sábado, 2 de mayo de 2020



La trinchera de los balcones (3)



La politóloga Chantal Mouffe, siguiendo en parte a Carl Schmitt, distingue dos formas de encarar el conflicto que subyace a toda política: el agonístico y el agónico. A partir de esta visión de que la política es, en lo esencial, el tratamiento de disputas entre colectivos que se agrupan por mantener o acabar con algún tipo de privilegio respecto al otro, habría, grosso modo,  dos formas de abordar el conflicto inmanente. La guerra y la política; dos marcos de acción colectiva entre las que hay un continuo, que yo, en la estela teórica de Clausewitz y Foucault, considero bidireccional. 

El antagonismo es la guerra. Guerra en un sentido amplio y no necesariamente bélico; puede ser la guerra (lucha) de clases marxiana, donde el proletariado ha de aniquilar a  la burguesía, como clase, para poder vivir dignamente, y entonces ya no como clase, sino como una comunidad de personas libres e iguales. Es decir, el conflicto antagónico enfrenta a dos bandos donde cada uno de ellos no da por legítima la existencia del otro, en tanto que supone que sólo puede subsistir si el otro desaparece. También aquí el concepto de desaparición no ha de tomarse en un sentido necesariamente físico, sino más bien político, puede ser la exclusión de uno de los grupos de la vida pública, del juego de poderes. Por ejemplo, la materialización de la democracia ateniense del siglo V a.E.C, conllevaba el tratamiento antagónico de los esclavos. 

El agonismo, por el contrario, organiza la coexistencia de grupos constituidos en torno a un conflicto dentro de una estructura institucional común. Esto exige un reconocimiento de cada parte al derecho a existir, física y políticamente, de la otra. También, aunque esto es ya problemático, una cierta identificación, aunque sea parcial y acompañada de otros elementos separadores; pensemos la conciencia emocional y racional de ser miembros de la misma nación. La política agonista puede implementarse de varias formas. La democrática pluralista mantiene el conflicto, pero lo suaviza y lo encauza mediante consensos y acuerdos parciales entre las dos partes en contradicción. Vayamos, con este ligero bagaje, a nuestra historia reciente.

Durante treinta y nueve años, desde el golpe de Estado militar hasta la muerte de Franco, este país vivió en guerra, los tres primeros años de conflicto bélico formal y los treinta y seis siguientes de una dictadura que negaba toda posibilidad de existencia civil a la izquierda, cristalizando así  el antagonismo entre las dos Españas al negar toda posibilidad de existencia civil a la izquierda.

Tras la muerte del tirano ya no era posible continuar la guerra -la paz de los muertos, esa respuesta genial a la machacona propaganda del Regimen franquista autoproclamando ser quien trajo y mantuvo la paz en España. Había llegado el momento de la política, de pasar de un régimen de antagonismo a otro de agonismo y de otorgarle, dadas las relaciones de fuerza internas y las circunstancias geopolíticas exteriores, la forma de democracia. Había que dar voz a los silenciados, como diría Rancière, dar parte a los sin parte, contar con los incontados. Como diría algún que otro politólogo, había que establecer un nuevo ‘contrato social’. 

Tarea no precisamente sencilla. Y se presentaba un problema añadido. Al elegir como nuevo marco político una democracia formal, se optaba implícitamente por uno de los bandos, el que había defendido la democracia y el Estado de Derecho, materializado en la II República, frente a quienes, de modo expreso, se reivindicaron antidemócratas y construyeron un Estado corporativo en las antípodas del Derecho liberal y de la democracia típica de los Estados de nuestro entorno geográfico y cultural (no, 'orgánica' no se acepta como anima de compañía de democracia). De algún modo, pues, el establecimiento de un régimen democrático era un restablecimiento y suponía algo que la derecha española captó con lucidez como un grave peligro (para ella) que era necesario evitar, que la proclamación de la democracia le daba la vuelta al resultado de la Guerra Civil, que los rojos, finalmente, habían vencido. Y tenían razón: eso habría representado la Ruptura frente a la reforma, y, por lo que se vio, nadie, de las viejas y nuevas élites, estaba por ella.

Hay que reconocer, en loor o en disculpa de los Carrillos, Gonzalez y cia (y CIA) que el embrollo a que tenían que dar una solución era de magnitudes cósmicas. Desde el punto de vista  socioeconómico y geoestratégico, había que mantener y reforzar el capitalismo y alinearse sin ambigüedad alguna con USA en la Guerra Fría, lo que se concretaba en la incorporación a la OTAN. Ambos, posicionamientos contrarios a lo que defendía el movimiento obrero y amplios sectores de clase media radicalizados. En cuanto a la política interna -el ámbito de libertad que nos dejaban nuestros ‘aliados’ internacionales-, se trataba de, con esos prerequisitos de capitalismo y atlantismo que ya lesionaban a una de las partes, crear un espacio jurídico-político agónico, que superara el antagónico del régimen franquista. 

Tan peliaguda tarea se desarrolló, como es sabido, mediante una negociación, y la ejecución coordinada de lo acordado, llevadas a cabo por élites, dirigentes de partidos tradicionales (izquierda) o nuevos (derecha) que se arrogaron la representación de esas dos Españas que habían de coexistir en un plano de igualdad política formal e imaginaria. En primer lugar estas élites necesitaban trabajar con libertad, sin presiones o interferencias y, menos aún, contrapoderes provenientes de instancias exteriores a sus conciliábulos. Así, se aprestaron a conseguir la mayor pasividad posible quienes podrían cuestionar sus acuerdos, unos la del ‘bunker’ fascista y otros la del movimiento obrero y de la entonces no insignificante ‘extrema izquierda’. 

Otro factor importante era la relación de fuerzas entre esas élites, particularmente entre las que representaban a las izquierdas y las que hacían lo propio con las derechas (no puedo detenerme aquí en las internas a cada bando). Como dijo felizmente Vazquez Montalban, ‘la correlación de debilidades’, señalando que lo que les movía a unos y otros era más el miedo que la afirmación de su poder sobre el otro. Mi impresión de entonces, en plena lucha anticapitalista, y la de ahora, en plena aceptación de las muchas derrotas que me ha tocado vivir, es que la burocracia del PCE y la tecnocracia de los jovencitos ‘socialistas’ de Suresnes temían tanto, si no más, a las masas de trabajadores en progresiva radicalización  que a los franquistas. No obstante, Intentando ser de nuevo justo con los líderes comunistas y socialistas de entonces, que tantas ruedas de molino hicieron tragar como si fueran dios bendito a las clases populares de este país, debe reconocerse que los 'reformistas de la derecha tenían un as en la manga, la amenaza de un golpe militar. Creo que de aquí derivan las otras dos grandes concesiones -otros, más entusiastas, las llamarán ‘traiciones’- junto a la económica (capitalismo) y la geopolítica (OTAN), de la Sagrada Transición: la monarquía y la unidad de España (en realidad, PCE y PSOE son partidos esencialmente jacobinos, y de ello tenemos confirmaciones muy cercanas), pero creo que entonces, al menos en el PCE y soleturas aparte, sí había gente que reconocía la existencia de las naciones vasca y catalana y defendían sinceramente el derecho a su autodeterminación).

