras. Sin embargo, como ser más o menos pensante, no cedo ni un milímetro de mi capacidad crítica acerca de lo que se está haciendo en el nivel gubernamental centralizado, el de la ‘autoridad competente’. No sé qué ganaría con mi sacrificio dell’inteletto. Acaso sembrar la desconfianza hacia nuestros gobernantes en una situación en que psicológicamente sería conveniente considerarlos infalibles. Siempre y en cualquier circunstancia rechazaré esa conveniencia.
El otro argumentario (argumentario: cadena argumental repetida por muchos no siempre habiendo reflexionado mucho, o poco, sobre su solidez) me produce sueño psíquico. Criticar al gobierno socialista por su manera de gestionar la pandemia en territorio español no implica, de ningún modo, suponer o plantear que un gobierno del PP lo habría hecho mejor. En mi opinión, lo habría hecho igual o un poco peor. Técnicamente, son igual de cenutrios, o de genios, si se prefiere. Políticamente, han actuado como agentes del R78, afirmación que trataré de fundamentar en sucesivos posts. ESo sí, habré de aceptar que cada aseveración crítica vaya acompañada explícitamente del “peor lo habría hecho un gobierno de derechas”. Estoy acostumbrado, en los 80-90s del siglo pasado, cada vez que atacaba el plan ZEN tenía, antes, durante y después, que manifestar mi desacuerdo total y rotundo con ETA. Entonces y ahora, me temo que sin ningún resultado.


lunes, 7 de enero de 2019



Capital ficticio y crisis capitalista



Capital 



  • Marx decía que el capital es una relación social. Con un poco más de detalle, yo lo defino como una institución social: un conjunto de prácticas sociales normativizadas, cada una de las cuales incluye relaciones concretas entre personas y entre personas y cosas, cuyo objetivo primordial es producir beneficios para aquellos que utilizan su dinero como capital: los capitalistas. 

  • El capital, en mi concepción, no es ese canónico ‘valor que genera nuevo valor’. El valor nuevo sólo lo crea el trabajo, tanto el trabajo pasado como el vivo. Y lo genera consumiendo (y, de algún modo, destruyendo) un valor igual al que se incorpora a las mercancías producidas. Son los trabajadores, trabajando, los únicos creadores de valor, y, por tanto, del plusvalor apropiado por el capitalista. El capital es un sistema social de redistribución del valor creado por el trabajo. 
  • El capital siempre se apoya en el mercado para generar beneficio (sea en las sociedades mercantiles modernas o en la parte mercantil de las sociedades antiguas). Lo hace por medio de intercambios mercantiles desiguales; que, como todo intercambio mercantil, son de suma cero. El plusvalor que consigue el dueño del capital tiene una contrapartida, un minusvalor idéntico, en perjuicio de un tercero involucrado en el proceso de Capital. Ese tercero es siempre, directa o indirectamente, en primera o última instancia, un trabajador. 
  • El esquema que Marx utilizó para el préstamo con interés, D - D’, es inconsistente, el dinero no pare dinero, siempre tiene que haber algo entre medias, el proceso del Capital. Sin embargo, o paradójicamente, por ello, el préstamo con interés –en sentido amplio, incluyendo, las acciones, y asimilando dividendos con intereses– es el modelo básico de todo capital. 
  • El esquema D - D’, que Marx utilizó para el préstamo con interés, refleja lo que llamo lógica del Capital. En ella lo que importa es conseguir un beneficio, y el procedimieno, lo que hay entre D y D’, es totalmente secundario. Siempre que, como dije, se halle institucionalizado. Si yo compro una navaja por D para llevar a cabo atracos callejeros no estoy invirtiendo en capital, por mucho D’ que saque. Aunque sobre esto habría mucho que hablar. 
  • Superpuesta a esa lógica del beneficio particular, habría una especie de teleológica, de fin de los fines: que el capitalista obtenga ganancias, es una astucia de la razón del Capital para conseguir su objetivo último: acrecentarse, en un sentido nietzschiano, de voluntad de poder. Estoy hablando de la acumulación de capital, compuesta de dos momentos funcionales: a) el valor del capital respecto al valor total se incrementar: concentración, b) el capital, globalmente acrecentado por los beneficios, se concentra en cada vez menos manos: centralización.

Capital ficticio 


  • Para Marx y seguidores ortodoxos, el capital ficticio se identifica con el capital financiero. Pero hay ahí un error categorial. El capital financiero, entendido como dinero que se adelanta y que ha de ser devuelto con un plus en calidad de remuneración por el hecho de adelantarlo, coincide extensionalmente con capital sin más adjetivaciones. La diferencia relevante es la que se da entre capital real y ficticio. 

  • El capital ficticio, es un tipo de capital, un subconjunto, que se caracteriza porque no genera beneficio; esto es, consiste en deudas que no se pagan, activos no rentables. 
  • El capital ficticio se inicia con un préstamo y acaba con un impago. Un esquema D - … Es decir, el capital ficticio, tarde o temprano, por mucho que se intente estirar su vencimiento, acaba desapareciendo sin rendir beneficios para el propietario del dinero D. Y, la mayor parte de las veces, éste no recupera ni el principal. 
  • Podría determinarse el rol económico del capital ficticio respondiendo a tres preguntas ¿Cuándo?, ¿cómo? y ¿para qué? 
  • Cuando. 
    •  A nivel micro, el capital ficticio, tal como lo he definido, es trivial. Ya sabemos que unos préstamos se devuelven y otros no, y que lo que gana uno, el deudor que no paga, es lo que pierde otro, el acreedor que no cobra. 
    • Lo que nos interesa aquí es el nivel macro, el conjunto de los capitales ficticios, y, en concreto, el papel que juega dentro de la dinámica global del capitalismo y de su evolución histórica. Para que el capital ficticio tenga una relevancia teórica hay que ligarlo, por un lado, con la problemática de las crisis periódicas generadas por el desarrollo histórico estándar del capitalismo y, por otro, con la de su evolución en el largo plazo. Eso que llamé ‘la fenomenología del capital ficticio’. 
    • La Economía marxista califica a las crisis periódicas –más o menos, las de los ciclos de negocio de Mitchell– de crisis de ‘superproducción’ o ‘sobreacumulación’. Siendo ambas expresiones correctas, creo que sería más iluminador llamarlas ‘crisis de sobregeneración de capital ficticio’. 
    • La idea es que, en el curso de la fase expansiva del ciclo del capital, se va creando capital ficticio de tal modo que, al alcanzar una, digamos, masa crítica, se interrumpe la acumulación y se da paso a una desacumulación. La caracterización más precisa, al menos desde la lógica del Capital, de las crisis-recesiones-depresiones es que son periodos en que se da una disminución neta de capital. Se sigue creando, en pequeña escala, capital incierto (probablemente, en su mayor parte ficticio) y se destruye, en gran escala, capital anterior que ya se revela ficticio. 
    • Veámoslo brevemente. Aunque siempre existen capitales ficticios, incluso en los mejores momentos de expansión, éstos empiezan a crecer y acumularse al final del ciclo. Los análisis de Minsky acerca de la inestabilidad financiera son aquí muy útiles, en especial cuando describe el paso de empresas cubiertas a empresas especulativas y, el de éstas, a empresas Ponzi, que marca el punto de inflexión en que la dinámica de los mercados reales –incapaces de alimentar a los financieros– da lugar a que la proporción de capital ficticio respecto al real comienza a crecer. Es el inicio de la creación sistémica de capital ficticio, del prolongar artificialmente la vida pagando préstamos con préstamos cada vez más exigentes. 
    • El proceso de realización in extremis del capital real, dicho de otro modo, de la minimización del capital ficticio, adquiere un carácter relevante para el conjunto del mercado en el periodo final de la fase expansiva, cuando el sobreendeudamiento da lugar a una deflación de deuda que precipita la crisis, al deprimir la demanda real. 
    • Respecto a la evolución del capitalismo en el largo plazo, me refiero aquí a la famosa ‘ley tendencial a la baja de la tasa de ganancia’. En mi opinión, quitando lo de ‘tendencial’, es una tesis básicamente correcta. ‘Básicamente’ significa aceptar dos enunciados: a) el incremento de la composición orgánica de capital origina, por sí misma (cæteris paribus), un descenso de la tasa de ganancia media de una economía; b) a largo, o a muy largo plazo, esta fuerza ha de acabar imponiéndose a aquellas otras que la contrarrestan. 
    • Así, por muy purgante que sea una crisis, la recuperación ulterior se inicia, salvo excepciones, con más deuda pendiente y con una composición de capital constante/trabajo mayor que la del ciclo anterior; en consecuencia, con una mayor dificultad para mantener las tasas de ganancia a costa de elevar las de plusvalor. Nos hallamos ante un problema de límites; tarde o temprano, las tasas de ganancia medias no permitirían reiniciar un ciclo de crecimiento y la reproducción ampliada del sistema productivo, base de la acumulación de capital, se encontrará con obstáculos insalvables. 
    • Pues bien, creo que ya estamos muy cerca de ellos. En una perspectiva histórica, la creación masiva de capital ficticio surge en la fase actual del capitalismo neoliberal globalizado como un factor estratégico. Y lo hace a través de uno de los fenómenos básicos de esta etapa: la financiarización. 
    • La financiarización es el espacio de existencia del capital ficticio en nuestros días y lo que le confiere el rol central que ocupa en la dinámica de las sociedades capitalistas. Me centraré en ella.