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jueves, 30 de abril de 2020



La trinchera de los balcones (2)


Leí ayer, después de publicar el post, un articulito de El País titulado “Vox quiere acabar con los aplausos de agradecimiento a los sanitarios”. No ofrece ningún dato sobre la influencia de Vox en las caceroladas, más allá de que se ha sostenido esta postura en elToro.tv, que pertenece al grupo de Intereconomía, y éste es de Ariza y Ariza es de Vox. El citado artículo debe corresponder a la ración diaria de collejas que el País atiza a Vox, mera rutina. Sí me vale para reforzar la sensación que tengo del progresivo reemplazo de aplausos por cacerolas, pero tengo dos objeciones respecto a lo que dice El País. La primera es que, en mi opinión, no se quiere acabar con los aplausos, sino, integrarlos y, por utilizar un término de moda, resignificarlos. Es un proceso muy sutil y muy característico de la expansión de los populismos en general, y de los populismos de extrema derecha, en particular. Escribiré sobre ello en otra ocasión porque aquí ocuparía mucho espacio y desbordaría el asunto específico que trato. El segundo reparo es que, aunque Vox, el aparato de partido ultrajerarquizado de Vox, lo vea con muy buenos ojos, no creo que se trate de una táctica de partido elaborada en alguna reunión orgánica, sino que obedece más a la forma de pensar y de actuar de la extrema derecha populista o parafascista. Esto es, que, tomando el término con mucho cuidado, puede decirse que se trata más de un fenómeno espontáneo que inducido por un partido concreto; además del hecho de que miles de militantes y votantes del PP, estoy seguro, participan entusiásticamente en la cacerolada. 

Continuo el hilo de ayer.

Resumiendo lo anterior: en unos momentos tan llenos de pathos como los que estamos viviendo surgen unos sentimientos muy dignos y respetables y, de éstos, unas acciones, que, primero el gobierno y después la derecha manipulan más o menos descaradamente para llevar el agua a su terreno. En los barrios donde predomina, la derecha gana; en aquellos en que, sin ser necesariamente de izquierdas, la derecha militante es escasa en número, no gana nadie, porque esa transición subrepticia desde el ser humanos a ser españoles y, de ahí, a ser españoles de bien y, por tanto, contrarios a este gobierno de bolivarianos asesinos, no puede hacerse en sentido contrario, en un sentido, digamos, de izquierda.

Hagamos un ejercicio de imaginación. En lugar del gobierno PSOE-UP hay un gobierno PP-Cs con apoyo de Vox, como en Andalucía. Ese gobierno no gestiona mejor la crisis sanitaria que el actual, de hecho, lo hace casi igual. Seguramente, la oposición de los partidos de izquierda es menos lenguaraz, menos trol y abyecta que la que estamos sufriendo en el mundo real, pero estoy seguro de que es también bastante feroz. ¿Que pasaría en los balcones? Pues que en los barrios donde hubiera más presencia militante de los partidos de izquierda habría pancartas críticas con el gobierno y que se harían caceroladas para pedir su dimisión. Eso sí, con la diferencia de que lo harían a otra hora, respetando los aplausos a los sanitarios y no mezclándolos con la percusión de los cacharros, porque la catadura moral del derechista medio y la del izquierdista medio no son iguales. Sí, ese banderín de enganche resentido de los fachas que es indignarse ante la supuesta ‘superioridad moral de la izquierda’ no es arbitrario. 

Al asimilar, con excepciones, el comportamiento real de la oposición de derecha con el hipotético de una oposición de izquierda no pretendo hacer una exhibición de equidistancia. El Espagueti Volador me libre. Sólo fundamentar mi análisis ya descrito someramente en algunos posts anteriores, sobre el tipo de gobernabilidad estratégica que pergeñó el R78. Hay un hecho que nadie podrá negar que dividió a los españoles en dos bandos enfrentados, stricto sensu, a muerte: la Guerra Civil del 36. Obviamente, hay una larga historia detrás, pero no me voy a remontar a la expulsión de los moriscos o a las guerras carlistas. En aquellos momentos la población española se dividió en dos fracciones bastante similares en cuanto al número, y durante tres años una combatió contra la otra, en el frente de las armas, y también en el de la propaganda: cada bando demonizó al otro. La masacre terrorista de rojos en los primeros años de la posguerra y la ideología y la represión franquistas hasta la muerte del tirano tampoco ayudaron mucho para sofocar el miedo y el odio de una parte (ambos justificados en mi opinión) y el desprecio y la deshumanización de ‘los rojos’, por la otra (algo menos justificable pero perfectamente explicable). La campaña de la reconciliación nacional que iniciaron los carrillistas ya en la década de los 1960s fue una broma, o quizá una jugada táctica para preparar a sus huestes al amargo camino de los abandonos.
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La trinchera de los balcones (1)


Algunas amigas me alertaron hace unos cuantos días que los aplausos de las ocho se habían ido sustituyendo paulatinamente, no por completo, desde luego, por caceroladas. Comprobé entonces que, en efecto, desde mi ventana había una proporción en torno al 50% de aplausos y de metales chocando. Según parece, la cacerolada codifica el rechazo al modo en que el gobierno está gestionando la crisis, y, ya de paso, al gobierno en general. Así que he tomado los escasos datos que tengo al respecto y he sacado algunas conclusiones, carentes de valor científico por lo reducido de la muestra, que expongo a continuación. Primero los datos, que, integrados, indican que la proporción caceroladas/aplausos es creciente, pero no en todos lados, sino en barrios de Madrid de media-alta capacidad adquisitiva, barrios burgueses, barrios en que los partidos de derechas arrasan. Ahora, las conclusiones.

La iniciativa de aplaudir desde los hogares de reclusión, a modo de homenaje a los sanitarios por, según el caso, su abnegación, o por su heroísmo o porque estaban ahí, les había tocado salvar vidas y se lo agradecíamos, si no espontánea (no sé de dónde surgió, creo que se hace en varios países), sí incidió en la sensibilidad de muchísimas personas y ha conseguido un éxito indiscutible. Pero no se olvide que la sensibilidad colectiva no es un asunto de la 'naturaleza humana', sino de la naturaleza social. Entre otras cosas porque se interpreta culturalmente en la misma cultura con la que el sensibilizado vive simbólicamente sus sensaciones. 
Desde el primer momento el aplauso quería apelar y representar la empatía, la solidaridad, la unidad de los seres humanos en tanto que seres humanos; también estaba claro, no hacía falta más que escuchar los que contaban los medias y los propios aplaudidores, que en esos bellos sentimientos latía un cierto rechazo de lo que nos separaba, una pretensión de que nuestra condición de humanos, en tan graves circunstancias, arramblara con las minudencias que nos llevaban a enfrentarnos los unos con los otros. No muy hobbesiano, desde luego, pero sí muy revelador de un hartazgo de conflicto.