Financiarización


  • La financiarización, más allá de definiciones típicas, como ‘la primacía del capital financiero sobre el anterior hegemón, el capital industrial’, nos interesa aquí en su condición de conjunto de mecanismos de generación de capital ficticio. 
  • La financiarización se inicia a finales de los 1970s para afrontar una situación preocupante para el capitalismo: una superabundancia de liquidez en busca de beneficios, unas tasas de ganancia (TG) declinantes y una inflación elevada. La obsesión monetarista de la época en frenar la inflación impone subir drásticamente las tasas de interés, con la consecuencia de disuadir la inversión productiva (tipos de interés altos y tasa de ganancia bajas no es la mejor circunstancia para invertir en acciones). 
  • En estas circunstancias, la financiarización nace de la pretensión de que los mercados financieros ofrezcan una colocación con rendimientos satisfactorios a esas cantidades enormes de dinero (por ejemplo, los eurodólares europeos y japoneses y de la OPEP) que ya no puede proporcionar la economía productiva. Se trata de bypassearla. Por supuesto, es una pretensión ilusa, una mera huida hacia adelante, que, por añadidura, detrae recursos a esa misma economía productiva, la única que, aunque sea en última instancia, puede generar valor para pagar las deudas. 
  • El fundamento de la financiarización es la generalización de las prácticas especulativas en los mercados financieros y el aprovisionamiento de dinero en préstamo para llevarlas a cabo. Como es sabido, especular en bolsa o similar es comprar barato y vender caro aprovechándose de las expectativas del resto de inversores (en gran parte, especuladores) y de los movimientos de-oferta demanda de activos financieros causados por esas expectativas. 
  • El precio del capital, el precio de los títulos de deuda que lo representan, se constituye capitalizando el flujo de dinero que va recibiendo el capitalista, hasta que la deuda se salda en los términos acordados contractualmente. Y el interés es el precio del valor de uso del capital: el tipo de interés, el beneficio por cada unidad de moneda prestada. 
  • El inconveniente de esto tan bonito es que el capital se invierte en el presente y sus frutos se perciben en el futuro. Y, como todo futuro, es azaroso. Siempre existe la posibilidad de que el capital fracase, se muestre como ficticio. También, aunque finalmente sea capital real porque devenga beneficios, que éstos no cubran las expectativas del dueño del dinero. 
  • Inevitablemente, hay una incertidumbre subjetiva y un riesgo objetivo. La incertidumbre no se disipa, y el riesgo no se resuelve hasta el momento del reintegro. Es entonces cuando el inversor sabe, y lo goza o lo sufre, si era un capital real o una ficción de capital. 
  • El beneficio, o perjuicio, especulativo surge de la diferencia entre lo que el capitalista invierte y lo que recibe, menos el beneficio que realmente genera ese capital (el interés del bono, el dividendo de la acción). Si compro por 5, vendo por 10 y el capital ha generado un plusvalor de 3, mi ganancia especulativa es 2. 
  • Se compra cuando se piensa que un título está subvalorado y se vende cuando se cree sobrevalorado. Ocurre que comprarlo lo revalora y venderlo lo deprecia. No entraré en las tripas de todo esto, que es más un asunto de psicología de masas que de Economía.


Para qué el capital ficticio


  • La lógica del Capital, decía antes, es la de la acumulación continua, que consta de dos componentes complementarios: concentración y centralización. 

  • Respecto a la primera, la financiarización es claramente funcional, ya que crea capital. Que gran parte de él sea ficticio es algo que se sospecha, se supone o, incluso se sabe (y se calla). Pero en el presente sigue siendo capital a secas. Todo préstamo es un activo con un pasivo, real, o inventado, como el (llamado) dinero bancario. Pero esto es lo que cuenta. Todo dinero prestado es capital y como cada vez hay más dinero prestado, hay más capital. 

  • Caso distinto es la centralización. Puesto que lo que se paga por un título es la capitalización de un flujo futuro que se prevé, se espera, se desea, se teme, etc., la especulación parecería reducirse a unas transferencias más o menos aleatorias de valor, real o supuesto, entre capitalistas. Nos hallaríamos ante eso que se llama capitalismo de casino, un juego en el que un día se gana y otro se pierde porque los jugadores actúan a ciegas. Sin embargo, la centralización exige una redistribución de valor que, a medio y largo plazo, va siempre en el sentido de agrupamiento de capitales ¿Cómo, entonces? 
  • Concentración y centralización son el resultado de la competencia mercantil en un marco de poderes desiguales. La concentración de capital es el resultado de los intercambios sistémicamente desiguales entre capitalistas y trabajadores (lo que llamamos ‘explotación’); la centralización, el de los intercambios desiguales, históricamente determinados, entre capitalistas. 

  • Esto último explica que la financiarización también favorezca la centralización del capital por los grandes capitalistas. Distinguiré, entre ellos, dos tipos funcionales beneficiados por ella. Los bancos, por un lado, y los grandes inversores financieros –entre los que se incluyen también casi todas las corporaciones industriales–, por otro.

  • Los bancos crean cantidades ingentes de dinero bancario para prestarlo a inversores y obtienen beneficios de las diferencias entre tipos de su activo y su pasivo, y, sobre todo, de las comisiones. Para mejorar los márgenes de tipos, los bancos se centran en los créditos a particulares o a pequeñas empresas que no pueden financiarse en los mercados de capitales. El caso más representativo es el crédito al consumo con garantía inmobiliaria, que permite elevar los tipos hipotecarios más o menos al ritmo de la subida de terrenos y viviendas, esto es, muy por encima de las tasas de interés ‘normales’, basadas aproximadamente en las TG empresariales. Además, el riesgo ‘desaparece’ con la garantía inmobiliaria. Con todo esto se permiten conceder créditos a tipos altos a ninjas. 
  • Las comisiones han sido la fuente de ganancias preferida por la banca en los tiempos de financiarización. Se trata de aprovechar el continuo crecimiento de los mercados financieros para ofrecer servicios de intermediación (algunos lo llaman intermediación de la desintermediación previa). Cuantas más intermediaciones hagan, más ganan. Se benefician de situaciones de bajo riesgo con tipos de interés bajos o colaterales en proceso de burbuja. Aquí entran los instrumentos de ingeniería para titulizar préstamos ad nauseam en los que no puedo detenerme.

  • Decía antes que, sobre el papel la especulación financiera es equivalente a un casino. No es cierto; aquí hay inversores ciegos, pero también los hay tuertos; o, a lo Orwell, unos están más ciegos que otros. Los grandes señores o instituciones, fondos, financieros se autoconfiguran el escenario idóneo para especular provechosamente. La palanca son las técnicas de manipulación de los mercados que les proporcionan sus informaciones privilegiadas y la capacidad operativa que les confiere la enorme cantidad de capital que manejan. Trucan las bolas y ganan siempre. Son los tuertos. 
  • Y es que no encontramos con que el hecho de que el motor del mercado es una competencia hobbesiana de todos contra todos da lugar a una continua pugna de poderes. Pugna donde prevalecen los más fuertes, haciéndose con ello aún más fuertes; y aún más ricos.
  • Contra lo que muchos creen, o parecen creer, la financiarización no puede durar indefinidamente. La cuantía de los préstamos se incrementa ad infinitum, y además exponencialmente, por aquello de la magia del interés compuesto. Para que esto suceda hace falta mucha liquidez. El ahorro clásico juega aquí un papel menor, la financiarización se del apalancamiento con dinero bancario: un dinero que los prestamistas no tienen, sino que han pedido prestado a unas instituciones, los bancos, que, a su vez, se lo han inventado o, mejor, se lo han tomado prestado a los depositantes sin un consentimiento explícito de estos (o sea, una estafa). 

Neoliberalismo


  • Finalmente, la economía real llama al orden: hace falta una crisis que limpie el paisaje de basura ficticia. Como siempre. Pero de manera distinta. La financiarización ha creado tal volumen de deuda incobrable en su huida desesperada hacia adelante que la destrucción que se exigiría es inasumible. Inasumible para los que tienen poder para no asumir lo que no les interesa. El hecho es que, precisamente por el avance en la centralización del capital, gran parte de los deudores que no pueden pagar pertenecen al 1%, y gran parte de los acreedores que no van a cobrar, también. El resto son pequeñas empresas que quiebran y particulares a quienes se desahucia sin piedad. Castigados por dejarse engañar o, peor, ¡por codiciosos! 

  • Es el momento para la aparición, como deus ex machina, del Estado neoliberal. Se acabó (de momento) el laissez faire. No es que antes no estuviera en escena. Lo estaba, por pasiva, descuidando sus supuestas funciones de supervisión, y por activa, con unos bancos centrales extremadamente generosos en su función de prestamista de último recurso y muy comprensivos a la hora de diferenciar iliquidez e insolvencia, manteniendo así unos tipos de interés artificialmente bajos. El Estado había sido un agente favorecedor de la financiarización, pero con el pinchazo en serie de burbujas, ya no basta con ese papel discreto. Ahora toma el protagonismo enarbolando la siniestra consigna del ‘too big to fall’ y se lanza a rescatar a las grandes instituciones financieras, en quiebra técnica; prácticamente todos, con un pasivo hipertrofiado y un activo irreal e irrealizable. En esta situación, el capital ficticio es fácilmente identificable en los bancos, y en los estados financieros de muchas empresas: la suma de unos activos incobrables y unos pasivos impagables. 
  • La acción de la financiariación mundializada en un marco político y cultural neoliberales constituyen el régimen de acumulación de capital propio de nuestra época, la del ocaso del capitalismo, tal como lo hemos conocido. Lo que, me temo, no implica su sustitución por el socialismo. 










viernes, 22 de diciembre de 2017


21D. Cataluña
1. El eje soberanismo-españolismo se ha mostrado absolutamente predominante y no hay razones, excepto un colapso económico catastrófico, para que no vaya a seguir siéndolo durante mucho tiempo. Es totalmente natural, porque ante un conflicto político nítido y enormemente potente, el eje izquierda derecha esta difuminado. La derecha es cada vez más de derecha y la izquierda también; quiero decir, también más de derecha.

2. La resolución electoral del conflicto ha tocado techo. Con un increíble 83% de participación, y una movilización insólita del unionismo – los datos sobre participación en las diversas poblaciones asociados a sus preferencias políticas habituales permiten una conclusión inequívoca: el diferencial de votantes respecto a las pasadas elecciones se compone de una mayoría sustancial, no menor de tres a uno, de unionistas – sólo han conseguido arañar a los secesionistas un par de diputados. Teniendo en cuenta la terrible brecha, más bien un abismo, que se ha establecido entre los dos bloques, la relación, fluctuante pero siempre cercana al fifty-fifty, no se va a modificar a corto ni a medio plazo. Quizá habría que pensarlo, y como eventualidad, en términos temporales de generación. Mientras tanto, es muy improbable que, a no ser que se cambie la regla d’Hondt o la circunscripción electoral, el voto españolista del gran Barcelona, vaya a sobrecompensar las ventajas de las pequeñas poblaciones y el medio rural independentistas.