Bonito, demasiado bonito. Y demasiado abstracto para una cultura de horror vacui, una cultura que quiere llenarlo todo. Ya sea por muy arraigadas asociaciones de ideas, ya por la desvergonzada propensión de nuestros políticos a aprovecharlo cualquier cosa que tenga a mano, ese sentimiento de unidad oceánica se fue volviendo más tangible. El gobierno tuvo algo que ver, con su puesta en escena de la epidemia trasvestida de guerra. Aparecen imágenes más reconocibles, el presidente nos cuenta que el coronavirus no conoce fronteras; se refiere a fronteras, internas porque las de los Pirineos o las del Miño sí que paralizan al dichoso bichito. Es decir, nos dice sin decirlo  que lo del Estado Autonómico queda muy bien para la foto pero no para jugar el partido (la última ocurrencia, la de las provincias, es ya de traca). Así que, nos dice el gobierno, esto es una guerra que se disputa en territorio español, el virus es el invasor y, contra él, todos somos soldados españoles, por encima de nuestras diferencias, que ahora se muestran  triviales. Por supuesto, ello convierte en traición de lesa patria criticar al gobierno, ahora bajo la forma de la ‘autoridad competente’, representada icónicamente por unos señores llenos de chapitas que salen en la tele a informar y no saben lo que dicen (su incompatibilidad con el logos es estructural). Todo muy pedestre, y, además -lo siento, Ivan Redondo no te enteras- irremisiblemente condenado al fracaso.

Pasamos de ser todos humanos a ser todos españoles. Y aquí empieza la disimetría. Unos españoles saben serlo mejor que otros. De hecho, saben lo qué es ser español y saben que el hecho de haber nacido en Ciudad Rodrigo no te hacer ser español, tan sólo te da la posibilidad de serlo (cosa que no ocurre si has nacido en Marrakech o en Quito). Aparecen las banderitas, los himnos, los gritos de ‘viva España’, de esa España que nos hemos dado constitucionalmente entre todos. La manifestación a domicilio de las ocho de la tarde se va ‘politizando’ (entre comillas, porque nunca dejó de ser política) allá donde puede hacerlo. La aparición de las caceroladas que ya van explícitamente dirigidas contra el gobierno es la culminación de ese proceso, que quizá sea penoso para muchos pero que no hace sino seguir la lógica de nuestra historia. 
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sábado, 25 de abril de 2020




La UE nos va a salvar (2)


Continuo, conociendo ya las conclusiones de la Cumbre. Además de confirmar el paquete acordado por el Eurogrupo de préstamos por más de medio millón para responder a las necesidades inmediatas de la crisis sanitaria, el único acuerdo adoptado es vaporoso, consiste en aceptar la necesidad de crear un fondo de recuperación económica que comenzaría a funcionar antes del 2021 con una cuantía en torno a 1,5 billones de euros. Una cantidad semejante a la que pedía el non paper del gobierno español. Tan vaporoso que se le pasa el muerto a la Comisión para que sea ella quien lo concrete, tanto en el monto de dinero final como, y esto el lo importante, en la forma de financiarlo. En este punto es cuando el asunto se vuelve lioso, aparte de por su propia complejidad, por las cortinas de humo en economés  con las que se ‘informa’ a la opinión pública. Aunque tengo la sospecha, después de haber leido a Varoufakis y a Jamie Galbraith, de que la mitad de los políticos, incluyendo los ministros de economía, tienen preocupantes lagunas conceptuales (preocupantes porque, como diría Keynes, se convierten en esclavos de economistas que si saben, lo que controlan los discursos de saber-poder). 

Los periodistas económicos y asimilados describen la continuamente escenificada polémica entre los países ricos del norte y los menos ricos del sur centrada en la financiación de los fondos, donde  los del norte defenderían los préstamos y los segundos, las subvenciones. Ursula  Von der Leyen, la comisionada de la Comisión, ha afirmado tras la cumbre que se buscará “un equilibrio correcto entre préstamos y subsidios”; claro, la fórmula Ricitos de Oro: ni frio, ni caliente, sino todo lo contrario. Este relato conduce a escamotear el auténtico punto conflictivo. La UE, especialmente en la fase neoliberal que comenzó en los años 1980s es un tinglado que hace justamente lo contrario de lo que proclama. La UE en el curso de su historia crea un marco jurídico que favorece la acumulación y concentración de capital, en eso sí es ‘globalizadora’: respeta que el capital, lo mismo que el coronavirus, no conoce fronteras. Sin embargo, esa sublime misión idealista de construir una supranación europea, basada en el federalismo o lo que sea, donde naciones y pueblos conviven fraternalmente bajo el emblema ‘Europa’, es pura filfa, bullshit. 

Los Estados han sido y son el elemento central de la UE, y el cometido real, más allá de eslóganes propagandísticos, de ésta no es ir avanzando hacía su reconversión en un gran Estado unificado con mayor o menor autónoma de sus miembros,  sino establecer un sistema de relación entre Estados, y las sociedades correspondientes, que sirva a la citada acumulación a mayor gloria, medida en euros, de las grandes empresas, esta sí, multinacionalistas. Cada Estado va a lo suyo, respetando el diseño  jerárquico centro-periferia, y pugnando, dentro de esta lógica por conseguir la mayor tajada posible. Sorprenderse amargamente por la falta de solidaridad de los alemanes y holandeses es marcarse un capitán Renault. Los ricos sólo dan a los pobres el dinero que les sobra. Cuando les sobra, y no es éste el caso. 