3. El sorpasso de JxCat a ERC refleja la decisión de amplias capas de la población catalana de no hacer tabla rasa de lo sucedido allí los últimos tres meses. La muy torpe campaña de ERC, con Marta Rovira hablando del fin del unilateralismo y Tardá poniéndole ojitos a Podemos, se ha topado con la convicción de que no hay que partir de cero, que hay que defender lo avanzado, aunque solo fuere simbólicamente. Una visión cínica sonreiría a la vista de tantos catalanes que consideran a Puigdemont, no el Molt Honorable President de la Generalitat, sino el no menos honorable president (interino) de la República Catalana; pero el cinismo, que yo recuerde, nunca ha movilizado más que a unos cuantos individuos, y siempre para trincar. No han sido sólo la CUP las que creen que hay que seguir un plan de desconexión basado en la ilegal ley de Transitoriedad. De hecho, y frente a los que aún creen en el eje social, derecha izquierda, como predominante en todo momento, me da la impresión de que JxCat le ha ‘quitado’ más votos a la CUP que ERC.

4. El triunfo de C’s es curioso. La inmensa mayoría de sus votantes son, evidentemente, catalanismofobos, pero no se entiende muy bien que haya habido tal desplazamiento desde el PP que, al fin y al cabo es el responsable de activar y aplicar el 155 que tanto les ha hecho gozar (otra hipótesis es que se trate de un castigo al PP por haberlo aplicado con demasiada suavidad). Puede ser un asunto de concentración de voto útil, pero también de un nuevo populismo de derecha donde el otro son los indepes; el tránsito tan espectacular del cinturón rojo del extrarradio barcelonés al cinturón naranja apunta por ahí.

5. Del PSC y CeC, poco hay que decir. Su marginalización e irrelevancia no van a conocer fin. La vieja y la nueva socialdemocracia ya no tienen nada que aportar en ninguna problemática social. Unos morirán de decrepitud y a los otros se los caracterizará de malogrado experimento.

6. Descartado que las elecciones vayan a resolver nada, queda la lucha política en la calle y en las instituciones. Una lucha que, obviamente, no tiene por contendientes a los dos bloques, sino al bloque independentista y al Estado Español. No obstante, ¡caveat Ciutadans!

lunes, 13 de noviembre de 2017




Los catalanes hacen cosas y son 
muy españoles y mucho presos


No hace falta ser Laclau o alguno de sus aventajados discípulos para saber de la importancia de manejar con eficacia el lenguaje publicado, y, más concretamente, de las asignaciones de significados a significantes. A raíz del encarcelamiento ‘preventivo’, primero de los Jordis y, más tarde, de ocho consellers del gobierno de la Generalitat de Catalunya, se ha emprendido una nueva batalla mediática por las palabras que, como sucede últimamente, es una blitzkrieg al mayor provecho de un Régimen, el del 78, en plena renovación autoritaria. El litigio semántico consiste en impugnar la caracterización de presos políticos a todos estos catalanes acusados de rebelión que, por la inercia del sentido común, se les concedió en un primer momento. Inmediatamente, los media se encargaron de expandir consignas -- con su argumentario incluido --, de rechazo de tal caracterización, consignas emanadas de los think tanks de los partidos del régimen y sucursales para que dirigentes, militantes y simpatizantes los repitan como loritos sin entrar en ningún momento a cuestionarlos, y, en muchos casos, sin siquiera comprenderlos. Ya sabemos que un argumentario es la antítesis de un argumento: elaborado por otros y no sometido a crítica.


Para las capas más superficiales y subpolitizadas, y para cuñados en general, se inventó un retruécano que produce vergüenza ajena: no son presos políticos, son políticos presos. Claro, y Díaz Ferrán es un empresario preso, pero no le entrullaron por ser empresario, sino por robar. Y Marcelino Camacho fue un metalúrgico preso, y además un preso político. Esos jugueteos de sustantivos y adjetivos son pueriles, pero se ve que a algunos les parecen el no va más de la sutileza intelectual. Pasemos a algo serio, la segunda linea de pertrechamiento polémico que consiste en la negación de que los Jordis y los consellers sean presos políticos. Antes de continuar, propondré una definición que creo bastante amplia y poco objetable de preso político: ‘aquella persona privada de su libertad por haber cometido – presuntamente, o según una sentencia judicial – un delito de índole política’, siendo un delito de índole política 'toda transgresión del Código Penal positivo cuya intencionalidad y objetivo es cambiar, en mayor o menor grado, la organización sociopolítica vigente”. Esta concepción es moralmente neutra, que haya presos políticos no es en principio ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y los presupuestos valorativos. Puedo estar de acuerdo o en desacuerdo con que condenen a prisión a tal o cual persona sin que ello me haga dudar de que será un preso político. Así, que me pareciese muy bien que encarcelaran a Tejero o a Rodriguez Galindo, no impidió considerarlos presos políticos. Otro ejemplo: Roldan no fue un preso político, pero Vera y Barrionuevo, sí, por mucha repulsión que nos susciten los GAL.


Desde esta visión genérica, en la que sin la menor sombra de duda tienen cabida los Jordis y los consellers, cuestionaré los planteamientos que rechazan su consideración de presos políticos. En concreto me referiré a los dos más utilizados, empezando por el más simple y menos cargado de ideología, aunque más de tontería. Consiste en reducir los presos políticos a los llamados 'presos de conciencia', los encarcelados por 'sus ideas'.  Se construye entonces un argumento que me retrotrae nostalgicamente a mis muy lejanos estudios de Lógica, porque está pidiendo a gritos ser formalizdo como silogismo. Así que – perdón si me pongo un poco estupendo – tenemos:

- Premisa mayor: Todos los presos políticos son aquellos a quienes se priva de libertad por tener determinadas ideas

- Premisa menor: Ninguno de aquellos de los que hablamos (los Jordis et alii) está en la carcel por sus ideas (el escrito de acusación de la fiscalía no dice nada de ideas)

- Conclusión: Ninguno de aquellos de los que hablamos (los Jordis et alii) son presos políticos


Un camestres pura sangre. Es sabido que para que la conclusión sea verdadera debe deducirse de dos premisas ciertas. Aquí, la premisa menor es cierta y la conclusión es correcta formalmente, esto es se infiere de las premisas. El problema es la premisa principal. Si fuera falsa, la conclusión también lo sería. Pero es que ni siquiera es falsa; es inverificable, lo que, en Lógica, equivale a carente de sentido. En efecto, a nadie se le puede enchironar, y tampoco recompensar, por lo que piensa porque es imposible conocer lo que piensa. Es el famoso problema filosófico de las ‘otras mentes’, de honda raigambre epistemológica, y en el que, tranquilos, no voy a entrar. Grosso modo, a nadie se le empapela por pensar que el comunismo es el horizonte de la liberación humana, el delito sería decirlo, y lo sería porque se supone una intención propagandística y proselitista orientada a subvertir el orden (aunque sea todo a niveles micro). El delito no es, pues, pensar, sino actuar, en este caso: decir. Si los presos políticos lo fueran en virtud de sus más o menos deletéreas ideas no habría ningún preso político ni en la más férrea dictadura. Así que cuando nuestros compatriotas españoles y mucho españoles sentencian con gravedad “En este país nadie va a la cárcel por sus ideas”, habría que hacerles notar que, en efecto, ni en éste ni en ninguno.

El otro criterio para separar a los presos políticos de los no-políticos es mucho más sutil y contiene una carga de profundidad ideológica impresionante. Se basa, no en la naturaleza de los hechos, sino en la naturaleza del Estado que impone las privaciones de libertad, y asevera que en las democracias no existen presos políticos. Quizá la formulación más cruda se la he leído al conocido y ya jubilado catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez-Royo; pese a que, en general, se ha mostrado muy crítico con las prácticas jurídicas mediante las cuales los muy unificados poderes de Estado han pretendido solucionar su contencioso con Cataluña,  Pérez-Royo publicó un articulo en eldiario.es del ocho de noviembre que comenzaba con el siguiente, y, para mí, asombroso párrafo:“En España no es que no haya presos políticos, sino que no puede haberlos. Presos políticos y democracia son términos incompatibles.” Dejemos a un lado la muy discutible caracterización del Estado español como democrático, que él mismo advierte, al añadir a modo de excusatio non petita: “ … no creo que pueda existir la más mínima duda de que España es un Estado democrático. Así se reconoce de manera generalizada. Más todavía: no ocupa un mal lugar en los rankings de los países democráticos confeccionados por los centros y organismos internacionales más reputados en este terreno”. Da igual, aceptemos, al modo de aquel anuncio del pulpo y el animal de compañía, a España como democracia. Lo que interesa aquí es la idea de que las actividades no legales, por más que vayan encaminadas a alterar el orden sociopolítico establecido, si este es democrático, no son políticas. La legalidad marca el límite de la política. Y que esa legalidad se halle legitimada por darse en un marco político democrático es pura trivialidad – ¿que Estado no se autodesigna democrático desde hace setenta años? Suele objetarse que las constituciones democráticas establecen cauces para promover legalmente cambios sustanciales, pero en la realidad – como se ha visto con el caso catalán – los constituyentes acostumbran a blindarla por la vía de los hechos, por ejemplo exigiendo mayorías que, prevén, no se van a dar nunca. Todos los sistemas políticos tiende a conservarse y ello implica que se protegen frente a aquello que pone en peligro su estabilidad. La sedicente Democracia de los países modernos – que no es sino una oligarquía de clase con elecciones controladas – se revela, entonces, un espacio totalitario, omniabarcante. Niega la Política, porque niega un exterior a ella, cuando toda política es, precisamente, ese juego conflictivo de poderes entre interior y exterior (Rancière hablaría – y yo estoy de acuerdo con él – de Policía y de Política).