El concepto principal que define lo que está en disputa es la famosa mutualización, que es muy simple, se trata de compartir los gastos o los pagos de deudas de todos en función de lo que tiene cada uno. Vendría a ser algo similar de cuando Voy a comer con mi hijo a un restaurante. El pide un chuletón y yo un huevo frito, porque él tiene más hambre que yo; yo pago la cuenta porque él no tiene dinero y yo sí. Probablemente, yo quiero más a mi hijo que Holanda a España (y, si les mentas al duque de Alba, ya ni te cuento). Pero, hay distintas modalidades; veamos cada caso. 
La mutualización de los eurobonos consiste en que cada Estado emite su deuda, no como tal Estado sino como miembro de la UE. No sé, porque no se han emitido aún nunca y son posibles varias alternativas, cómo se realizaría exactamente la emisión. Supongo que cada Estado emitiría su deuda como siempre pero con el aval explícito de la UE. Esto significa que si el Estado en cuestión no paga, se hace cargo la UE. La consecuencia es que se iguala el nivel de riesgo de los distintos países, por lo que la tasa de interés sería la misma para todos, una especie de promedio, desapareciendo la prima de riesgo interna; ello perjudica a países como Alemanía que tendrían que vender más barato (tipo de interés mayor) que si emitieran por su cuenta y favorecería a otros, como el nuestro, que verían bajar sustancialmente la tasa respecto a la prima de riesgo actual. Pero hay más, si si diera el caso de que el Estado español no pudiese pagar lo adeudado -cosa muy improbable, pero no imposible, al no tener soberanía monetaria (emisión de moneda propia)-, tomaría su obligación el avalista, la UE. Ésta tendría que responder con parte de su presupuesto (obviemos, por simplificar, soluciones como reestructurar la deuda por medio del BCE). Y resulta que ese presupuesto se constituye en sus tres cuartas partes por las aportaciones de los países, que son un tanto por ciento fijo (ahora es un 1,2%, es de suponer  subirá rápidamente). Así que todos los miembros de la UE habrían de contribuir a cubrir la deuda española.

Frente a la opción crédito parece levantarse la subvención. ‘Parece’, porque en realidad puede llegar ser casi lo mismo que la anteriormente descrita. Para conseguir un monto de dinero tan enorme como el que se baraja para el fondo de reconstrucción, la Comisión tendría que aumentar espectacularmente su presupuesto, el cual, como acabo de señalar, sale de las arcas de los Estados miembros en proporción a su PIB. Es decir, con una mano lo ingreso y con la otra lo extraigo. Aquí, la cuestión es como se iba a distribuir ese fondo entre los países. La idea de España, con la adhesión de Italia, Francia, etc., viene señalada en el non paper: “Debería [el fondo de reconstrucción] otorgar subvenciones a los Estados miembros a través del presupuesto de la UE en función de una clave de asignación nacional relacionada con el impacto de la crisis COVID 19 sobre la base de indicadores claros y transparentes, como el porcentaje de población afectada, la caída del PIB, el aumento del desempleo niveles, etc.” Es muy descarado que con este criterio España iba a salir muy gananciosa en cuanto aportación al fondo y subvención obtenida. Eso es, claro, lo que busca el gobierno con la formulación citada. Para entendernos, sería como ir a un garito con varios amigos, hacer un bote con aportaciones idénticas, y que unos tomen cervezas y otros gintonics de Bombay Saphire. Si somos todos muy troncos, no hay problema, pero si hay algunos que con o sin razón creen que los del gintonic siempre están poniendo la gorra, pues a lo mejor no están muy de acuerdo con lo del bote y prefieren el escote, aunque sea más cutre. 

Por último, la variante del fondo, en lo que se refiere a la financiación, expuesta en el non paper. La emisión de deuda perpetua. Como es sabido, este tipo de deuda se emite sin fecha de rendimiento, o visto de otro modo, con un vencimiento a un año y una renovación automática indefinida, ‘eterna’. Es decir, en la práctica sólo se pagan los intereses. Que, al igual que en el caso anterior, sería cubiertos, con el presupuesto de la UE para lo que tendría que aumentar su presupuesto. La diferencia es que no sería necesario un incremento tan drástico porque no es lo mismo amortizar una deuda de 1,5 billones, aunque sea a doce años, que pagar sólo sus intereses. Unos intereses que -esta claro que quienes diseñaron la propuesta de Sanchez son unos genios- se pagarían con la parte del presupuesto que no precede de las aportaciones de los  miembros, sino de una serie de impuestos, que sí tendrían  que incrementarse notablemente. 

Esta modalidad de la deuda perpetua es superior a la de los eurobonos, con mucho, para España. Y, a primera vista, para todos los países miembros de la UE. ¿Cual es el problema? Lo apunté ariba. De un modo bastante alambicado lo que se está proponiendo es un QE (Quantitative Easing), puro, un señoreaje a la antigua, pasando, eso sí, por los bancos privados que se llevarían un buen pico por el diferencial de intereses. Porque está claro -en el non paper lo insinúan solapadamente: “El BCE debe seguir desempeñando un papel clave para garantizar la estabilidad financiera mediante la liquidez”- que el BCE iba a financiarlo de facto creando dinero, en vez de darle a la manivela de las imprenta de billetes, como se havía antes, clicando  la opción de pantalla “aumentar reservas bancarias a tope”. De hecho, es probable que el BCE haya de cambiar, en previsión de lo que va a caer encima, sus estatutos y se autopermita comprar deuda pública directamente al emisor (mercado primario). Que conste que a mí, particularmente, me parece bien la deuda perpetua y mejor aún, la solución inglesa, por lo directo. El Banco de Inglaterra lo acaba de hacer sin pasar por zarandajas enmascaradoras de bonos del Tesoro y similares: ‘¿Cuanto dinero quieres, Boris? Vale te lo fabrico en un periquete’. Eso sí, lo apoyaria siempre y cuando, en lugar de Boris, estuviera, como mínimo, un Jeremy (que ya va a ser que, como el cuervo de Poe, nevermore). 

Veremos qué pasa. Imagino que esta asimilación a lo grande de la teoría monetaria moderna por el Bank of England (e incluso por la FED) habrá provocado infartos o pesadillas de weimerianas en Sajonia, en Baviera y hasta en Renania. Sin embargo, la señora Merkel, que está demostrando un nivel muy por encima de cualquier otro líder occidental, aunque sabe del terror de la burguesía a la inflación causada por las inyecciones estatales de dinero, y ella misma ha sido hasta ahora una ordoliberal convencida, es consciente de lo que se nos va a caer encima y de que hay que dejar de ordeñar a la vaca cuando está al borde de la muerte de tanto extraerla leche. Por eso, frente a Holandeses, austríacos, finlandeses, etc., se ha mostrado cauta e, incluso, misteriosa. No es imposible que la señora Van der Leyden, una merkeliana fiel, pueda dar una sorpresa dentro de dos semanas y proponer una combinación mágica que haría feliz a Ricitos. Veremos.



La UE nos va a salvar (1)


Seguramente, el debate más importante de la Economía en el siglo XX fue el llamado ‘Cambridge contra Cambridge’, sobre la naturaleza del capital. El jueguecito de palabras reside en que un Cambridge era ingles, y sus polemistas eran profesores de su universidad, mientra que el otro hacía referencia a la ciudad de USA en que se ubica el MIT (Massachussets Institute of Technology) y, por tanto, a sus profesores. Entre éstos se hallaban Samuelson y  Solow, ambos merecidos Nobel, y, por el equipo británico, Robinson y Sraffa, ambos sin Nobel; les está merecido, por rojos. Pues bien, esa mujer sabia que fue Joan Robinson escribió, en el texto con que se inició el debate, un párrafo de humor ingles paradigmático. Hablando de la función de producción neoclásica, en la que el capital, junto al trabajo y un tercer factor misterioso en el que no voy a entrar, son las variables independientes, es decir, directamente medibles, ironiza Robinson sobre la típica introducción de primero de carrera. El profesor explica con toda claridad las diversas formas de computar el trabajo y, cuando le toca el turno al capital “… se les dice algo del problema de los números índice involucrados en la elección de una unidad de producto, y luego se pasa a toda velocidad a la cuestión siguiente, con la esperanza de que [a algún alumno] no se le ocurra preguntar en qué unidades mide C. Antes de que llegue a preguntar, [el alumno] ya se habrá convertido en profesor, y así se transmiten de una generación a la siguiente los torpes hábitos de pensamiento.” 

 Ayer, me vino de nuevo a las mientes esta ingeniosidad de Robinson -me sucede con mucha frecuencia con textos de Economía mainstream-  al leer dos artículos de eximios economistas patrios, Juan Torres y Luis Garicano (ostras, iba a poner Garicano Goñi, qué tiempos), alabando, pese a ser uno de izquierdas y el otro de derechas la insólita propuesta que llevaba Sanchez que envió a la UE en un ‘non paper’ (que nombre más delicioso, es como el ‘esto no es una pipa’ de Margritte). En realidad el sarcasmo robinsoniano esta aquí un poco cogido por los pelos (es que me encanta). Torres y Garicano no confunden conceptos (en estos textos), sencillamente, se dedican a embrollar unos procesos que son, per se, un poco complicados pero que el argot economés convierte en entes herméticos. Mas que de incomprensión habría que hablar de bullshit, palabra inglesa que no tiene una traducción exacta en castellano, se necesitarían varias palabras aportando parte de sus significados. Un filósofo analítico americano, Harry Frankfurt dedicó un incisivo ensayo al asunto, y, en la traducción que leí lo dejaban en inglés. Puestos a elegir un sólo término, me quedo con ‘charlatanería’, entendiendo al charlatán no como aquel que habla por hablar, aunque lo parezca, sino que pretende algo con su desmandado torrente verbal.  Para los que teneis, pese a vuestra juventud, unos cuantos años: Manolo Moran vendiendo crecepelos o lo que se tercie.
Llevamos tres o cuatro semanas bombardeados por economistas y periodistas ‘expertos’ en economía con la insolidaridad de los paises centroeuropeos y nórdicos, con especial protagonismo del Alemania y, la ahora mala malísima Holanda -de la que hemos descubierto que es un ‘paraiso fiscal’, que práctica el ‘dumping fiscal’ como dicen los mas enteraos; ¡qué escándalo!, ¡aquí se juega!-.

Excurso: al igual que se ha creado con ocasión de la crisis el personaje del capitán apriori, que me parece un hallazgo feliz, aunque no siempre se emplee honestamente, propongo la figura del capitán Renault (éste ya viene con el grado puesto), ese inefable jefe de policía del Régimen de Vichy en Casablanca, que se indigna al hacerse público que el bar de Rick es un casino encubierto, cuando él lleva años cobrando una comisión por mantenerlo encubierto. Sigo 

 ¡No quieren mutualizar la deuda! Increible, ¿donde esta el europeismo? Si los países que constituyeron la Unión Europea, con la excepción de la muy venida a menos Francia, quisieran mutualizar la deuda, estaría de hecho, traicionando a los fundadores. La UE no se creó para eso, y, mucho menos, la unión monetaria y la libre circulación de mercancías y capitales sin restricciones cualesquiera. No es una cuestión moral, es el Mercado, amigo. Y es la pervivencia de los Estados, de las naciones que los vendedores de hojas de afeitar pretendían esconder con relatos fantasiosos sobre la globalización o la economía-mundo (me refiero a ciertos relatos apologéticos, no a los conceptos; un respeto a Wallerstein).

Los eurobonos o coronabonos (eurobonos específicos para enfrentar la crisis sanitaria y económica), como es sabido, son un instrumento de financiación en los mercados de deuda, consistente en que cada Estado emite deuda soberana cuyo acreedor, o avalista, según la modalidad, es el conjunto de los países del euro. Es un invento que estaría bien si la UE fuese algo parecido a un Estado plurinacional idílico, en el que los alemanes amaran y respetaran a los españoles tanto como los españoles a los alemanes. Como es sabido lo  Pero, resulta que la versión alemana de la película tiene su lógica (hasta su moral, ellos que son tan luterano-calvinistas). Para ellos, y es cierto desde su perspectiva ahistórica, los bonos mutualizados solo servirán para castigar la buena gestión económica, la de ellos, obligándolos a pagar unas tasas de interés demasiado altas y a socorrer a los morosos, que no iban a ser precisamente ellos. Sobre los latinos y PIGSs en general hay división de opiniones, unos nos llaman gorrones y otros, parásitos. 
Pues bien ahora el equipo económico de Sanchez a la vista de que no cuela lo de los eurobonos, aun llamándolos en plan dramático ‘coronabonos’, se marca un farol y aparece el bullshit para difuminarlo. Se trata de que ‘la UE’, se supone que la Comisión, emite deuda, mucha, entre 1 y 2 billones de euros, y con ella se crea un ‘Fondo de Recuperación Económica’ que repartirá ese dinero a modo de subvenciones, gratis total, entre los miembros de la EU, “en función de una clave de asignación nacional relacionada con el impacto de la crisis COVID 19”. O sea, para Italia, España y Francia más que para nadie. Y sin aumentar déficits ni deudas estatales. Como la UE no tiene ni de lejos dinero para avalar tal cuantía de pasta, solución genial, la deuda es perpetua y la cubre el BCE, directa o indirectamente. Para pagarle los intereses se aumenta el presupuesto de la unión y, tatachán, tatachán, todo arreglado. El ordoliberalismo aleman, si nos tomara un poco en  consideración, se sentiría más escandalizado por la propuesta -dos billones a fondo perdido– que, no sé, si les hubiésemos llamado nazis.

Seguro que los holandeses no se dan cuenta de la jugada, y compran el gordo de lotería del amigo tonto por 1.5 billones. Todo esto, además de ridículo, tiene el efecto, pretendido o no, de mantener engañada a la gente de a pie con historias de capitalismos buenos y capitalismos malos. El artículo de Torres tiene, finalmente, un aire entrañable. Después de dar muchos argumentos en favor de la proposición de Sanchez a la cumbre del Consejo, sobre lo bien que le vendría a la economía española para superar la crisis (claro), añade un inconveniente, que “sigue el camino de hacer esclavas de la deuda a las economías. Por esta última razón es por lo que creo que Alemania no va a aceptar la propuesta española tal y como se ha presentado.” O sea que estaría muy bien si fuera posible. Hombre, empieza diciendo que te mueves en el mundo de la utopía. Ya en un texto anterior señale cómo uno de los enemigos mas letales de cualquier planteamiento político transformador es el confundir el ser con el deber ser.

viernes, 3 de abril de 2020



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Hay muchas voces desde los más variados sectores (no tan variados como parece y como ellos se autodefinen) acerca de que no es el momento de hacer críticas al gobierno; por dos razones: una que en estas circunstancias hay que estar unidos y dejar de lado las diferencias, otra, alternativa, que criticar al gobierno es hacerle el juego a la derecha.
Respecto a la primera, recomiendo la lectura, no difícil, de un opúsculo -ahora se llamaría un paper- muy conocido de Kant, ‘¿Qué es la Ilustración? Ahí, el rutinas de Köninsberg defiende, entre otras cosas, que un funcionario del Estado debe hacer siempre un uso crítico de la razón en tanto humano y un no uso en tanto funcionario. Ahora, todos somos funcionarios en lo que respecta al coronavirus. Y así debe ser. En mi caso, para no ir más lejos, no salgo a correr. No estoy de acuerdo con esa prohibición -por ejemplo, en Milán, donde las condiciones de aislamiento son más serias se puede-, pero la respeto al cien por ciento; podría burlarla con relativa facilidad y no lo hago. Sigo, pues, del modo más estricto todas las normas del decreto de alarma. Y, para quienes no cumplen esas normas, soy partidario de sanciones duras, especialmente, tan especiales como son los tempos que vivimos, duras. Sin embargo, como ser más o menos pensante, no cedo ni un milímetro de mi capacidad crítica acerca de lo que se está haciendo en el nivel gubernamental centralizado, el de la ‘autoridad competente’. No sé qué ganaría con mi sacrificio dell’inteletto. Acaso sembrar la desconfianza hacia nuestros gobernantes en una situación en que psicológicamente sería conveniente considerarlos infalibles. Siempre y en cualquier circunstancia rechazaré esa conveniencia.
El otro argumentario (argumentario: cadena argumental repetida por muchos no siempre habiendo reflexionado mucho, o poco, sobre su solidez) me produce sueño psíquico. Criticar al gobierno socialista por su manera de gestionar la pandemia en territorio español no implica, de ningún modo, suponer o plantear que un gobierno del PP lo habría hecho mejor. En mi opinión, lo habría hecho igual o un poco peor. Técnicamente, son igual de cenutrios, o de genios, si se prefiere. Políticamente, han actuado como agentes del R78, afirmación que trataré de fundamentar en sucesivos posts. ESo sí, habré de aceptar que cada aseveración crítica vaya acompañada explícitamente del “peor lo habría hecho un gobierno de derechas”. Estoy acostumbrado, en los 80-90s del siglo pasado, cada vez que atacaba el plan ZEN tenía, antes, durante y después, que manifestar mi desacuerdo total y rotundo con ETA. Entonces y ahora, me temo que sin ningún resultado.


lunes, 7 de enero de 2019



Capital ficticio y crisis capitalista



Capital 



  • Marx decía que el capital es una relación social. Con un poco más de detalle, yo lo defino como una institución social: un conjunto de prácticas sociales normativizadas, cada una de las cuales incluye relaciones concretas entre personas y entre personas y cosas, cuyo objetivo primordial es producir beneficios para aquellos que utilizan su dinero como capital: los capitalistas. 

  • El capital, en mi concepción, no es ese canónico ‘valor que genera nuevo valor’. El valor nuevo sólo lo crea el trabajo, tanto el trabajo pasado como el vivo. Y lo genera consumiendo (y, de algún modo, destruyendo) un valor igual al que se incorpora a las mercancías producidas. Son los trabajadores, trabajando, los únicos creadores de valor, y, por tanto, del plusvalor apropiado por el capitalista. El capital es un sistema social de redistribución del valor creado por el trabajo. 
  • El capital siempre se apoya en el mercado para generar beneficio (sea en las sociedades mercantiles modernas o en la parte mercantil de las sociedades antiguas). Lo hace por medio de intercambios mercantiles desiguales; que, como todo intercambio mercantil, son de suma cero. El plusvalor que consigue el dueño del capital tiene una contrapartida, un minusvalor idéntico, en perjuicio de un tercero involucrado en el proceso de Capital. Ese tercero es siempre, directa o indirectamente, en primera o última instancia, un trabajador. 
  • El esquema que Marx utilizó para el préstamo con interés, D - D’, es inconsistente, el dinero no pare dinero, siempre tiene que haber algo entre medias, el proceso del Capital. Sin embargo, o paradójicamente, por ello, el préstamo con interés –en sentido amplio, incluyendo, las acciones, y asimilando dividendos con intereses– es el modelo básico de todo capital. 
  • El esquema D - D’, que Marx utilizó para el préstamo con interés, refleja lo que llamo lógica del Capital. En ella lo que importa es conseguir un beneficio, y el procedimieno, lo que hay entre D y D’, es totalmente secundario. Siempre que, como dije, se halle institucionalizado. Si yo compro una navaja por D para llevar a cabo atracos callejeros no estoy invirtiendo en capital, por mucho D’ que saque. Aunque sobre esto habría mucho que hablar. 
  • Superpuesta a esa lógica del beneficio particular, habría una especie de teleológica, de fin de los fines: que el capitalista obtenga ganancias, es una astucia de la razón del Capital para conseguir su objetivo último: acrecentarse, en un sentido nietzschiano, de voluntad de poder. Estoy hablando de la acumulación de capital, compuesta de dos momentos funcionales: a) el valor del capital respecto al valor total se incrementar: concentración, b) el capital, globalmente acrecentado por los beneficios, se concentra en cada vez menos manos: centralización.

Capital ficticio 


  • Para Marx y seguidores ortodoxos, el capital ficticio se identifica con el capital financiero. Pero hay ahí un error categorial. El capital financiero, entendido como dinero que se adelanta y que ha de ser devuelto con un plus en calidad de remuneración por el hecho de adelantarlo, coincide extensionalmente con capital sin más adjetivaciones. La diferencia relevante es la que se da entre capital real y ficticio. 

  • El capital ficticio, es un tipo de capital, un subconjunto, que se caracteriza porque no genera beneficio; esto es, consiste en deudas que no se pagan, activos no rentables. 
  • El capital ficticio se inicia con un préstamo y acaba con un impago. Un esquema D - … Es decir, el capital ficticio, tarde o temprano, por mucho que se intente estirar su vencimiento, acaba desapareciendo sin rendir beneficios para el propietario del dinero D. Y, la mayor parte de las veces, éste no recupera ni el principal. 
  • Podría determinarse el rol económico del capital ficticio respondiendo a tres preguntas ¿Cuándo?, ¿cómo? y ¿para qué? 
  • Cuando. 
    •  A nivel micro, el capital ficticio, tal como lo he definido, es trivial. Ya sabemos que unos préstamos se devuelven y otros no, y que lo que gana uno, el deudor que no paga, es lo que pierde otro, el acreedor que no cobra. 
    • Lo que nos interesa aquí es el nivel macro, el conjunto de los capitales ficticios, y, en concreto, el papel que juega dentro de la dinámica global del capitalismo y de su evolución histórica. Para que el capital ficticio tenga una relevancia teórica hay que ligarlo, por un lado, con la problemática de las crisis periódicas generadas por el desarrollo histórico estándar del capitalismo y, por otro, con la de su evolución en el largo plazo. Eso que llamé ‘la fenomenología del capital ficticio’. 
    • La Economía marxista califica a las crisis periódicas –más o menos, las de los ciclos de negocio de Mitchell– de crisis de ‘superproducción’ o ‘sobreacumulación’. Siendo ambas expresiones correctas, creo que sería más iluminador llamarlas ‘crisis de sobregeneración de capital ficticio’. 
    • La idea es que, en el curso de la fase expansiva del ciclo del capital, se va creando capital ficticio de tal modo que, al alcanzar una, digamos, masa crítica, se interrumpe la acumulación y se da paso a una desacumulación. La caracterización más precisa, al menos desde la lógica del Capital, de las crisis-recesiones-depresiones es que son periodos en que se da una disminución neta de capital. Se sigue creando, en pequeña escala, capital incierto (probablemente, en su mayor parte ficticio) y se destruye, en gran escala, capital anterior que ya se revela ficticio. 
    • Veámoslo brevemente. Aunque siempre existen capitales ficticios, incluso en los mejores momentos de expansión, éstos empiezan a crecer y acumularse al final del ciclo. Los análisis de Minsky acerca de la inestabilidad financiera son aquí muy útiles, en especial cuando describe el paso de empresas cubiertas a empresas especulativas y, el de éstas, a empresas Ponzi, que marca el punto de inflexión en que la dinámica de los mercados reales –incapaces de alimentar a los financieros– da lugar a que la proporción de capital ficticio respecto al real comienza a crecer. Es el inicio de la creación sistémica de capital ficticio, del prolongar artificialmente la vida pagando préstamos con préstamos cada vez más exigentes. 
    • El proceso de realización in extremis del capital real, dicho de otro modo, de la minimización del capital ficticio, adquiere un carácter relevante para el conjunto del mercado en el periodo final de la fase expansiva, cuando el sobreendeudamiento da lugar a una deflación de deuda que precipita la crisis, al deprimir la demanda real. 
    • Respecto a la evolución del capitalismo en el largo plazo, me refiero aquí a la famosa ‘ley tendencial a la baja de la tasa de ganancia’. En mi opinión, quitando lo de ‘tendencial’, es una tesis básicamente correcta. ‘Básicamente’ significa aceptar dos enunciados: a) el incremento de la composición orgánica de capital origina, por sí misma (cæteris paribus), un descenso de la tasa de ganancia media de una economía; b) a largo, o a muy largo plazo, esta fuerza ha de acabar imponiéndose a aquellas otras que la contrarrestan. 
    • Así, por muy purgante que sea una crisis, la recuperación ulterior se inicia, salvo excepciones, con más deuda pendiente y con una composición de capital constante/trabajo mayor que la del ciclo anterior; en consecuencia, con una mayor dificultad para mantener las tasas de ganancia a costa de elevar las de plusvalor. Nos hallamos ante un problema de límites; tarde o temprano, las tasas de ganancia medias no permitirían reiniciar un ciclo de crecimiento y la reproducción ampliada del sistema productivo, base de la acumulación de capital, se encontrará con obstáculos insalvables. 
    • Pues bien, creo que ya estamos muy cerca de ellos. En una perspectiva histórica, la creación masiva de capital ficticio surge en la fase actual del capitalismo neoliberal globalizado como un factor estratégico. Y lo hace a través de uno de los fenómenos básicos de esta etapa: la financiarización. 
    • La financiarización es el espacio de existencia del capital ficticio en nuestros días y lo que le confiere el rol central que ocupa en la dinámica de las sociedades capitalistas. Me centraré en ella.

Financiarización


  • La financiarización, más allá de definiciones típicas, como ‘la primacía del capital financiero sobre el anterior hegemón, el capital industrial’, nos interesa aquí en su condición de conjunto de mecanismos de generación de capital ficticio. 
  • La financiarización se inicia a finales de los 1970s para afrontar una situación preocupante para el capitalismo: una superabundancia de liquidez en busca de beneficios, unas tasas de ganancia (TG) declinantes y una inflación elevada. La obsesión monetarista de la época en frenar la inflación impone subir drásticamente las tasas de interés, con la consecuencia de disuadir la inversión productiva (tipos de interés altos y tasa de ganancia bajas no es la mejor circunstancia para invertir en acciones). 
  • En estas circunstancias, la financiarización nace de la pretensión de que los mercados financieros ofrezcan una colocación con rendimientos satisfactorios a esas cantidades enormes de dinero (por ejemplo, los eurodólares europeos y japoneses y de la OPEP) que ya no puede proporcionar la economía productiva. Se trata de bypassearla. Por supuesto, es una pretensión ilusa, una mera huida hacia adelante, que, por añadidura, detrae recursos a esa misma economía productiva, la única que, aunque sea en última instancia, puede generar valor para pagar las deudas. 
  • El fundamento de la financiarización es la generalización de las prácticas especulativas en los mercados financieros y el aprovisionamiento de dinero en préstamo para llevarlas a cabo. Como es sabido, especular en bolsa o similar es comprar barato y vender caro aprovechándose de las expectativas del resto de inversores (en gran parte, especuladores) y de los movimientos de-oferta demanda de activos financieros causados por esas expectativas. 
  • El precio del capital, el precio de los títulos de deuda que lo representan, se constituye capitalizando el flujo de dinero que va recibiendo el capitalista, hasta que la deuda se salda en los términos acordados contractualmente. Y el interés es el precio del valor de uso del capital: el tipo de interés, el beneficio por cada unidad de moneda prestada. 
  • El inconveniente de esto tan bonito es que el capital se invierte en el presente y sus frutos se perciben en el futuro. Y, como todo futuro, es azaroso. Siempre existe la posibilidad de que el capital fracase, se muestre como ficticio. También, aunque finalmente sea capital real porque devenga beneficios, que éstos no cubran las expectativas del dueño del dinero. 
  • Inevitablemente, hay una incertidumbre subjetiva y un riesgo objetivo. La incertidumbre no se disipa, y el riesgo no se resuelve hasta el momento del reintegro. Es entonces cuando el inversor sabe, y lo goza o lo sufre, si era un capital real o una ficción de capital. 
  • El beneficio, o perjuicio, especulativo surge de la diferencia entre lo que el capitalista invierte y lo que recibe, menos el beneficio que realmente genera ese capital (el interés del bono, el dividendo de la acción). Si compro por 5, vendo por 10 y el capital ha generado un plusvalor de 3, mi ganancia especulativa es 2. 
  • Se compra cuando se piensa que un título está subvalorado y se vende cuando se cree sobrevalorado. Ocurre que comprarlo lo revalora y venderlo lo deprecia. No entraré en las tripas de todo esto, que es más un asunto de psicología de masas que de Economía.


Para qué el capital ficticio


  • La lógica del Capital, decía antes, es la de la acumulación continua, que consta de dos componentes complementarios: concentración y centralización. 

  • Respecto a la primera, la financiarización es claramente funcional, ya que crea capital. Que gran parte de él sea ficticio es algo que se sospecha, se supone o, incluso se sabe (y se calla). Pero en el presente sigue siendo capital a secas. Todo préstamo es un activo con un pasivo, real, o inventado, como el (llamado) dinero bancario. Pero esto es lo que cuenta. Todo dinero prestado es capital y como cada vez hay más dinero prestado, hay más capital. 

  • Caso distinto es la centralización. Puesto que lo que se paga por un título es la capitalización de un flujo futuro que se prevé, se espera, se desea, se teme, etc., la especulación parecería reducirse a unas transferencias más o menos aleatorias de valor, real o supuesto, entre capitalistas. Nos hallaríamos ante eso que se llama capitalismo de casino, un juego en el que un día se gana y otro se pierde porque los jugadores actúan a ciegas. Sin embargo, la centralización exige una redistribución de valor que, a medio y largo plazo, va siempre en el sentido de agrupamiento de capitales ¿Cómo, entonces? 
  • Concentración y centralización son el resultado de la competencia mercantil en un marco de poderes desiguales. La concentración de capital es el resultado de los intercambios sistémicamente desiguales entre capitalistas y trabajadores (lo que llamamos ‘explotación’); la centralización, el de los intercambios desiguales, históricamente determinados, entre capitalistas. 

  • Esto último explica que la financiarización también favorezca la centralización del capital por los grandes capitalistas. Distinguiré, entre ellos, dos tipos funcionales beneficiados por ella. Los bancos, por un lado, y los grandes inversores financieros –entre los que se incluyen también casi todas las corporaciones industriales–, por otro.

  • Los bancos crean cantidades ingentes de dinero bancario para prestarlo a inversores y obtienen beneficios de las diferencias entre tipos de su activo y su pasivo, y, sobre todo, de las comisiones. Para mejorar los márgenes de tipos, los bancos se centran en los créditos a particulares o a pequeñas empresas que no pueden financiarse en los mercados de capitales. El caso más representativo es el crédito al consumo con garantía inmobiliaria, que permite elevar los tipos hipotecarios más o menos al ritmo de la subida de terrenos y viviendas, esto es, muy por encima de las tasas de interés ‘normales’, basadas aproximadamente en las TG empresariales. Además, el riesgo ‘desaparece’ con la garantía inmobiliaria. Con todo esto se permiten conceder créditos a tipos altos a ninjas. 
  • Las comisiones han sido la fuente de ganancias preferida por la banca en los tiempos de financiarización. Se trata de aprovechar el continuo crecimiento de los mercados financieros para ofrecer servicios de intermediación (algunos lo llaman intermediación de la desintermediación previa). Cuantas más intermediaciones hagan, más ganan. Se benefician de situaciones de bajo riesgo con tipos de interés bajos o colaterales en proceso de burbuja. Aquí entran los instrumentos de ingeniería para titulizar préstamos ad nauseam en los que no puedo detenerme.

  • Decía antes que, sobre el papel la especulación financiera es equivalente a un casino. No es cierto; aquí hay inversores ciegos, pero también los hay tuertos; o, a lo Orwell, unos están más ciegos que otros. Los grandes señores o instituciones, fondos, financieros se autoconfiguran el escenario idóneo para especular provechosamente. La palanca son las técnicas de manipulación de los mercados que les proporcionan sus informaciones privilegiadas y la capacidad operativa que les confiere la enorme cantidad de capital que manejan. Trucan las bolas y ganan siempre. Son los tuertos. 
  • Y es que no encontramos con que el hecho de que el motor del mercado es una competencia hobbesiana de todos contra todos da lugar a una continua pugna de poderes. Pugna donde prevalecen los más fuertes, haciéndose con ello aún más fuertes; y aún más ricos.
  • Contra lo que muchos creen, o parecen creer, la financiarización no puede durar indefinidamente. La cuantía de los préstamos se incrementa ad infinitum, y además exponencialmente, por aquello de la magia del interés compuesto. Para que esto suceda hace falta mucha liquidez. El ahorro clásico juega aquí un papel menor, la financiarización se del apalancamiento con dinero bancario: un dinero que los prestamistas no tienen, sino que han pedido prestado a unas instituciones, los bancos, que, a su vez, se lo han inventado o, mejor, se lo han tomado prestado a los depositantes sin un consentimiento explícito de estos (o sea, una estafa). 

Neoliberalismo


  • Finalmente, la economía real llama al orden: hace falta una crisis que limpie el paisaje de basura ficticia. Como siempre. Pero de manera distinta. La financiarización ha creado tal volumen de deuda incobrable en su huida desesperada hacia adelante que la destrucción que se exigiría es inasumible. Inasumible para los que tienen poder para no asumir lo que no les interesa. El hecho es que, precisamente por el avance en la centralización del capital, gran parte de los deudores que no pueden pagar pertenecen al 1%, y gran parte de los acreedores que no van a cobrar, también. El resto son pequeñas empresas que quiebran y particulares a quienes se desahucia sin piedad. Castigados por dejarse engañar o, peor, ¡por codiciosos! 

  • Es el momento para la aparición, como deus ex machina, del Estado neoliberal. Se acabó (de momento) el laissez faire. No es que antes no estuviera en escena. Lo estaba, por pasiva, descuidando sus supuestas funciones de supervisión, y por activa, con unos bancos centrales extremadamente generosos en su función de prestamista de último recurso y muy comprensivos a la hora de diferenciar iliquidez e insolvencia, manteniendo así unos tipos de interés artificialmente bajos. El Estado había sido un agente favorecedor de la financiarización, pero con el pinchazo en serie de burbujas, ya no basta con ese papel discreto. Ahora toma el protagonismo enarbolando la siniestra consigna del ‘too big to fall’ y se lanza a rescatar a las grandes instituciones financieras, en quiebra técnica; prácticamente todos, con un pasivo hipertrofiado y un activo irreal e irrealizable. En esta situación, el capital ficticio es fácilmente identificable en los bancos, y en los estados financieros de muchas empresas: la suma de unos activos incobrables y unos pasivos impagables. 
  • La acción de la financiariación mundializada en un marco político y cultural neoliberales constituyen el régimen de acumulación de capital propio de nuestra época, la del ocaso del capitalismo, tal como lo hemos conocido. Lo que, me temo, no implica su sustitución por el socialismo.