A esta luz cobra sentido tanto empeño en evitar el adjetivo ‘político’ aplicado a reclusos. Porque si, como hemos visto, en una democracia no puede haber – ex definitione, como enuncia sin rubor Pérez-Royo – presos políticos, a la inversa, si hay presos políticos, no hay democracia. Se constata la tosquedad de un discurso meramente ideológico al que se le ven todas las costuras. Todo es declarativo, – ‘esto es una Democracia’, ‘esos no son presos políticos’ –, y de su eficacia performativa se encargan unos medios que, como aparatos ideológicos de estado que son, han de detentar una condición de monopolio sin oponente relevante (igual que existen el ejército, la policía nacional y la guardia civil, pero no constituyen tres, sino un único aparato represivo del Estado monopolizador de la violencia, existen el ABC, el Mundo y El País, todos ellos manifestaciones diversas – pretendidas muestras de pluralismo – de un mismo poder de Estado-Sistema construyendo hegemonía cultural).

Sin embargo, el ubicuo rechazo a denominar a los consellers presos políticos no genera lo que debería ser su consecuencia inmediata, tildarlos de ‘presos comunes’. Nadie propone eso porque lo que se propone, insinuada y oblicuamente, es algo más grave: convertir el preso-no-político-pero-tampoco-común en una no-persona, o con más exactitud en una persona que es en sí, por su empecinamiento en atacar lo político – el ordenamiento jurídico-estatal –, impolítico. Un sujeto a quien aplicar un derecho penal de autor, (o de ‘enemigo’ como con sutileza jurídica precisó Günter Jacobs,quien acuñó el término y su concepto de un modo crítico, pero que con el tiempo y el 11S acabó cogiéndole el gusto). Porque no se hace el mal, se es él mal. La cosa viene de lejos. Por ejemplo, Kant, tan querido a los Fernandez-Liria y amiguetes, que lo proponen para máximo inspirador teológico-teórico de Podemos, como alternativa a Laclau y a Marx. El rutinario de Königsberg contempla dos tipos de miembros de la especie humana, aquellos que viven en estado de naturaleza y quienes se hallan en un estado ciudadano-legal. Cuando éstos delinquen se les debe castigar según el acto ilegal cometido, porque hay un contrato tácito (no muy libre, ciertamente) de aceptar la ley y el castigo derivado de su transgresión. Incluso si la infracción es perpetrada por un extranjero, no sujeto a ese ‘contrato’ nacional, se le ha de juzgar y sancionar de igual modo porque se supone que, en su país, es también un ciudadano, y la ciudadanía es universal. A diferencia de éstos, quien explícita y patentemente se enfrenta al ordenamiento jurídico, en esa lógica kantiana (no sólo, Hobbes, por ejemplo, dice algo parecido, a su manera) no comete un delito, sino que pasa a estado de naturaleza. El delito es él mismo. El delito, entonces, es ser catalán independentista, todos ellos son delincuentes por el hecho de ser quienes son; si no han cometido delitos todavía, sedición, rebelión, burla y befa de la Sagrada Constitución, los cometerán más pronto que tarde; lo llevan en la sangre. 

La cosa no es tan sencilla y llevaría muchas páginas desarrollarlo y argumentarlo. Pero no creo ir descaminado. Piénsese en las analogías con el tratamiento legal a los terroristas, presos no-políticos por antonomasia. Gente autoexcluída, voluntariamente situada en un estado de naturaleza prepolítica a lo Kant y, por tanto, sin los derechos de que gozan los ciudadanos de la polis. En las democracias, solo hay presos comunes, aquellos que han perjudicado a particulares, les han matado, le han robado, etc. Quienes se enfrentan al todo, al Estado, no cometen delitos comunes, pero tampoco políticos – nada político es delictivo en Democracia–, están presos en cuanto enemigos ontológicos; presos sin adjetivos.

Por ahí van los tiros de una campaña tan excesiva por lo que parece una sutileza semántica que están desarrollando los voceros del Régimen. Porque han creado un imaginario idílico en el que no caben los presos políticos y han establecido la implicación ‘si hay presos políticos no hay Democracia’. De paso, pretenden matar dos pájaros de un tiro. Al margen del procés, es evidente que el Estado español en manos de la derecha, y sin apenas oposición de la llamada izquierda, está llevando a cabo un recorte de libertades claramente involucionista. En esas condiciones es natural que se hable con mayor o menor rigor y, a veces, con manifiesta exageración, de una vuelta hacia el franquismo. La idea de nuestras élites es aprovechar el shock catalán para reforzar el consenso metiendo en el mismo saco al franquismo y a los presos políticos. Y para el buen fin de esta tan burda y reaccionaria maniobra de adecentamiento del putrefacto Regimen del 78 han aportado su colaboración algunos encarcelados por el franquismo. Arrogándose una representatividad de la que carecen, el ínclito Julián Ariza y unos cuantos más han proclamado ante todo micrófono que se les acercaba a la boca que ellos sí que eran presos políticos y que aquello sí que era una dictadura, no lo de ahora, una Democracia y unos golpistas justamente entre rejas. Alberto Garzón, que cada día desciende un pasito camino del séptimo círculo dantesco, pena de chico, afirma que se le hace difícil pensar en Junqueras como preso político, que él tiene en la cabeza a Marcos Ana. Hombre, si marcos Ana es el modelo, si hay que haber estado treinta años en la cárcel para ser un preso político, nadie más lo ha sido en este país. 

Debo decir que me parece repugnante, políticamente, la actitud de los que se han prestado a esto. Yo fui un preso antifranquista y no me imagino a nadie que me represente menos que Ariza hablando en nombre de todos nosotros. Se me olvidaba decir que fui un antifranquista que no sacó ninguna ventaja material posterior por el hecho de haberlo sido; y no quiero seguir por ahí. Menos mal que hay gente decente como los de la Comuna, que, ademas de luchar porque se haga justicia, ya más con los represores que con los represaliados del franquismo, y no por conseguir alguna indemnizacioncilla, sacaron un comunicado de solidaridad con los Jordis y los consellers, denominándolos, explícitamente y varias veces, ‘presos políticos’.

Los medios españolistas, en su absoluta desvergüenza, que no ven inconveniente alguno en defender una cosa un día y la contraria al siguiente, si así de cambiantes son los intereses de sus amos, ahora está muy contentos porque Carme Forcadell ha ‘aceptado’ el 155 ante el juez del Supremo. No opinaré aquí acerca de la conveniencia ética o política de explicitar, como parece ser que hizo Forcadell, a diferencia de la declaración de los consellers una semana antes, el acatamiento de la Constitución del 78, el reconocimiento de la licitud del 155 y la renuncia a promover vías unilaterales para la independencia de Cataluña. Y no lo hizo, precisamente, por convicción, sino porque alguien le había hecho saber que iba a conseguir un tratamiento mucho más benevolente por parte del juez. El hecho relevante es que se puso en escena un montaje de retractación y sumisión futura bastante parecido a los actos de fe de la Inquisición, lo que confirma la tesis que sostengo acerca del derecho penal de enemigo, no ya distinto del derecho penal democrático y garantista, donde sólo se juzgan delitos pasados, no casos de conciencia ni propósitos de enmienda. Que la canallesca mesetaria haya anunciado jubilosamente la deposición de Forcadell como un acto de abjuración del independentismo unilateral (el único posible) pone de manifiesto una vez más que todo aquí es político: las actividades por las que han sido puestos ante la justicia española una serie de personas, la conducta de los fiscales y jueces de la Audiencia y el Supremo, incluyendo, por suspuesto, la libertad condicional de unos y la prisión provisional de otros y el manejo por los distintos aparatos culturales – de uno y otro bando – de todos estos hechos. Y lo más importante, la conciencia general: todos sabemos que los Jordis y los consellers son presos políticos, lo saben quienes dicen lo contrario sabiendo que mienten, lo sabe hasta Amnistía Internacional (vaya papelón que están haciendo en este asunto).

sábado, 30 de septiembre de 2017




La de mañana es una fecha que señalará un hito en la historia contemporánea de Cataluña y, por tanto, de la España actual. Suceda lo que suceda, es el inicio de una nueva fase en el proceso del encaje o desencaje de Cataluña en el Estado español. Por supuesto, el desarrollo de la jornada determinará en gran medida los derroteros siguientes. Creo que no me equivoco si vaticino que el desencuentro es ya irreparable al menos en varias generaciones y que antes de llegar a una improbable conciliación Cataluña dejará de formar parte de lo que se siga llamando España (suponiendo una mínima estabilidad política a nivel mundial y que el cambio climático no eleve las aguas del Mediterraneo hasta el Montseny). Que la derecha española haya actuado como lo ha hecho va de suyo, es lo que se espera de una de las derechas más reaccionarias de Europa, una derecha que quiere construir una nación imposible y que no puede hacerlo, desde su concepción del mundo, sino echando mano de dictaduras o fascismos. Creo que la historia del siglo XX no arroja muchas dudas al respecto.

Quien me duele es la izquierda, la autodenominada izquierda, en la que cada día me reconozco menos. Con excepciones, claro, su incapacidad para entender lo que ha pasado y pasa en Cataluña, su pereza teórica, sus dogmas de catecismo estalinista, no saber ni siquiera reconocer un pueblo – muchos ni siquiera saben distinguir entre un concepto político como pueblo de otro, población, geográfico – que se autoconstituye como fuerza soberana, o lo intenta, con sus errores, sus inconsistencias y sus contradicciones, todo eso y muchísimo más ya no es que la descalifique como fuerza transformadora en un sentido emancipador, necesariamente anticapitalista, sencillamente, certifica su defunción. Que, cuando la historia se les pone delante, sigan buscando al proletariado-dictador; como no lo encontrarán, ya tienen excusa para su inoperancia. Va a ser duro ser el excedente, lo que quedará en esta ampliada Castilla miserable, antes dominadora, que, envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora.